Ir al contenido
_
_
_
_
Crianza
Opinión

La educación emocional no es una moda, es una herramienta fundamental para el desarrollo de los niños

Aprender a reconocer y gestionar los sentimientos influye en el bienestar personal, en la calidad de las relaciones y en la forma en que cada persona afronta los conflictos y las dificultades

Los niños aprenden observando cómo se gestionan las emociones en casa, escuchando cómo se habla de ellas y experimentando en su entorno más cercano. Hispanolistic (Getty Images)

En muchos hogares las conversaciones familiares diarias giran en torno a los resultados académicos, el tiempo frente a las pantallas, las tareas pendientes y la planificación de actividades extraescolares. Sin embargo, otros diálogos a menudo permanecen en silencio: aquellos que abordan lo que los niños realmente sienten. Las emociones influyen directamente en la manera en que aprenden, se relacionan con los demás y enfrentan los desafíos de la vida cotidiana.

Muchas familias enseñan a sus hijos a cruzar la calle cuando el semáforo está en verde, a dar las gracias, a recoger sus cosas y a respetar los turnos de palabra. Son aprendizajes necesarios para convivir, pero no siempre se encuentra el momento para enseñar algo igualmente importante: reconocer y expresar lo que se siente. Acompañar un “estoy triste”, “tengo miedo” o “necesito ayuda” no siempre resulta sencillo. A veces, se minimiza lo que ocurre —“no pasa nada”, “ya se te pasará”— o se intenta resolver con prisa. Sin embargo, en esos momentos aparentemente sin importancia se construyen —o se debilitan— las bases de la salud emocional futura.

La educación emocional no debería entenderse como una moda pedagógica asociada a nuevas corrientes educativas. En realidad, es una herramienta fundamental para el desarrollo de los niños y niñas. Aprender a reconocer, comprender y gestionar las emociones resulta tan importante como aprender a leer, escribir, correr o calcular. Saber identificar lo que se siente, regular la ira, tolerar la frustración o pedir ayuda son competencias esenciales para la vida. Estas habilidades influyen en el bienestar personal, en la calidad de las relaciones y también en la forma en que cada persona afronta los conflictos y las dificultades.

La inteligencia emocional no es una capacidad que aparezca de forma automática. Se construye con el tiempo, a través de las experiencias cotidianas, de las relaciones con los demás y del acompañamiento de los adultos. Los niños aprenden observando cómo se gestionan las emociones en casa, escuchando cómo se habla de ellas y experimentando en su entorno más cercano. Cada conversación, cada conflicto, cada juego o momento compartido puede convertirse en una oportunidad para poner nombre a lo que sienten y aprender formas adecuadas de expresarlo.

En este proceso, la familia desempeña un papel fundamental. Escuchar con atención lo que los hijos cuentan, validar lo que sienten y ayudarles a poner palabras a sus emociones son gestos sencillos pero muy valiosos. Preguntas como “¿cómo te has sentido hoy?” o “¿qué te ha preocupado?” pueden abrir espacios de diálogo que fortalecen la confianza. Además, los padres y cuidadores sirven como modelo: cuando un adulto reconoce sus emociones, explica cómo se regula ante la frustración o comparte cómo maneja la tristeza o la desilusión, los niños aprenden a hacer lo mismo.

Los cuentos y los juegos también son herramientas muy útiles. Leer historias donde los personajes experimentan diferentes emociones permite a los menores identificar sentimientos similares en sí mismos. Los juegos de roles, por ejemplo, enseñan a ponerse en el lugar del otro, a comprender diferentes perspectivas y a practicar la resolución de conflictos de manera segura. Incluso las pequeñas rutinas diarias —ordenar juguetes, esperar su turno, resolver desacuerdos entre hermanos— se convierten en oportunidades para desarrollar habilidades emocionales, como la paciencia, la tolerancia o la empatía.

Un aspecto fundamental de la educación emocional es enseñar a los niños que está bien sentir emociones desagradables. La tristeza, el aburrimiento, el enfado y el miedo no son problemas que deban eliminarse, sino señales que nos informan sobre lo que necesitamos o lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Ayudarles a nombrar estas emociones y buscar maneras adecuadas de expresarlas fortalece su autoestima y su capacidad de resiliencia. Por ejemplo, cuando un niño se enfada porque pierde un juego, guiarlo para que respire, exprese lo que siente y busque una solución fomenta el autocontrol y la resolución de problemas.

Un niño que desarrolla correctamente su inteligencia emocional adquiere herramientas para comprender lo que siente y para relacionarse mejor con los demás. Aprende a expresar sus emociones de forma adecuada, a entender los sentimientos ajenos y a afrontar las dificultades con mayor serenidad. Con el tiempo, este aprendizaje se traduce en adolescentes con un buen autoconcepto y una autoestima sólida, capaces de confiar en sí mismos, tomar decisiones con seguridad y aprender de los errores en lugar de sentirse derrotados por ellos.

Educar las emociones no es un proceso rápido ni automático. Requiere paciencia, constancia y un acompañamiento atento por parte de los adultos. Cada momento del día puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje: desde un desayuno compartido hasta la resolución de un conflicto por un juguete, pasando por conversaciones sobre lo que ocurrió en la escuela o cómo se sintió ante un desafío. La repetición y la práctica permiten que los niños interioricen estas habilidades, que poco a poco se convierten en recursos sólidos para la vida. En definitiva, fomentar la inteligencia emocional desde la infancia ayuda a formar personas más seguras, resilientes y capaces de afrontar los retos de la vida con equilibrio, comprensión y respeto hacia sí mismas y hacia los demás. Por ello, la educación emocional no es una simple moda, sino una necesidad real en el desarrollo integral de los niños y niñas.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_