El chavismo intenta pasar de pantalla
Las imposiciones de Estados Unidos obligan al antiguo equipo de Maduro a aceptar una transición tutelada con Delcy Rodríguez que quiere mantener el control de la calle sin exhibir sus contradicciones


La tarde del 2 de enero, Nicolás Maduro se quitó el chándal, se puso un traje y una corbata roja y abrió los salones del palacio de Miraflores para recibir a Qui Xiaoqi, el enviado especial a Venezuela del presidente chino, Xi Jinping. Durante la ceremonia, ambas delegaciones intercambiaron algunos regalos, entre ellos, un caballo de cerámica. Cuando llegó a sus manos, Maduro aprovechó para soltar un chiste: “Venezuela y China, vamos cabalgando, la unión perfecta a toda prueba en todo momento. Siempre victoriosos”, dijo exhibiendo caribeñismo ante la fría delegación oriental. Solo 48 horas después de aquellas risas, la imagen —todavía impensable hace apenas una semana— de Maduro entrando esposado en un tribunal de Nueva York, comenzó a circular en los despachos diplomáticos, mientras en Venezuela se normalizaba una palabra hasta entonces inimaginable: “Transición”.
Durante dos décadas, Venezuela ha basado su supervivencia militar e ideológica en la alianza con dos grandes potencias, Rusia y China, que han reaccionado tibiamente a la desaparición del hombre que les abrió las puertas del país, y un tercero, Cuba, que a duras penas trata de sobrevivir.
La inacción internacional es el remate al momento más agónico que vive el chavismo desde su conquista del poder en 1999 de la mano de Hugo Chávez, que llegó arrasando en las urnas al enamorar a barriadas y clases medias a partes iguales. Sin embargo, en menos de una semana, la Venezuela combativa y desafiante se ha quedado sin su presidente, capturado por Estados Unidos, ha visto cómo el republicano Donald Trump se apropiaba de su petróleo y ha tenido que escuchar que ese dinero se destinará a comprar exclusivamente productos estadounidenses. En menos de siete días, la nueva presidenta, Delcy Rodríguez, ha reiniciado relaciones diplomáticas con Estados Unidos, que está a punto de volver a abrir su embajada en Caracas, y ha prometido liberar a un “importante” número de presos políticos.
Los miembros del núcleo duro del movimiento bolivariano —un puñado de personas al frente del país con las mayores reservas de petróleo del mundo— han tenido que adaptarse a una nueva realidad en un tiempo récord: mantener la lealtad al chavismo y satisfacer al presidente Trump. Reacomodarse a las nuevas circunstancias sin perder el control ni el relato es lo que el exministro Jorge Arreaza ha descrito como “movimientos tácticos”.
Tradicionalmente, el poder en Venezuela había estado repartido entre dos familias: la que representan los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, hoy al frente del Ejecutivo y el Legislativo, y otra militarista encabezada por el ministro del Interior, Diosdado Cabello, y el jefe de las Fuerzas Armadas, Vladimir Padrino López. Ambas habían compartido el poder sin molestarse desde la muerte de Hugo Chávez, en 2013. Unos estaban dedicados a la economía y los negocios, y los otros a las armas y al control de la calle. En caso de duda, Nicolás Maduro decidía. Ahora, sin él al frente, ambas familias se han conjurado para trabajar unidas mientras se vigilan de reojo. Durante el primer Consejo de Ministros de Delcy Rodríguez, Cabello se sentó junto a la presidenta encargada con una gorra en la que había una sola frase: “Dudar es traición”.
Aunque las dos corrientes han escenificado unidad, las tensiones sobrevuelan ambos bloques desde hace más de una década, cuando Hugo Chávez eligió a Nicolás Maduro, y no a Cabello, como su sucesor. Ahora Estados Unidos ha elegido a Delcy Rodríguez, y no a él, para que conduzca una extraña transición en la que ambas familias de nuevo están obligadas a convivir.
Según John Feeley, exsubsecretario para el Departamento de Asuntos del Hemisferio Occidental de EE UU, “Maduro tenía el aval de Chávez y eso era importante de cara a la calle, pero nada de esto lo tenía Delcy hasta que Nicolasito [el hijo de Maduro] habló públicamente bien de ella en los últimos días, y con eso consiguió las bendiciones del aparato y algo de tiempo para intentar convencer al sector duro”, señala el diplomático.
En ese enfoque coincide también el escritor venezolano Alberto Barrera, para quien “todo parece indicar que va a haber un reacomodo”, explica. “El oficialismo es una corporación irregular, con diferentes grupos. Y creo que ahora se enfrentan a un quiebre simbólico importante. Maduro era el designado por Chávez. Había una línea directa. Lo legitimaba el dedazo del comandante eterno. Y eso ahora desaparece. Ahora el orden será distinto, obviamente. No solo porque son otros los encargados de repartir el poder, el dinero, los cargos, etcétera, sino porque, encima, hay un actor nuevo, que se ha impuesto por la fuerza y también quiere mandar”, dice Barrera sobre Delcy Rodríguez.
Abogada de formación, Rodríguez es la nueva cabeza del madurismo sin Maduro. Doctorada en Derecho Social en la Universidad de Nanterre (Francia) y con estudios de posgrado en la Universidad de Birbeck (Londres), Rodríguez es, sin duda, la mejor formada de un Gabinete de hombres que medraron gracias a su lealtad y al dinero que esta genera.
Hasta el momento, los tres nombramientos de peso de la nueva presidenta repiten un patrón que prima la fidelidad sobre la eficiencia. Al frente de su seguridad ha colocado a Gustavo González López, comandante de la Guardia de Honor Presidencial, exministro del Interior y antiguo director del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), la policía política del régimen, encargado, entre otras cosas, de la cárcel de El Helicoide, símbolo de torturas y represión a los opositores.
Al frente de la economía nombró a su antigua mano derecha, Calixto Ortega Sánchez, que fue cónsul en Nueva York y Houston. Este tiene el objetivo de atender los requerimientos de Washington sin hacer excesivo ruido, mientras trata de sacar de la UCI a la maltrecha economía venezolana, con una desvalorización de la moneda local de casi el 500%, que aviva temores de hiperinflación. Para la futura embajada en Washington ha elegido a Félix Plasencia, un viejo amigo desde los tiempos en que Delcy Rodríguez fue canciller. Este fue uno de los hombres que viajaba con ella en el avión que aterrizó en Barajas en 2020, cuando la actual presidenta interina ya tenía vetada la entrada en la UE.
“Pero que nadie piense que están vencidos”, dice un líder opositor que prefiere no dar su nombre. “En la confrontación es donde mejor se mueve el chavismo”, recalca desde Caracas un antiguo miembro de Voluntad Popular, el partido de Leopoldo López.
Para Orlando Pérez, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Dallas, “por primera vez, el chavismo se ha dado cuenta de que está más solo que nunca. Ni China, porque es un país principalmente práctico, ni Rusia, porque está embarcado en Ucrania, van a enfrentarse con Trump. Venezuela se ha dado cuenta de que no tiene otra salida que sobrevivir por sí mismo”, dice.
En esa lucha por la supervivencia, en la esquizofrénica Venezuela de hoy, conviven dos discursos. Uno, al exterior del país, donde se habla de cooperación y de trabajar “de manera conjunta con Estados Unidos”, y otro al interior, que trata de movilizar a gente en las calles mientras dedica decenas de horas en radio y televisión a criticar “el secuestro del presidente” y “la voracidad petrolera del Norte”, e intenta convencer a la población de que “traerán de vuelta” a Maduro.
Sin embargo, “desde la muerte de Chávez, se ha venido produciendo una suerte de desideologización del movimiento”, dice el escritor Barrera. “La propia idea de la revolución ha perdido encanto, fuerza. Pero, obviamente, frente a sus núcleos más duros y fieles, el oficialismo enfrenta una dificultad discursiva y simbólica impresionante. Es muy difícil disfrazar la sumisión”, añade el escritor venezolano.
Mientras tanto, en la nueva Venezuela, adaptarse es sobrevivir y los viejos chistes de Maduro son ahora solo una foto de la pareja presidencial colgada, junto a los retratos de Bolívar y Hugo Chávez, de las paredes de los edificios públicos.
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