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Venezuela
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Mientras cae la nieve o el invierno de la democracia

Aunque el resultado de la intervención de Estados Unidos podría ser positivo para Venezuela, pueden pensarse también una serie de consecuencias negativas a mediano y corto plazo para el orden mundial

En medio de la nieve, de la contemplación de jardines nevados y, también, en medio de las noticias sobre la intervención de Estados Unidos en Venezuela ya hace una semana, me acuerdo de un poema de Rilke que me ha acompañado desde hace años.

“Temo tanto la palabra de la gente,

lo dicen todo tan claro….

Esto se llama perro y aquello casa

y esto es el comienzo y aquello el final.

Mi asusta su sentido, su juego con la burla.

Saben lo que ha sido y lo que será,

ninguna montaña para ellos es maravillosa,

su jardín y su casa limitan con Dios.

Siempre quiero advertir: alejaos.

Me gusta oír cómo las cosas cantan.

Si las tocáis, enmudecen y se petrifican.

Vosotros me matáis todas las cosas".

El poema puede ser leído como un ejercicio de silencio y de meditación al final del cual acaso sea posible volver a mirar el mundo con reverencia y asombro. También es un rechazo a lo que se podría llamar las falsas claridades. Escribo esto y me alejo de Rilke para pensar en las falsas claridades de las ideologías: lo dicen todo tan claro.

De un lado, están quienes celebran la intervención sin pensar en el lado oscuro de la misma. De otro lado, están quienes no se contentan con formular reparos justificados, sino que se ponen al lado de Maduro e intentan devolverle una legitimidad basada en un soberanía que hacía tiempo había perdido.

Entre esos dos grupos están aquellos que no lo ven todo tan claro e intentan elaborar una posición acorde con la complejidad de la situación. Maduro era sin duda un dictador. El régimen chavista era un régimen que había atropellado todos los principios del derecho y que había manipulado resultados electorales para mantenerse en el poder. Sin embargo, desde una perspectiva puramente pragmática hay que señalar que el chavismo sigue ahí, de otra forma e incluso no puede descartarse que la operación estadounidense le dé a Maduro un aura de mártir que termine por concederle al régimen un segundo aire.

Por otro lado, las repercusiones de la intervención van más allá de Venezuela -y más allá de Latinoamérica- por la falta de un sustento legal de la misma. No ha habido un mandato del Consejo de Seguridad, ni autorización del Congreso norteamericano y sólo con mucha flexibilidad se podría construir un caso de defensa propia para justificar la intervención.

Aunque el resultado de la intervención podría ser positivo para Venezuela -y eso está por verse- pueden pensarse también una serie de consecuencias negativas a mediano y corto plazo para el orden mundial. En primer lugar, la reclamada violación del derecho internacional -y los aplausos que esta violación ha suscitado- puede invitar a otros actores a obrar de forma parecida. Se trata de la justificación del uso da la fuerza, contra el derecho, en nombre de algo que se considera por encima del propio derecho.

En el caso concreto de Venezuela se califica a Maduro de narcotraficante y se le detiene, o se le secuestra, para someterlo a un proceso presuntamente legal que acaso podría proporcionarle a la intervención una justificación a posteriori. Aunque ello sólo sería así si Maduro tuviera la posibilidad de ser absuelto (lo que, en caso de ocurrir, terminaría por deslegitimar la intervención).

En otros casos se pueden alegar otras justificaciones. Una eventual intervención en Groenlandia -con la que Trump coquetea desde que empezó su segunda presidencia y se ha agotado esta semana- se plantea desde las necesidades de seguridad nacional de EEUU que, para el movimiento MAGA, están por encima del derecho internacional.

John Bolton, que fue asesor de seguridad de Trump en su primera presidencia, señaló en una ocasión el peligro subyacente a esa argumentación. “Los chinos oyen eso -dijo en una entrevista con la televisión alemana- y se frotan las manos porque con la misma lógica pueden decir que Taiwan es clave para su seguridad para justificar una eventual intervención”.

Trump, y en eso se parece a Putin, no parece interesarse mucho en la Carta de la ONU. Retrospectivamente la intervención de EEUU en Venezuela le proporciona a Putin argumentos para justificar su guerra de agresión contra Ucrania. Los principios y las normas del derecho internacional se dejan de lado en nombre de algo presuntamente superior.

En los esfuerzos diplomáticos que se hicieron para tratar de evitar que Rusia lanzara su invasión a gran escala contra Ucrania, uno de los argumentos utilizados por Putin ante sus interlocutores era recordarles la intervención de la OTAN en Kosovo sin mandato del Consejo de Seguridad. Ese episodio era utilizado por Putin para alegar que, contra lo que le decían interlocutores como el entonces canciller alemán Olaf Scholz o el presidente francés Emmanuel Macron, la OTAN no era una alianza meramente defensiva.

Scholz contó en una ocasión que él le había dicho a Putin que la intervención en Kosovo se había hecho para evitar un genocidio. Putin le respondió que por lo mismo el iba a lanzar su “operación especial” en Ucrania. No era necesario que eso fuera verdad porque todo se mueve en una lógica en la que la verdad y la búsqueda de la verdad son irrelevantes y reemplazadas por la palabra del déspota -o los “hechos alternativos” de los que hablan los trumpistas- y en la que la fuerza y la capacidad de chantaje reemplazan el derecho.

Escribo esto y pienso en La montaña mágica, una lectura que me ha acompañado en los últimos años, y en la figura de Naphta. Naphta le dice a Settembrino que “esos ideales” -los ideales de la Ilustración- ya han dejado atrás su edad heroica. Y Naphta nos sigue hablando por boca de Trump y de Putin.

La idea del derecho, la idea de un mundo basado en reglas -nos dicen Trump, Putin y Naptha- ha pasado y lo que viene es una edad del chantaje y de la ley del más fuerte. En muchos aspectos es como si estuviéramos dejando atrás la edad de la razón y estuviéramos entrando en una nueva edad de la fe. Los consensos mínimos para buscar conjuntamente la verdad parecen haberse roto y Naptha nos dice que no hay ciencia sin presupuestos. Ante eso, tal vez sólo nos quede mirar los jardínes nevados mientras todo pasa o irse a ver ballenas a alguna parte. O volver a leer a Rilke y a Thomas Mann mientras cae la nieve.

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