El chavismo pierde la calle en su hora más crítica
Ni el ataque de Estados Unidos ni la captura de Maduro logran reactivar una movilización que durante años fue el sostén del poder chavista

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha agitado a sus bases y ha llamado a los suyos a ocupar las calles frente a las amenazas de Estados Unidos. Al otro lado de la frontera, en Venezuela, el contraste resulta llamativo. Tras el bombardeo estadounidense y la captura de su presidente, Nicolás Maduro, la reacción popular apenas asoma. Mucho menos la espontánea. Ni siquiera las movilizaciones organizadas por el oficialismo, sustentadas gracias a los más de dos millones de funcionarios públicos, logran despegar. Hay actos y concentraciones —cientos, algunos miles—, pero están muy lejos no solo de las mareas humanas que en su día acompañaban a Hugo Chávez, sino de las convocatorias más modestas que recientemente el propio Maduro logró reunir hace unas semanas para plantar cara a Donald Trump.
La movilización, durante dos décadas, el corazón del poder chavista, hoy apenas late. Hay llamamientos —este miércoles en Caracas—, pero no arrastran multitudes. La calle aparece vigilada, cansada, contenida. El aparato sigue funcionando, el músculo está ahí, disciplinado y disponible, pero la masa social que sostuvo al chavismo ya no responde. Ni siquiera ahora, cuando el conflicto toca el nervio fundacional de ese proyecto político: la confrontación con Estados Unidos. “En otras épocas, un episodio así habría activado de forma casi automática el sentimiento antiestadounidense que funcionó durante años como aglutinante”, señala Pedro Benítez, analista y columnista de ALnavío. “Lo que vemos hoy es el resultado de un vaciamiento paulatino de la calle que lleva ocurriendo en los últimos 25 años”, añade una investigadora universitaria que pide anonimato por temor a represalias.
Rafael Bravo, comunicador popular de 61 años y vecino de Caracas, es uno de los fieles del régimen. Bravo espera que Maduro y su esposa, Cilia Flores, regresen al país y cree que las acusaciones en su contra forman parte de la narrativa de Estados Unidos contra el chavismo. Pero reconoce que el pulso pierde fuerza pese a la maquinaria del Gobierno para movilizar militantes y consejos comunales. “Hay gente que rechaza esto y se queda en casa. Después de 26 años, la dinámica política ha perdido velocidad”, dice el activista, que se define de izquierda, crítico y a la vez partidario del Gobierno. “El Gobierno todavía tiene apoyo, pero el chavismo no es Maduro y Cilia. Hay un pueblo chavista y, aunque se lleven a cinco o a diez, siempre va a existir”.

En Catia, el barrio donde Bravo se mueve, el vecindario quedó en silencio las primeras horas tras el ataque en la madrugada del sábado, un silencio que solo había visto en otros momentos de crisis como el golpe de Estado de 2002 contra Hugo Chávez. “Esa noche, unas vecinas me dijeron que querían que se fuera Maduro, pero no así, y que no estaban de acuerdo con que un país interviniera Venezuela”, cuenta. El impacto del bombardeo también ha sembrado dudas. “Por la información que daba el propio Maduro, se suponía que estábamos preparados militarmente”, añade. El analista Pedro Benítez coincide en que aún hay demasiadas incógnitas sobre lo ocurrido el 3 de enero. “En otro contexto, esto habría generado respaldo masivo. Hoy ocurre lo contrario: el rechazo es amplio, sobre todo entre los sectores más pobres, que son los que más han sufrido”.
Durante años, el chavismo respondió a cada crisis llenando la calle. Tras la muerte de Chávez, en 2013, las concentraciones sirvieron para blindar la continuidad del proyecto. No perder la calle era una obsesión y la movilización permanente, una seña de identidad. Cuando todo empezaba a fallar, la calle sostenía. “Hoy, en la práctica, el chavismo cuenta casi exclusivamente con el sector público. Pero ni siquiera ahí hay lealtad”, explica la investigadora, que pide anonimato. “Si no hay presión, no hay movilización. Y aun con presión, ya no se alcanzan los niveles de antes. Para movilizar no basta con obligar: hace falta compromiso, y eso ya no está”.
Las últimas manifestaciones verdaderamente masivas se produjeron tras las elecciones de julio de 2024, cuando Maduro se proclamó vencedor, pese a que las actas mostraban una arrolladora mayoría de Edmundo González. Fueron reprimidas con dureza. “Fueron las mayores movilizaciones autoconvocadas desde 1989”, recuerda Benítez. “Y, a diferencia de otros ciclos, fueron protagonizadas por sectores populares, con jóvenes pobres a la cabeza”. Aquel episodio marcó, a su juicio, la ruptura definitiva entre el chavismo y el sentimiento popular. Desde entonces, las movilizaciones han cambiado de rostro: presencia masiva de funcionarios, civiles armados y militares. “El chavismo se convirtió en una maquinaria de control y represión que terminó actuando contra los mismos a los que prometió redimir”, resume Benítez. “Perdieron el pueblo”.

Ahora, el chavismo intenta amplificar con propaganda la condena a los ataques y la captura de la pareja presidencial. Maduro y Cilia Flores empiezan a formar parte de un nuevo relato épico de resistencia. Circulan animaciones generadas con inteligencia artificial que reproducen la voz de Maduro declarándose “prisionero de guerra” ante un tribunal de Nueva York, y a Flores se la compara en marchas con heroínas históricas venezolanas.
Pero las movilizaciones siguen dependiendo del aparato del partido y de la administración de beneficios —comida subsidiada, gas doméstico, bonos— para garantizar asistencia. Este miércoles, las comunas llegaron por goteo al centro de Caracas y marcharon apenas unos metros alrededor del Palacio de Miraflores. “Así es como se demuestra quién tiene la calle en el país”, arengó Nahum Fernández, el jefe de movilización del oficialista PSUV durante la concentración. “Aquí no hay duda, aquí debe haber unidad revolucionaria y movilización”, siguió. Micrófono en mano, Fernández llegó a asegurar que en Estados Unidos están sorprendidos con la gran movilización de los venezolanos en las calles.
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