Preguntas que acercan a padres e hijos: cómo hablar con ellos sin que se sientan interrogados
Para mejorar el vínculo paternofilial son esenciales las conversaciones que respetan la edad del menor, fomentan la reciprocidad y no se perciben como control

En una época marcada por pantallas, prisas y conversaciones fragmentadas, muchas familias se preguntan cómo recuperar un diálogo real con los hijos, especialmente durante la adolescencia. Lejos de fórmulas mágicas, especialistas en salud mental coinciden en que la clave no es tanto en encontrar la pregunta perfecta como en revisar el lugar emocional desde el que se habla. Porque, más que una técnica, la comunicación familiar es una construcción cotidiana basada en confianza y presencia.
Para la psicóloga y terapeuta Carmen Durang, el principal obstáculo aparece cuando la conversación se percibe como control. “Si la frase suena a examen o a revisión, el otro se cierra. Y no por capricho, sino por protección”, explica. Según la también autora de Humano antes que urgente (Grupo J3V, 2025), los adolescentes no responden a la autoridad rígida, sino a la sensación de autenticidad. “Un adolescente no se abre ante un rol; se abre ante una persona”, resume.
Durang propone lo que denomina “distancia cero”, una forma de acercamiento basada en compartir primero algo propio antes de pedir al hijo que se exprese. Puede ser una emoción cotidiana, un recuerdo o una experiencia personal que reduzca la desigualdad del rol adulto-hijo. “No se trata de hacer terapia en casa, sino de crear un punto de cercanía donde el otro perciba que no está siendo evaluado”, señala. Cuando ese clima existe, añade, la pregunta deja de sonar a interrogatorio y se transforma en conversación.
La evidencia científica respalda este enfoque. La teoría del apego, desarrollada en la década de los cincuenta por el psiquiatra británico John Bowlby, ya señalaba que los niños necesitan figuras adultas emocionalmente disponibles para construir una base segura desde la que explorar el mundo y comprender lo que sienten. Más tarde, la psicóloga del desarrollo estadounidense Mary Ainsworth, junto a Bowlby, amplió esas investigaciones en 1969 al demostrar que la calidad de la respuesta emocional del adulto —escuchar sin juicio, sin prisa y sin presión— influye directamente en la seguridad del vínculo y en la capacidad del menor para regular sus emociones. A ello se suman estudios contemporáneos sobre conexión interpersonal, como los liderados por el investigador en psicología social Arthur Aron de la Universidad de Stony Brook (Nueva York) en 1997, creador del famoso cuestionario de las 36 preguntas para enamorarse, que evidencian cómo unos minutos de conversación significativa pueden aumentar la sensación de cercanía incluso entre desconocidos. Un efecto que, en el caso de niños y adolescentes, puede ser aún más rápido cuando perciben autenticidad y disponibilidad emocional en el adulto.
La psiquiatra Lucía Torres Jiménez aporta una mirada complementaria desde la práctica clínica. A su juicio, las preguntas profundas funcionan porque activan experiencias de seguridad emocional que permiten al cerebro organizar mejor lo vivido. “Cuando alguien se siente escuchado sin juicios, el sistema nervioso interpreta esa escucha como una señal de calma”, explica. “Esa calma facilita que aparezcan palabras donde antes solo había emociones confusas”, añade. Este proceso resulta especialmente relevante en etapas evolutivas en las que la identidad todavía se está construyendo y cualquier pregunta puede vivirse como una amenaza o como una oportunidad de conexión.

Durang asegura que el silencio no debe interpretarse automáticamente como rechazo: “Muchos adolescentes necesitan tiempo para procesar lo que sienten antes de ponerlo en palabras”, asegura. “A veces, la respuesta llega más tarde, cuando la conversación ya ha bajado de intensidad”, añade. Para ella, respetar ese ritmo, sin exigir inmediatez ni conclusiones rápidas, puede convertirse en una herramienta poderosa para fortalecer el vínculo y transmitir una idea fundamental: “No todo tiene que resolverse en el momento”. Según la psicóloga y terapeuta, en la adolescencia suelen funcionar mejor las preguntas que respetan la edad del menor y fomentan la reciprocidad: “Preguntas como ‘¿Qué cambiarías de mí para que te sintieras más a gusto conmigo?’ o ‘¿Ha habido algo mío que te haya dolido últimamente?’ desplazan el foco del juicio hacia la construcción conjunta de la relación”. Y agrega: “No buscan respuestas brillantes ni confesiones dramáticas, sino abrir un espacio donde el adolescente perciba que su voz tiene peso real”.
Desde la psiquiatría, Torres subraya que la vulnerabilidad compartida puede ser una vía eficaz para generar conexión: “Durante años predominó la idea de que mostrar fragilidad debilitaba la autoridad adulta, pero hoy se entiende como una forma de humanizar la relación”. “Cuando alguien se muestra desde lo humano, facilita que el otro también lo haga”, explica. Torres sostiene que ese intercambio contribuye a construir una sensación de pertenencia que reduce el aislamiento emocional, uno de los riesgos más señalados en la adolescencia contemporánea.
El contexto social tampoco es ajeno a estas dinámicas, continúa Torres, ya que muchos padres evitan hablar de temas complejos por miedo a incomodar o a romper la inocencia, pero advierte que el silencio puede transmitir el mensaje implícito de que ciertas emociones son demasiado abrumadoras para ser nombradas: “En cambio, responder desde la serenidad ayuda a integrar la incertidumbre como parte de la experiencia humana, algo especialmente relevante en un entorno donde los niños acceden a contenidos complejos cada vez más temprano a través de redes sociales y dispositivos digitales”. Torres señala que lo determinante es el momento evolutivo y las preguntas que el propio niño formula: “Adaptarse a ese ritmo implica distinguir entre las emociones del hijo y las propias, evitando proyectar miedos adultos sobre inquietudes infantiles”. “También supone aceptar que no todas las conversaciones serán profundas ni memorables”, prosigue la experta, “muchas veces el vínculo se construye en diálogos aparentemente banales que, con el tiempo, crean un terreno seguro para abordar cuestiones más delicadas”.
En última instancia, Durang afirma que la confianza no nace de preguntas perfectas ni de discursos impecables: “Un hijo no se abre porque le preguntes perfecto; se abre cuando siente que puede ser él mismo sin miedo”. Torres añade que en ese espacio compartido, donde la escucha sustituye al juicio y la presencia pesa más que la técnica, “incluso las conversaciones más difíciles encuentran un lugar posible”.
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