El Pacto Histórico evita el desplome de la participación femenina en el Congreso colombiano
Las mujeres son apenas el 29% de los parlamentarios electos, una cifra que sería aún más baja sin las listas paritarias del partido del presidente Petro


Los Char, un poderoso clan del Caribe colombiano, apostaron en diciembre por una mujer para encabezar su lista a la Cámara de Representantes en el Atlántico. “Don Fuad me decía que en mí se conjugan muchas cosas: una mujer que viene de la provincia y que, además, ha trabajado por los derechos de las mujeres”, dijo con entusiasmo Doris Bolívar, representante de una supuesta renovación de la casa política. Tres meses después, la candidata quedó fuera del Congreso, al igual que las otras dos mujeres que la acompañaban en la lista abierta —una modalidad en la que los votantes eligen a su favorito sin importar el lugar que ocupa—. Los Char le pusieron sus votos y financiamiento a los tres hombres ganadores. Replicaron dinámicas que se repiten a lo largo y ancho del país: solo el 29% de los congresistas electos son mujeres, según los datos del preconteo y del escrutinio hasta la fecha.
Los números muestran un estancamiento con respecto a los avances de 2022. Entonces, la representación femenina saltó del 19,7% del cuatrienio anterior a 28,8%. Ahora, tras los comicios del 8 de marzo, apenas han cambiado las cifras. El Senado tendrá 32 mujeres, el mismo número que hace cuatro años. El único punto positivo es que la cifra se mantiene pese a que el número total de escaños pasará de 108 a 103 por el final de las curules reservadas para los firmantes del acuerdo de paz de 2016. La Cámara de Representantes, en tanto, tiene una reducción de tres mujeres: 51 de 182, frente a 54 de 187 en 2022. La Defensoría del Pueblo, que recopiló estos datos, cuestionó el desbalance con los hombres en un comunicado. “Tras más de dos décadas de cuotas de género, la representación femenina continúa ubicándose por debajo del umbral de paridad del 50% establecido en los estándares internacionales”, enfatizó.
Detrás de estas cifras, hay grandes diferencias entre partidos. La bancada en el Senado del petrista Pacto Histórico, por ejemplo, tendrá paridad: hay 13 mujeres entre los 25 congresistas electos, y serán el 41% de toda la participación femenina en la cámara alta. La colectividad eligió un mecanismo de lista cerrada y cremallera, en la que los ciudadanos votaron por un orden preestablecido que alternaba un hombre y una mujer. El uribista Centro Democrático, en cambio, solo tendrá 4 senadoras de un total de 17. Aunque también fue con lista cerrada y la ley establece una cuota femenina del 30%, no optó por la opción de la cremallera y relegó a las mujeres a lugares con menos posibilidades de entrar que los hombres. El panorama es aún más lúgubre entre los partidos que fueron con listas abiertas: el derechista Cambio Radical, por ejemplo, eligió a siete hombres al Senado y a ninguna mujer.
Gran parte del problema está en los vacíos legales que existen en las leyes de cuotas femeninas, comenta Danilo Sepúlveda, coordinador de Inclusión y Diversidad de la Misión de Observación Electoral (MOE). “El principio de alternancia hombre-mujer está en Constitución, pero la ley no tiene mecanismos para obligar a las organizaciones políticas a que lo apliquen”, afirma por teléfono. Para el experto, las normas no solo deberían aumentar la cuota femenina del 30% al 50%, sino también garantizar que los puestos se intercalen entre hombres y mujeres. “Puedes tener paridad, pero las mujeres no van a tener representación si las siguen poniendo en los últimos puestos de una lista cerrada”, explica. Varios proyectos para modificar estas normas, apunta, se hundieron en el último periodo legislativo.
Angélica Bernal, politóloga y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública, señala a los partidos como principales responsables del estancamiento de la participación femenina en el Congreso. “Son muy cerrados, como si fueran clubes, con hombres que se sientan a tomar decisiones”, comenta por teléfono. Si bien aún hay normas culturales que desincentivan a muchos votantes a apoyar candidatas, cree que esta razón tiene menos peso que el machismo en las estructuras partidarias. “La gente sí vota a una mujer cuando tiene liderazgo, carisma y capital político”, comenta. Para ella, son ejemplos las senadoras uribistas Paloma Valencia y María Fernanda Cabal, que desistieron de renovar sus bancas para apostar por la Presidencia: “Movilizaban muchos votos y hubieran salido electas si hubieran estado”.
Algo similar opina Angélica Rodríguez Rodríguez, profesora de Ciencia Política de la Universidad Nacional – sede Medellín. “Las dinámicas internas de partidos siguen favoreciendo liderazgos masculinos. En las listas abiertas, ellos deciden a quién le dan los votos, la financiación y el apoyo para actividades de campaña”, subraya en una llamada. Considera, además, que las colectividades tienen que crear escuelas para formar liderazgos femeninos. “Deben comprometerse más para que las mujeres puedan tener mayor protagonismo, e ir más allá de lo simbólico”, dice. Matiza, eso sí, que las cuotas al menos han garantizado unos mínimos: “Han ayudado muchísimo, no son poca cosa. En los noventa, la participación femenina a duras penas era del 10%”.
Los tres expertos cuestionan las listas abiertas como uno de los principales obstáculos para aumentar la representación femenina. Bernal enfatiza que neutralizan las cuotas. “Puedes poner 30 mujeres, pero no hay manera de que asegures que al menos cinco sean electas”, dice. Sin embargo, los tres también señalan que también hay causas sociales. Sepúlveda comenta, por ejemplo, que aún hay una distribución poco equitativa de las labores de cuidado y que eso implica una menor disponibilidad de tiempo de las mujeres para participar en política. Rodríguez añade que hay estereotipos que “siguen marcando a las mujeres como poco confiables en lo público”.
Las brechas territoriales
Las diferencias no se limitan a los partidos, sino también a las circunscripciones electorales. Bogotá tiene paridad: 9 de sus 18 representantes electos a la Cámara son mujeres. “Aunque disminuyó la participación de mujeres en su bancada [del 55% al 50%], la capital colombiana se impuso sobre el resto del país en cuanto a paridad se trata”, celebra un comunicado de la Alcaldía. Los números contrastan con los 10 departamentos sin ninguna mujer electa: Arauca, Caquetá, Caldas, Guainía, Guaviare, La Guajira, Putumayo, Quindío, Vaupés y Vichada. No ha sido suficiente con una ley de 2024 que implementó una cuota de al menos una candidata mujer en las listas de las circunscripciones con menos de cinco curules, hasta entonces exentas de las acciones afirmativas.
Rodríguez explica la excepcionalidad de Bogotá por los altos niveles de voto de opinión, ajenos a las maquinarias clientelares. “Matiza las dinámicas internas de los partidos”, dice. Asimismo, señala que la ciudad muchas veces ha sido un baluarte progresista y que en 2019 eligió a Claudia López, una mujer lesbiana, como alcaldesa. “Las mujeres tienen mayores garantías y visibilidad que en otros territorios”, evalúa. “No digo que la gente va a elegir más mujeres por tener más educación, pero los bogotanos sí tienen más oportunidades de acceder a cierto debate público, a cuestiones progresistas”, apunta desde Medellín.
La contracara es la caída en la participación de mujeres con pertenencia étnica —indígenas, afro, raizales— en estas elecciones: pasaron de ser siete en 2022 a solo cuatro. La académica Bernal enfatiza que son las más afectadas por partidos que “les cierran las puertas” y por reglas de financiamiento mixto que suelen favorecer a los hombres, con más acceso a recursos privados. Para ella, el porcentaje de participación femenina encubre que muchas veces las mujeres que llegan son las que pertenecen a élites políticas dominadas por hombres. Algunos ejemplos son Alix Vargas, esposa del alcalde de Cúcuta, o Laura Ahumada, esposa del alcalde de Barrancabermeja. “Las campañas son tan caras que es muy difícil que llegue una mujer campesina o afro”, dice.
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