¿Tutela o transición? La prueba de fuego para la oposición
Los opositores venezolanos deben salir del shock y construir una estrategia urgente para responder a los designios de Trump antes de que se instalen y normalicen

La operación militar de Estados Unidos para capturar a Nicolás Maduro no solo puso fin abrupto a su reinado de 12 años: redefinió, sin consulta y a plena luz, el marco político, económico y simbólico del futuro venezolano. En la rueda de prensa posterior al ataque, Donald Trump asestó tres golpes que los venezolanos no esperaban: que el aparato chavista sobreviviente seguiría en pie, que Estados Unidos controlaría el petróleo venezolano y que la oposición democrática, incluida María Corina Machado, quedaría, por ahora, fuera de estos arreglos. Con los días, lo que se presentó como una liberación se ha ido pareciendo cada vez más a un proyecto de tutela prolongada, con profundas implicaciones para la soberanía, la transición democrática y el papel de los venezolanos en la reconstrucción de su propio país.
Aun así, la oposición debe salir del shock y construir una estrategia urgente para responder a los designios de Trump antes de que se instalen y normalicen.
El plan Rubio
Como si se tratara de un gran terremoto, las réplicas de la rueda de prensa de Trump se han seguido sintiendo todos estos días en anuncios posteriores de su administración. El más importante es el plan del secretario de Estado, Marco Rubio, que consta de tres etapas: estabilización, recuperación económica y transición política. Las dos primeras excluyen a la oposición; la tercera solo la contempla, por ahora, como un jugador en la banca.
La fase de estabilización es crítica porque debería sentar las bases mínimas de gobernabilidad. Excluir a la oposición impide cualquier acercamiento inicial entre los representantes de esa dictadura reciclada –el chavismo post-Maduro– y el liderazgo opositor que se suponía debía encabezar el gobierno tras la caída del dictador. Aunque se logre mantener una paz precaria en el corto plazo, esta exclusión vuelve la estabilidad cada vez más frágil y dependiente de la fuerza, en un país donde la expectativa de cambio de régimen sigue intacta.
El segundo eje del plan Rubio, la recuperación económica, parece concentrarse casi exclusivamente en que Estados Unidos tome el control del petróleo venezolano. Washington administrará su extracción, comercialización y las ganancias resultantes, mientras el gobierno venezolano recibirá recursos limitados que Trump determine para operar bajo una suerte de junta interventora. Dado que el petróleo representa cerca del 98 % de los ingresos por exportación, el país quedaría, en los hechos, subordinado a las decisiones de Estados Unidos sobre su principal recurso estratégico.

A esto se suma otra señal de alarma: Trump ha dicho que el tutelaje estadounidense podría prolongarse por años. Más allá de cualquier retórica antiimperialista, en términos prácticos no hay gran diferencia entre este planteamiento y un gobierno títere. Y ese no fue lo que los venezolanos eligieron cuando votaron por Edmundo González en 2024.
De hecho, el fraude electoral de Maduro y la represión del régimen han impedido desde entonces que los venezolanos se expresen sobre qué tipo de país quieren reconstruir. Fuera de las redes sociales y de muestras aisladas de repudio o agradecimiento hacia Trump por haber sacado a Maduro del poder, no ha existido un debate público amplio sobre el rumbo político, económico e institucional de Venezuela. Ese debate es indispensable e inescapable y debe darse con total transparencia y amplitud tan pronto sea posible. Además, por supuesto, hay que investigar, juzgar y condenar las corruptelas de todos estos años.
¿Y ahora?
Antes de abordar esa pregunta, hay que responder otra casi igual de urgente: ¿qué pasó para que María Corina Machado y Edmundo González Urrutia quedaran fuera de la foto? Reportes periodísticos indican que enviados de Trump negociaban con la hoy presidenta interina la salida de Maduro. El propio líder depuesto había planteado un escenario parecido al actual: retirarse dejando intacto el aparato chavista y a Delcy Rodríguez al frente de una transición que podría durar tres años.
Mientras tanto, María Corina Machado proclamaba en redes y entrevistas que la hora final de la dictadura estaba a la vuelta de la esquina. El retorno de Venezuela a la democracia, aseguraba, vendría acompañado de una avalancha de inversiones que la convertirían en una nación próspera, envidia del mundo.
Los acontecimientos recientes revelan la profunda disonancia entre esa tesis de transición y el plan que Trump puso en marcha con el ataque a Maduro. Machado respaldó públicamente las razones esgrimidas por Trump –como el narcotráfico y el terrorismo– y no dudó en dedicarle el premio Nobel para masajear su insaciable ego. Aun así, Trump le dio la espalda sin miramientos y ni siquiera la puso al tanto de haber optado por Rodríguez. Así, la oposición no solo falló en asegurar un apoyo decisivo, sino que tampoco advirtió que los planes de su principal aliado avanzaban en una dirección diametralmente opuesta a la suya.
Este desfase proyecta una sombra densa de duda sobre la efectividad de los operadores opositores en Washington. No hubo coordinación ni articulación. El Gobierno de Estados Unidos actuó a sus espaldas. Los dejó fuera de la jugada. Ante el impacto de los anuncios recientes, reconocer este hecho no es una acusación ni debe ser un ejercicio de autoflagelación, sino una condición indispensable para corregir el rumbo antes de que sea irreversible.
¿Qué debe hacer la oposición?
Trump se siente tan sobrado que hasta se proclama presidente interino de Venezuela. Así sea una provocación, esta actitud no solo ignora el orgullo nacional de los venezolanos, sino que anticipa una negociación compleja tanto para el chavismo como para la oposición: Trump busca cobrar a precios de usura el favor de haber sacado a Maduro del poder. Las ganancias petroleras, ha dicho, se usarán para comprar productos estadounidenses y financiar, según su criterio, el funcionamiento del Estado venezolano. Administrar la hacienda pública a control remoto no es una solución: es un delirio que recuerda prácticas de servidumbre del siglo XIX como la tienda de rayas en las que los peones se veían obligados a comprar las mercancías del amo en una servidumbre a perpetuidad. Perdón por la jerga sesentosa y postcolonial, pero lo suyo es un proyecto de vasallaje.

¿Es este el futuro que la oposición de Machado quiere para el país? No lo creo. Un protectorado que reduce a Venezuela a una condición subordinada es inaceptable, incluso si algunos venezolanos han comprado la idea de que la soberanía y el orden internacional ya no importan. Machado debe abandonar cuanto antes el gesto peregrino de regalar, dedicar o entregar un premio Nobel que le fue conferido a ella –y solo a ella– tras deliberaciones serias del comité noruego. La reunión con Trump esta semana en la Casa Blanca debería tener un único objetivo: impedir que el protectorado se normalice y exigir un compromiso explícito con una transición democrática, con metas claras y un cronograma realista. Esto implica corregir el plan Rubio para que la transición política tenga el mismo peso que la estabilización y la recuperación económica. No se trata de un cambio de gobierno inmediato, pero sí de generar las condiciones para un traspaso de poder en un plazo no mayor a un año, sea mediante la toma de posesión de Edmundo González o nuevas elecciones.
Esta estrategia urgente también debe impulsar una renovación institucional profunda: cargos clave del Estado, nuevas autoridades electorales, policiales y de justicia así como garantías para todos los actores políticos, incluidos los chavistas dispuestos a abandonar el autoritarismo y abrazar la democracia. Pero hay un punto que no admite postergación: la restauración plena de la soberanía nacional, para que los venezolanos puedan decidir su destino con libertad política y económica. Esto también requiere un cronograma verificable.
María Corina y Delcy Eloína
Paradójicamente, la soberanía es el punto de inflexión que hoy une los intereses del chavismo y de la oposición. María Corina Machado debe comprometer a Trump a respetarla, incluso si Venezuela decide privilegiar a Estados Unidos como socio estratégico, atando en buena medida su independencia económica. Delcy Rodríguez, como presidenta encargada avalada por Washington, tiene exactamente el mismo deber. Este no es un asunto personal ni ideológico: es una línea roja que concierne a todos los venezolanos. Por lo tanto, no debería ser negociable. En un ensayo publicado en 2023 en La Gran Aldea, bajo el picante título María Corina y Delcy Eloína, el novelista y pensador Federico Vegas trazó paralelos elocuentes entre las trayectorias vitales –mayormente opuestas– de estas dos mujeres. Citando al analista Vladimir Gessen, recordaba que el rumbo del país estaba siendo disputado y definido por ambas, como encarnaciones de proyectos opuestos. Vegas imaginaba incluso un encuentro improbable, en un París del pasado en que ambas vivieron, o en algún futuro cercano, donde María Corina y Delcy pudieran dialogar sobre las extrañas simetrías que las conectan.
Tal vez ese diálogo hoy no deba ocurrir en París, sino en Caracas o en Washington, y con un tema ineludible: cómo evitar que el futuro de Venezuela quede definitivamente trazado por los designios de Trump. Puede sonar a ciencia ficción, pero una negociación que preserve la soberanía y la independencia del país –antes que los intereses de terceros– sería el camino más corto hacia una reconciliación real y una prosperidad duradera para Venezuela. Quizás si se ponen de acuerdo, María Corina y Delcy puedan salir mejor libradas de este trance y de Trump.
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