Ir al contenido
_
_
_
_
Crianza
Opinión

Por qué no hay que obligar a los niños a compartir

Los padres deben permitir que sus hijos distribuyan sus cosas desde la consciencia y no por miedo a posibles represalias si no lo hacen. Así aprenden de verdad qué es la generosidad y la empatía

El adulto es quien debe guiar la conducta del niño, pero sin olvidar cuál es su desarrollo madurativo. GS Visuals (Getty Images/Image Source)

El acto de compartir forma parte de un proceso complejo que conlleva la comprensión y madurez de varios hitos del desarrollo: comprender que no solo existe el yo —etapa de egocentrismo—, integrar que al dar algo no se pierde para siempre, empatizar con la necesidad y la emoción del otro, permitir que otros toquen las pertenencias propias y aprender a esperar y respetar turnos. Se trata de múltiples aspectos que no resultan sencillos en ningún momento vital, y menos aún durante la primera infancia, ya que no es hasta pasados los cinco años cuando se comienza a adquirir esta habilidad de forma más natural y consciente.

Para comprender lo que significa compartir un objeto desde la perspectiva de un niño, solo hace falta ponerse en situación mediante un ejemplo. Al imaginar que un adulto se sube en nuestro coche y pide conducirlo un rato explicando que él también quiere, seguramente nadie accedería a bajarse del vehículo y compartirlo con un extraño; pues exactamente lo mismo le sucede a un niño en el parque cuando otro le pide su pelota o su muñeco, a diferencia de que el niño aún no es capaz de razonar lo que sucede y el adulto sí.

Bajo el pensamiento adultocentrista, se asume que los objetos del niño no son realmente suyos, sino que él solo dispone de ellos porque han sido comprados o dados por el adulto. Además, suele ser el adulto quien elige quién los tiene y durante cuánto tiempo en el caso de haber otros niños en el mismo espacio. En muchas ocasiones esto sucede mientras el menor está jugando, por lo que, cuando se encuentra concentrado e inmerso en su principal labor, otro niño o incluso un adulto irrumpe para quitarle el juguete bajo la consigna “hay que compartir”. De este modo, sus ritmos y necesidades se ven ignorados y se deja de lado la observación de lo que el menor requiere en ese instante.

Un niño que está metido de lleno en el juego está absorto en su mundo de imaginación, con los cinco sentidos, por lo que tras la irrupción desde el exterior siente de repente que su espacio se invade, que no se respetan sus necesidades, su lugar ni sus tiempos.

¿Cómo dejar de obligar a compartir?

El adulto es quien debe guiar la conducta del niño, pero sin olvidar cuál es su desarrollo madurativo en cada etapa. Comprender que no quiera compartir en un momento dado es aceptar un proceso natural, entendiendo que la etapa de egocentrismo no se lo permite durante los primeros años de vida. Esto no significa que sea egoísta o maleducado; simplemente, se está comportando tal y como su cerebro se lo permite en este momento evolutivo, por lo que poner palabras a la situación podrá ayudar al niño a adquirir herramientas y mecanismos de comunicación adecuados para situaciones similares en el futuro.

En ocasiones, el niño acaba compartiendo por miedo a las consecuencias que pueda tener el no hacerlo, por lo que lo hace desde la presión y no desde la iniciativa propia y la voluntad. Obligar a un niño a realizar algo nunca constituye un buen ejemplo ni modelo, ya que la obligación suele causar el efecto contrario. Forzarle a realizar una acción para la que no está preparado generará en él inseguridad y miedo a la pérdida, provocando que se muestre a la defensiva sin comprender la causa de por qué debe hacerlo. Educar desde el respeto implica priorizar las necesidades del niño sobre las expectativas del entorno. Al defender su derecho a no compartir en un momento de juego profundo, le estamos dando un modelo de asertividad. Le enseñamos que tiene derecho a poner límites y a decir “no”, una herramienta imprescindible para potenciar su inteligencia emocional.

Cuando un adulto obliga a un niño a entregar un objeto, espera sumisión por parte de este, es decir, no existe voluntad ni generosidad en el niño, sino que es el adulto quien decide por él. La generosidad real es la acción voluntaria de compartir desde el bienestar que genera a uno mismo el hecho de ofrecerle algo a otro, por placer mutuo y no por imposición. Para ello, el niño necesita disponer de un desarrollo madurativo adecuado, además de sentirse acompañado y confiado dentro de un entorno seguro.

Si el menor percibe que sus juguetes pueden desaparecer bajo el juicio del adulto en cualquier momento desarrollará un sentimiento de sobreprotección y una actitud defensiva. Por el contrario, si se le permite decidir cuándo y con quién compartirlo acabará siendo él quien inicie este acto de manera espontánea y voluntaria.

Entrenar la paciencia

Existe una alternativa eficaz, adecuada y respetuosa con las necesidades y el desarrollo, en la que se tiene en cuenta tanto al niño que no quiere compartir como al que quiere el juguete del otro. Se trata de los juegos de turnos, donde se entrena la paciencia para la espera y la frustración que ello supone y se da protagonismo a cada jugador en su turno. De este modo, ambos ven satisfechas sus necesidades, respetando la concentración, la imaginación y el juego y favoreciendo la atención, la generosidad y la empatía. Esto se puede poner en práctica con la mayoría de juegos de mesa, incluso con algunos clásicos como la Oca y el Parchís.

A menudo, el hecho de obligar a los niños a compartir nace del bagaje que uno mismo aporta de la educación recibida en su infancia. Al plantearse un cambio y cuestionarse el modelo educativo hacia las nuevas generaciones se empatiza con los menores, con sus necesidades y, sobre todo, con las capacidades que cada niño tiene en cada etapa. Para que un menor comparta de manera consciente, desde la generosidad y el ofrecimiento, el ejemplo, el diálogo y la comunicación deben ser la base dentro de su entorno seguro.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_