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Alegría y miedo en la nueva Venezuela

Leyes contra la libertad de expresión, presencia de paramilitares y el regreso de los halcones del chavismo marcan el día a día de una extraña transición que no cuenta con la población

Simpatizantes de Nicolás Maduro en Caracas, el 4 de enero de 2026. Foto: Gaby Oraa (Reuters) | Vídeo: EPV

Las dos Venezuelas que conviven estos días caminan sin tocarse mientras la bulliciosa Caracas baja la voz y asiste a movimientos inimaginables hace solo una semana.

Una Venezuela, la chavista, traga con el tutelaje estadounidense y asume con normalidad que decidan en Washington el destino de su petróleo mientras anuncia una masiva liberación de presos políticos. La otra Venezuela calla ante un acuerdo de élites que ha decidido sin ellos el rumbo que tomará la transición. Millones de venezolanos suman a la represión habitual el silencio impuesto desde arriba. En la nueva Venezuela, ni siquiera las familias de los presos recién liberados pudieron celebrar su salida de la cárcel porque la ley de “conmoción” nacional, aprobada por Delcy Rodríguez en su toma de posesión, trata de mantener el control del discurso e impide expresarse en las calles salvo para apoyar a Nicolás Maduro, detenido en una cárcel de Nueva York.

“Hay una alegría extraña, pero también mucha frustración. Estamos entre algo que no muere y algo que tampoco nace”, dice un trabajador de la empresa de petróleos PDVSA que no quiere dar su nombre. “Tengo la sensación de que esto puede durar años y eso, ¿en qué me beneficia?”, se pregunta. “Lo único que sé es que ahora me puedo meter en problemas por opinar y hablar contigo”, dice desde Caracas.

A pesar de las humillantes imposiciones de Trump, y de que el madurismo sin Maduro atraviesa sus horas más bajas, al chavismo, como al castrismo en Cuba, le sienta bien la confrontación. Está acostumbrado a la supervivencia y maneja el lenguaje, los medios, la calle y las armas. Así que a los gestos de sumisión exterior responde con mano dura en el interior del país, como respuesta a quienes ven síntomas de debilidad.

La cotidianidad en muchas ciudades de Venezuela es que, tras la captura de Maduro, las calles están controladas por grupos de paramilitares, los famosos motorizados, que han asumido un papel central en el control. Armados y encapuchados se han desplegado principalmente en barrios populares de la capital, como Petare y Catia, para sofocar cualquier movimiento espontáneo.

Cuando el 11 de abril de 2002 un golpe de Estado sacó a Hugo Chávez del poder, fue la primera vez que la revolución bolivariana se quedaba sin mandatario por la fuerza. La reacción, sin embargo, fue que miles de personas bajaron de los cerros, rodearon el palacio presidencial y la movilización social en las calles y en los cuarteles terminó tumbando el levantamiento encabezado por Pedro Carmona solo dos días después. Aquella victoria popular del 13 de abril dejó en el subconsciente chavista una frase que el sector más duro del chavismo repite estos días: “Todo 11 tiene su 13”.

“La ciudad está más silenciosa de lo normal”, dice un periodista caraqueño que, como las diez voces entrevistadas para este retrato venezolano, prefiere guardar el anonimato por temor a represalias. “Hay una extraña sensación de que las cosas cambiaron para seguir igual”. “El Gobierno quiere transmitir normalidad, pero hay poca gente en las calles y nadie quiere hablar de temas políticos”, explica. “Hay temor”, dice un profesor de Derecho de la Universidad Central. “Hay civiles armados en las calles, controles militares cada pocas cuadras, se revisan celulares. La gente, en general, está más callada”, dice saliendo de clase.

“La sensación es que se sienten más los cambios fuera del país que dentro”, añade un maestro de primaria del estado de Yaracuy, que sigue “perplejo” el aire de derrota de los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge, al frente del poder ejecutivo y legislativo, respectivamente.

Mientras la calle guarda silencio, los medios de comunicación oficiales martillean estos días con una programación que insiste en la normalidad que se vive en el país. Las radios y televisiones repiten programas y analistas que hablan de “agresión del imperio”, “unidad cívico-militar” y el trabajo diario como “gran aportación a la patria”. Ni una palabra de la claudicación petrolera y la liberación de presos se muestra como “un gesto de buena voluntad en pro del diálogo nacional”.

Sin embargo, la cotidianidad en los barrios es menos dulce. Cientos de hombres vestidos de negro, armados con pistolas, escopetas y fusiles, apostados en esquinas, imponen el miedo recorriendo calles en moto y levantando controles informales sobre residentes y comercios, imponiendo horarios de cierre y restringiendo la circulación nocturna. “Los militares suben y te piden el teléfono: buscan palabras como Trump, Maduro, Estados Unidos o invasión”, explicó una farmacéutica que trabaja en la zona de Altamira.

Muchos de los venezolanos que votaron masivamente contra Maduro en 2024 no han podido celebrar la noticia que llevaban esperando muchos años. Para impedir todo ello, el Gobierno cuenta con un artículo que ordena “la búsqueda y captura en todo el territorio nacional de toda persona involucrada en la promoción o apoyo del ataque armado de los Estados Unidos”, lo que ha puesto los pelos de punta a las organizaciones de derechos humanos.

El objetivo es no perder el control ni de las instituciones ni de la calle. Tras la conmoción del 3 de enero, cuando los aviones estadounidenses bombardearon la capital, el propio Diosdado Cabello, vicepresidente de Venezuela y representante del ala más militarista, encabezó durante dos noches varios recorridos por la capital acompañado de decenas de hombres armados. Sin embargo, el todopoderoso Cabello apareció abatido y ojeroso la noche del miércoles durante su programa de televisión, en el que tuvo que reconocer que “las últimas 27 semanas han sido un asedio permanente (…) Estoy consternado, golpeado emocionalmente… y con mucho temor”.

“Al principio había filas para comprar alimentos y gasolina… ahora se ha normalizado. Se ve que hay esfuerzos por transmitir que nada ha pasado y que la vida sigue”, dice un estudiante de ingeniería de la capital.

El esquizofrénico silencio impuesto en el país ha provocado varias detenciones, como las de dos hermanos agricultores del estado de Mérida que celebraron con disparos al aire la captura de Maduro, dijo la ONG Foro Penal. El día de la juramentación de la presidenta, al menos 15 periodistas, 11 de medios internacionales, fueron detenidos en un claro mensaje de que todo cambia en las alturas, pero nada cambia sobre la tierra.

Pero el control no se limita a las calles. Otras tres personas fueron detenidas por celebrar en redes sociales. A una joven la obligaron a disculparse públicamente y la policía difundió un video donde la joven, esposada y acompañada de dos agentes, decía: “Señor presidente Nicolás, paso por aquí a dejar este video con la función de arrepentirme por un video que publiqué hace unas horas”.

Los nombramientos en la cúpula chavista tampoco muestran cambios en la línea mantenida hasta ahora. Superado el susto inicial, Delcy Rodríguez eligió como nuevo comandante de la Guardia de Honor Presidencial al general Gustavo González López. El primer nombramiento de la presidenta encargada fue ministro de Interior y director del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) hasta finales de 2024. El Sebin es la policía política del régimen, encargada, entre otras cosas, de la tenebrosa cárcel del Helicoide, símbolo de torturas y represión a los opositores. “Es uno de los duros. Su nombramiento no manda ninguna señal de cambio”, sostiene el diputado opositor Stalin González.

Mientras el día a día se gestiona entre Washington y Caracas, en la calle la preocupación más inmediata es saber “si cobraremos el día 15 el bono de guerra”, dice una enfermera caraqueña en referencia a la ayuda extra de 30 dólares que reciben los funcionarios públicos y que completa el sueldo mensual de 70 dólares que perciben. “Los cambios políticos ya llegarán; ahora estoy preocupada por comer”, explica rumbo al trabajo.

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Sobre la firma

Jacobo García
Antes de llegar a la redacción de EL PAÍS en Madrid fue corresponsal en México, Centroamérica y Caribe durante más de 20 años. Ha trabajado en El Mundo y la agencia Associated Press en Colombia. Editor Premio Gabo’17 en Innovación y Premio Gabo’21 a la mejor cobertura. Ganador True Story Award 20/21.
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