Nicolás Maduro, el autócrata de un régimen aislado que no tenía intención de rendirse
El presidente de Venezuela, detenido y sacado del país según Trump, no estaba dispuesto a llegar a ningún acuerdo con Estados Unidos

Nicolás Maduro llevaba meses esperando un ataque de Estados Unidos que le llenaba de zozobra a él y a todos los que le rodeaban. Por primera vez desde que en 2013 sucedió a Hugo Chávez al mando de Venezuela, sentía que se encontraba en una situación de verdadero peligro: la posibilidad real de ser derrocado. Según ha anunciado Donald Trump, Maduro ha sido detenido y sacado del país este sábado junto a su esposa, Cilia Flores. Fuentes de su entorno aseguran que el presidente venezolano no tenía ninguna intención de irse por su propio pie.
Estados Unidos ha atacado Venezuela de madrugada, en una operación militar que parece quirúrgica y destinada a llevarse al presidente venezolano. “Bombardearon unos cinco puntos: en Caracas, en Aragua y en Miranda”, explicaba por teléfono a primera hora un alto mando chavista, cercano a Maduro, que, pese a todo, mantenía la calma. Aún no se conocía el arresto del presidente.
En los días previos, Maduro, de 63 años, había dejado algo claro a su entorno: aquí nadie se rinde. Ha tenido que ser sacado a la fuerza por militares de Estados Unidos, siempre según la información de Trump. Los que lo habían tratado en este tiempo aseguran que estaba dispuesto a llegar hasta el final y que no contemplaba un acuerdo con Washington que derivase en su salida del poder. La posibilidad ni siquiera había estado encima de la mesa.

En contra de lo que muchos piensan, Maduro gobernaba Venezuela en solitario. El número dos del régimen, Diosdado Cabello, ejerce una enorme influencia sobre todo el Gobierno y controla a las bases chavistas, pero la última palabra la tenía siempre Maduro. No había un poder compartido ni dividido, todo empezaba y terminaba en él.
Ninguno de sus cercanos decía hasta hace unas horas contemplar una negociación que incluyese la condición de que el presidente de Venezuela dejara el poder. Jorge Rodríguez, su principal operador político, había intentado llegar a acuerdos puntuales con la administración de Trump a través de Richard Grenell, enviado especial de la Casa Blanca para Misiones Especiales de Estados Unidos. Pero todos sus intentos fueron infructuosos.
Las últimas historias alrededor de Maduro lo describen como una persona obsesionada con su seguridad, que cambiaba constantemente de lugar para dormir o de teléfono. Según The New York Times, se apoyaba en Cuba para reforzar su seguridad. Eso no ha impedido que se le haya visto en actos públicos o programas de televisión cantando, bailando y chapurreando inglés. “No war, no war, no war, yes peace, yes peace, yes peace”, dijo durante una alocución (no guerra, no guerra, no guerra, sí paz, sí paz, sí paz).
Maduro y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, se habían encargado en este tiempo de angustia de tener bajo control al ejército bolivariano. Las investigaciones internas han sido constantes para evitar cualquier tipo de alzamiento o rebelión. “Dudar es traición” era la consigna que se había dado en todos los cuarteles. Una frase que Diosdado Cabello, por ejemplo, había estampado en una gorra que usa para presentar su programa de televisión en la cadena pública.
El poder se concentraba en Maduro y lo ejercían no más de un puñado de personas de su máxima confianza. A Padrino y Jorge Rodríguez había que sumar a la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, hermana de Jorge, y a Cilia Flores, la primera dama. De ahí emanaban todas las directrices de este régimen vertical, un Estado controlado en todos sus recovecos por chavistas leales a la causa.
Los que se salían del guion eran detenidos y encarcelados sin miramientos. Después de las elecciones de julio del año pasado, consideradas un fraude por organismos internacionales que han verificado las actas que presentó la oposición liderada por María Corina Machado, Maduro purgó a los jefes de la inteligencia militar y civil y se desató una ola de inspecciones en los cuarteles. Más adelante fue detenido alguien que hasta entonces había sido una persona de confianza a la que Maduro había elogiado en público: Pedro Tellechea, ministro de Industria y Producción Nacional. Nadie se encontraba a salvo de una posible depuración.
“Solo hay que ver las reuniones entre Maduro y su cúpula”, contaba hace unas semanas alguien testigo de esos encuentros. “Hay una obediencia sin ningún pero. Es alguien que deja claro al resto quién está al mando. Un líder autoritario”, añadía. Algunos políticos latinoamericanos de izquierdas, presidentes y expresidentes, hablaban entre ellos de ofrecerle una salida a Maduro, un acuerdo de algún tipo, pero el problema que veían era quién de su entorno —Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez, Cilia Flores— se lo iba a sugerir sin que el propio Maduro lo viera como un traidor. La conclusión siempre era la misma: Maduro no se iba a ir por voluntad propia.
Su círculo tampoco había mostrado ningún tipo de duda frente al empuje de Estados Unidos, solo lealtad absoluta a Maduro, que según ha confirmado la fiscal general, Pam Bondi, será juzgado por narcoterrorismo y otros delitos en Nueva York. La misma suerte corre Cilia Flores, una de las personas con más poder de Venezuela hasta hace unas horas.
Maduro tenía a Flores como una consejera total, siempre a su lado. Los dos son divorciados y tienen hijos de matrimonios anteriores, tres ella y uno él, pero ninguno fruto de su relación. Se conocieron en 1992, cuando ambos visitaban en prisión a un teniente coronel encarcelado por un intento de golpe de Estado, un hombre de 37 años que empezaba a estudiar marxismo de forma metódica y respondía al nombre de Hugo Chávez Frías.
Maduro parecía ser el último muro de resistencia de la revolución bolivariana. Su historia no tiene un halo heroico como la de Chávez o incluso la de Diosdado Cabello, que es un hombre de armas y conducía tanques junto al comandante. Maduro venía de los movimientos sindicales y heredó el poder a dedo. Un Chávez moribundo lo eligió a finales de 2012, y a partir de ahí fue reelegido en procesos electorales cada vez más cuestionados y desacreditados. El culmen fueron las últimas presidenciales, celebradas en julio de 2024, en las que el chavismo perpetró un fraude a los ojos de todo el mundo. Ni los propios chavistas se atrevían a cuestionarlo en privado.
Maduro vivía en una burbuja, según testimonios recabados durante años. Sus contactos con gente de fuera eran muy escasos. El que quisiera llegar hasta él tenía que pasar por los hermanos Rodríguez, casi de forma obligatoria. El presidente venezolano podía quedar en contestar una llamada al colombiano Gustavo Petro o al brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y desaparecía sin ofrecer ninguna explicación. Ministros de otros países y cónsules han visto cómo los mandos chavistas les bloqueaban en WhatsApp si insistían en obtener una respuesta por algún trámite.
Las últimas presidenciales no eran una trampa al chavismo, sino un envite. Estados Unidos, en unas negociaciones en Qatar que reveló este periódico, acordó con Maduro y Jorge Rodríguez celebrarlas para demostrar quién tenía mayoría en el país, si Maduro o la opositora María Corina Machado (ella fue inhabilitada y presentó en su lugar como candidato al diplomático Edmundo González). Maduro y los suyos dudaron en dar el paso, pero confiaban ciegamente en su control del Estado para ganarlas.
Una observadora electoral se reunió en los días previos a las elecciones con la cúpula chavista en Caracas, con Maduro a la cabeza. Salió impactada de ese encuentro por el nivel de negación de la realidad con el que se encontró. “Pensaban que iban a ganar, era absurdo”, recordó tiempo después. Maduro nunca reconoció la derrota electoral y se negó a negociar su salida del poder, ni en los momentos de mayor amenaza por parte de Estados Unidos.
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