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¿Por qué los niños se portan peor con sus padres que con otros adultos?

El apego, la necesidad de contención emocional y reclamar atención paterna explican que un menor se comporte mal con sus progenitores, mientras tiende a contenerse con las personas de fuera de su círculo

El vínculo seguro permite que los menores muestren más libremente sus emociones con sus figuras de apego, sea la madre, el padre, los abuelos...Thanasis Zovoilis (Getty Images)

Es habitual que los padres tengan la sensación de que sus hijos se portan peor con ellos que en el colegio o cuando están con otros familiares, o incluso con padres de amigos. Algo que parece confirmarse cuando se les recoge de un cumpleaños o de pasar un fin de semana fuera y los adultos responsables informan de lo bien que se han portado, han comido o su buena disposición para recoger la mesa o la cocina; algo que en casa equivale a un buen rato de lucha. Una situación que se contempla y corrobora hasta en el refranero popular (a menudo pasado de moda) con este dicho: “A la madre, lo peor; al extraño, lo mejor”.

Pero a pesar de los sinsabores que el mal comportamiento de los hijos pueda suponer, generalmente es una buena señal. “Que el niño se porte peor con su madre o con su padre que con el resto de adultos no es casual ni negativo: es un fenómeno muy conocido dentro de la psicología. De hecho, se puede tomar como un buen indicador de crianza”, afirma la psicóloga Neus Izaguirre Rabal. El culpable de eso es el apego, según explica la también terapeuta. “No existe una investigación fiable que diga que los niños se portan peor con su madre. Lo que sí hay es evidencia teórica y empírica sólida sobre cómo el vínculo seguro permite que muestren más libremente sus emociones con sus figuras de apego, sea la madre, el padre, los abuelos…”.

La primera vez que se realizó un estudio sobre este asunto fue a finales de los años sesenta, cuando la psicóloga Mary Ainsworth, algo así como la madre de la teoría del apego, puso en marcha en 1969 un experimento titulado Extraña Situación, en el que participaron más de 100 familias de Estados Unidos, con bebés de entre 12 y 18 meses. El procedimiento permitió comprobar cómo reaccionaban ante la separación y el reencuentro con su figura de apego, mediante breves secuencias con momentos de presencia y ausencia del cuidador y de un extraño. Ya entonces se comprobó que los bebés reaccionan de manera distinta. “Con adultos fuera de su círculo de apego tienden a contenerse, siguiendo normas sociales; mientras que con su madre se sienten seguros para mostrar libremente lo que sienten y cómo actúan”, apunta Izaguirre.

En realidad, a los adultos nos pasa algo parecido: descargamos nuestras quejas o frustraciones con las personas con quienes tenemos más confianza, generalmente la pareja, los hijos, los padres o los compañeros de piso… Para los niños la situación es la misma: “Expresan sus malestares con las personas con las que tienen más cercanía. Podemos decir que los niños sacan a relucir sus emociones con sus madres, porque son las personas con las que tienen una relación más estrecha, necesitando en muchas ocasiones ser contenidos por ellas”, explica Raquel Huéscar, psicóloga perinatal y docente. “Ellos no siempre pueden autorregularse y necesitan de alguien externo que dé sentido a su emoción, pueda contenerlos, calmarlos y ayudarlos a poner nombre a esa emoción”, recuerda la experta. Ese alguien suele ser uno de los progenitores, y más frecuentemente la madre aunque, como asegura Huéscar, “un padre presente se encontrará también con reacciones emocionales intensas”.

Además del apego y la necesidad de contención emocional, puede haber una tercera motivación para ese mal comportamiento. Y es que “a los niños les gusta ser el centro de atención para sus madres, llegando incluso a generar irritación sin ser conscientes de ello, porque buscan una reacción por su parte”, asegura Huéscar. Es sencillo observar que es así. Sucede, por ejemplo, cuando la madre está hablando por teléfono o charlando con una amiga. En esos momentos en que el niño se siente excluido de la situación, insiste en reclamar su atención, llamándola, tirando de su pantalón o portándose mal hasta conseguir el enfado —y la atención— de la progenitora. La buena noticia es que, según el pequeño crece, esos comportamientos van desapareciendo. “Con el tiempo, los hijos van descubriendo que su madre tiene otras cosas en su cabeza además de ellos, lo que les ayuda a crecer y salir al mundo social. Cuando hay momentos de conexión y de encuentro, se sobrellevan mejor los momentos de tensión, inevitables en la crianza”, apunta Huéscar.

Que tenga un comportamiento ejemplar en casas ajenas se relaciona con lo que Izaguirre denomina modo social: “Esto significa saber que hay unos códigos y normas que cumplir para adaptarse al entorno”. En casa, sin embargo, “está en modo emocional, lo que implica conectar con el vínculo de confianza y dejar ir la autenticidad ante la figura de apego”. “Esto no significa que el crío finja fuera o manipule en casa, sino que ha adquirido recursos para regularse y se muestra distinto según el contexto y con las personas con las que se encuentra”, explica la experta. Los adultos tampoco tenemos la misma actitud en casa que en una fiesta o en una entrevista con el jefe, así que es fácil de entender.

Que existan buenas razones que expliquen ese mal comportamiento no significa que se les deba o pueda permitir. De hecho, ser figura de apego implica que se ayude al niño a reflexionar sobre su propia conducta. “Para seguir siendo esa base segura y sólida, es necesario decir no”, indica Izaquirre. “Acompañar con cariño, presencia y firmeza es fundamental para su crecimiento psicológico y su buena adaptación a los demás, tanto hoy como en el futuro”, prosigue la experta, “esto es especialmente relevante en la segunda infancia —de los 6 a los 12 años— y en la adolescencia, etapas en las que las conversaciones, los acuerdos y las negociaciones están muy presentes en las familias”.

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