Jordi Nomen, profesor y autor: “La autoestima de muchos adolescentes descansa en algo fuera de su control: los ‘likes”
El escritor publica ‘Contra la tiranía del ‘like’, donde invita a los adolescentes a poner en práctica un uso más racional de las redes sociales y a repensar la edad en la que pueden acceder a ellas, pues se necesita madurez y pensamiento crítico para no caer en su tiranía


El premio Nobel de Economía en 2002, el psicólogo Daniel Kahneman, sostenía en uno de sus libros más famosos, Pensar rápido, pensar despacio (Debate, 2020), que el ser humano tiene dos sistemas de pensamiento. Uno rápido, intuitivo, emocional. Y el otro lento, reflexivo y lógico. “El problema es que las redes sociales nos han habituado a utilizar el primer sistema para todo, lo que deja fuera cosas tan importantes como la reflexión, la calma, la tranquilidad, la lógica. Y claro, si perdemos eso, diríamos que nuestra humanidad se va diluyendo”, reflexiona Jordi Nomen (Barcelona, 60 años), profesor de Filosofía y Ciencias Sociales en la escuela Sadako de Barcelona y autor, entre otros, del bestseller El niño filósofo (Arpa, 2021).
En su quinto libro (algunos traducidos al catalán), Contra la tiranía del like (Arpa, 2026), Nomen recurre a los grandes filósofos —desde Platón y Aristóteles hasta Hannah Arendt, pasando por Zygmunt Bauman o Byung-Chul Han— para, sin demonizar en ningún caso a la tecnología, invitar a los adolescentes a poner en práctica un uso más racional de las redes sociales. A partir del pensamiento crítico, la responsabilidad y el respeto, el escritor anima a “teñir las redes de humanidad” y a recuperar la promesa incumplida bajo la que surgieron y se expandieron: “Hoy las redes sociales nos vuelven más inhumanos, cuando, en realidad, parecieron nacer para lo contrario”.
PREGUNTA. Ser parte del grupo y recibir validación de los iguales son necesidades fundamentales en el desarrollo adolescente. ¿Las redes sociales están pervirtiendo esa necesidad?
RESPUESTA. Sí, porque evidentemente esa necesidad de ser reconocidos, de ser aprobados, de que su autoestima y su identidad estén a salvo, está siendo puesta en riesgo por culpa de cómo estamos utilizando las redes sociales. Eso está provocando, por ejemplo, que los adolescentes calculen su valor en base al número de likes y de seguidores, lo que se ha dado en llamar “el yo cuantificado”. Y eso es peligrosísimo, porque la autoestima de los chavales está descansando en algo que está fuera de su control, lo que les provoca angustia y ansiedad. Eso por no hablar de la fama, que hoy está desconectada del mérito y del esfuerzo y, además, mide el valor de las personas. Si tienes fama, tienes valor. Si no tienes fama, no tienes valor. Y hablamos de una fama volátil, que inmediatamente se eclipsa y se pierde. Esto genera unas inseguridades y una angustia tremenda.
P. Entre los chavales, ¿cada vez se impone más la ilusión de aceptación sobre la realidad?
R. Desgraciadamente, sí. Es que es muy difícil que, sin educarles en el pensamiento crítico, puedan afrontar lo que significa el trato en redes sociales. Por eso tenemos que repensar muy bien la edad en que se les puede dar acceso, porque para hacer un buen uso de las redes sociales se necesita madurez y sentido crítico. Y, claro, lo que le ocurre a un adolescente es que no tiene madurez, el pensamiento crítico todavía está en desarrollo y, por lo tanto, la tecnología le somete con facilidad a la tiranía del like.
P. Esa dependencia de los likes, ¿conlleva que muchos prioricen la identidad virtual sobre la real?
R. Sí, hasta el punto de que después, cuando tienen que establecer sí o sí relaciones reales, tienen unas dificultades enormes, porque se han acostumbrado a ese anonimato que dan las redes y que les permite de alguna manera ponerse una máscara. Esto también lo notamos los profesores, porque les cuesta muchísimo hablar en público, les falta confianza porque ahí no pueden borrar el mensaje o rehacerlo una y otra vez. Por eso hay que educar en la presencialidad, sacar a los niños y adolescentes de las pantallas, porque si no, cuando les llegue el momento de tener que resolver un conflicto real presencial, no van a tener instrumentos, no van a saber qué significa negociar, mirar al otro a los ojos, entender su posición, empatizar.
P. ¿Qué consecuencias puede tener esa priorización de la identidad digital en el desarrollo de la identidad?
R. Lo que pasa es que la identidad digital que se crean es como un escaparate, se muestran tal y como quieren que los otros les vean, tal y como esperan que los otros les validen, tal y como desearían ser, y eso es un golpe demoledor para la propia identidad. La identidad es una construcción continua, permanente. Y si no puedo ser yo mismo porque no lo decido yo, lo deciden los likes que recibo, pues evidentemente, en el momento en que todo eso desaparece, lo que te encuentras es el vacío.
P. Dice que estamos en la sociedad de las tres D: la sociedad de deseo inmaduro, de la desatención o distracción y de la desconfianza.
R. Sí. Hay que educar en casa y en la escuela en esas tres D. Hay que educar en un deseo maduro, racional, en un deseo que tenga sentido, que dé sentido a tu vida, que conecte con tu interioridad, que no se deje llevar por el impulso, por lo primero que te venden, por el “lo quiero todo ya”. Hay que educar en contra de la distracción y la desatención, que es uno de los grandes males de nuestros días. La atención es fundamental para poder tener una buena autoestima. Y hay que educar contra la desconfianza, porque la desconfianza es la que nos lleva a la intolerancia, a la polarización, a los discursos de odio y demás, que es lo que estamos viendo en las redes sociales. Y para eso es muy importante aprender a distinguir entre los hechos y las opiniones. Esto es algo que se debería trabajar mucho en casa y en las aulas.
P. En el libro también habla de la necesidad de promover valores como el respeto o la responsabilidad.
R. A mis alumnos a veces les pregunto qué piensan que nos diferencia a los seres humanos de las máquinas y de los animales. Hace unos años todo el mundo decía que el pensamiento, pero con el desarrollo tecnológico eso ya no está tan claro. Sin embargo, sí hay una cosa clarísima que nos diferencia: la ética. Solo el ser humano es capaz de ese razonamiento ético. Y tener un buen criterio ético pasa por el respeto y la responsabilidad, que son justamente los componentes que pueden darnos lucidez. La lucidez, esa realidad sin engaño ni autoengaño, que no es ni pesimista ni optimista, que es simplemente ver la realidad y afrontarla de la manera madura. Eso es lo que van a necesitar los niños y adolescentes el día de mañana: ser lúcidos y maduros para no caer en la tiranía de las redes sociales.
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