Ir al contenido
_
_
_
_

Maduro acapara la atención en la Nueva York de Mamdani

Mientras el alcalde musulmán de 34 años ha traído esperanzas a la Gran Manzana, el capturado presidente de Venezuela se lleva los focos

Los dos hombres que limpian el auto sobre la cuarta avenida del barrio de Sunset Park señalan con el dedo que la cárcel donde se dice que está Nicolás Maduro se encuentra a unas pocas cuadras, acaso 10 minutos a pie desde la estación 36 ST del tren D, un sitio donde parece que Nueva York se olvidó de Nueva York. Un paraje de poco color, con las aceras intransitables por el cúmulo de basura, la venta de neumáticos y las pequeñas montañas de hielo que van quedando de la gran nevada de Fin de Año, amarillentas por el orine de los perros del barrio. Es el tipo de lugar del que el alcalde Zohran Mamdani ha dicho que se va a ocupar, un rincón en los confines de la ciudad, como casi todo lo que queda a más de 15 kilómetros de Times Square.

Son cerca de las ocho de la mañana del lunes 5 de enero, hora en que transitan quienes van al trabajo, o la señora que pasó la madrugada recolectando latas de basura, o los dos boricuas que comparten un cigarro a un lado del Gowanus Expressway, bullicioso y herrumbroso, paralelo al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn. Los boricuas han seguido las noticias como si se tratara de un thriller.

—Al tipo lo tenían ahí— dice uno, mientras pasa el cigarro al otro y apunta a la edificación hermética y austera, que los propios reclusos han descrito como “un infierno en la tierra”. —Se lo llevaron hace un rato, calladitos.

Los boricuas hablan, claro está, de Maduro, la sensación ahora mismo en la ciudad, que esta vez no es un neoyorquino, sino un latinoamericano. Hay quien no tenía idea de quién era el hombre que llegó esposado el día 3 de enero a la base de la Guardia Nacional Aérea de Stewart, a unos 96 kilómetros al norte de la ciudad. Hay quien sospechaba que se trataba de “un dictador venezolano”, pero hay quien pasa de largo con su gabán y su café de Starbucks, y parece no solo no estar enterado de las últimas, sino de que en realidad no le interesan para nada. O no le cambiarían la vida, como sí lo haría una reforma que les permita vivir de manera más asequible, que haga de Nueva York la ciudad de la que no tengan que irse en unos años.

Dos días antes del arribo de Maduro, el primero de enero de 2026, los neoyorquinos despertaron con la resaca de los festejos familiares y políticos: habían llegado a un nuevo año y a lo que han llamado una “nueva era”. En su primer día como alcalde —el único musulmán y socialista en la historia de la ciudad, sin temor a infartar el corazón del neoliberalismo en la sede de Wall Street y del atentado del 11-S— Mamdani agarró la línea W del metro, se hizo selfies, llegó al Ayuntamiento, firmó órdenes ejecutivas encaminadas a abordar la situación de la vivienda, se deshizo de algunas políticas de su predecesor Eric Adams, y trabajó en la estructura de su Administración. Su segundo día, lo terminó en su antiguo barrio de Astoria, comiendo pollo asado y aloo bhortha, un plato bengalí a base de papas para recibir el nuevo año.

Para el tercer día, ya su equipo, reconocido por sus habilidades en redes sociales, tenía preparado otro vídeo desde su nueva oficina, donde Mamdani, esta vez sin la sonrisa permanente y juvenil de la campaña, pero sin dejar de imprimirle el toque “milenial” a las vetustas instalaciones de City Hall, invitaba a los neoyorquinos a una audiencia durante sus primeros 100 días para registrar las inconformidades sobre la vivienda. “¿Malos propietarios que le hacen pasar un mal rato? ¿Tarifas dudosas que dejan su billetera liviana? ¿Los techos tienen goteras y el teléfono del propietario está descolgado?”, les preguntó el alcalde de 34 años, fiel a su promesa de preocuparse por el bienestar de los residentes, a quienes pronosticó la construcción de 200.000 viviendas asequibles, o el congelamiento de la renta controlada.

Pero, para la tarde, la nueva Administración neoyorquina no hablaba de autobuses gratuitos o guarderías universales, los otros dos grandes temas que guiaron la campaña. Mamdani telefoneó al presidente Donald Trump, luego de que supiera que sus servicios especiales habían bombardeado Caracas y sacado de la cama a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, quienes ahora no solo estaban en su ciudad, sino que era allí donde iban a ser procesados y detenidos.

Hace unos meses, todavía en campaña, Mamdani mostraba tener poca idea sobre quién era Maduro. Presionado por la opinión pública y los votos, el neoyorquino dijo luego que lo consideraba un “dictador”. Ahora, el líder chavista, que bajo la larga sombra del Gobierno cubano había contribuido todos estos años no solo a capturar el concepto de socialismo, sino a deformarlo, estaba en el sitio donde él, Mamdani, se declaraba un “socialista democrático”. La mueca política era evidente: un socialista traía esperanzas a Nueva York, al mismo tiempo en que otro le había puesto la soga al cuello a Venezuela.

Durante la charla con Trump, el alcalde le dejó saber su “oposición a esta decisión”, y luego escribió en X que lo que había hecho el Gobierno estadounidense impactaba también “a decenas de miles de venezolanos que residen en esta ciudad”. Pero ahora no eran los días de los grandes titulares de la revista The Cut o New York Magazine, Trump no tenía tiempo para Mamdani como lo tuvo cuando lo recibió amistosamente en el Despacho Oval. La pregunta de todos, más allá de Nueva York, era qué iba a suceder en lo adelante con Maduro, que tenía su primera audiencia el lunes.

De la cárcel al Bajo Manhattan

El agente del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York (NYPD), que está a las afueras del Centro de Detención Metropolitano, un hombre de pocas palabras, confirma que Maduro ha sido trasladado hasta el tribunal del distrito sur de Manhattan, donde será procesado junto a Flores por los delitos de narcotráfico.

Se siente la tensión en los alrededores de la cárcel, la misma por la que han pasado el narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán; el ex secretario de Seguridad Pública de México, Genaro García Luna; el expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, el músico Sean “Diddy” Combs o en la que permanece Luigi Mangione, acusado del asesinato al CEO de UnitedHealthcare. Es, incluso, la misma prisión en la que Trump ha guardado a muchos migrantes en el último año.

Son unos 1.300 reclusos en total los que conviven dentro del penal, sobre el que caen numerosas críticas por episodios de violencia, la pésima atención médica, o el mal estado de los alimentos. Cameron Lindsay, quien trabajó como alcaide del sitio, dijo hace unos años que “era uno de los centros más problemáticos, si no el más problemático, de la Oficina de Prisiones”.

En la mañana del lunes, muchos periodistas permanecían afuera, incluso cuando a Maduro y a su esposa los sacaron de allí vestidos de reclusos y esposados, en un helicóptero que sobrevoló cuidadosamente, como un pájaro de acero, la madrugada neoyorquina.

La audiencia de ambos era sobre el mediodía, pero a media mañana la gente atravesaba los barrios de Chinatown o Little Italy con banderas venezolanas y pancartas, como en la que se leía: “Maduro ha destruido a miles de familias”. Son los barrios del bajo Manhattan que el propio Maduro ha dicho que le “encantan”, que ha manejado sus calles y que conoce muy bien. “En el sur de Nueva York queda la Pequeña Italia, ahí venden unos espaguetis mundiales”, contó hace cuatro años a una estación de radio venezolana. “Y el Barrio Chino, Manhattan, el barrio puertorriqueño y el barrio dominicano. Ahí me la pasaba yo en las calles de Nueva York”.

Ahora se encontraba otra vez en la ciudad, pero para comparecer ante el juez Alvin Hellerstein, al interior del edificio Daniel Patrick Moynihan, de imponente construcción estilo neoclásico, a casi 10 minutos en una caminata desde City Hall. Hacía solo unos días, Mamdani —que ha sabido acaparar todos los símbolos de Nueva York: la comida callejera, los taxis amarillos y los block party— convidó a una fiesta en la que sonó varias veces Bad Bunny, para jurar su cargo. El nuevo alcalde ponía música en el barrio que ha sido, además, el epicentro de las detenciones de ICE: a ocho minutos está Federal Plaza, el fortín de la cruzada antiinmigrante, el lugar del que también se han llevado a varios venezolanos.

Hoy algunos dicen que algo va a cambiar. Entre los que están agrupados esperando por noticias de Maduro en la audiencia, está Hernán Mejías, un trabajador venezolano de una empresa de limpieza, que no tiene dudas de que Trump en lo adelante los va a proteger más que a nadie. Los venezolanos han sido, desde el inicio de la Administración republicana, probablemente los migrantes más maltratados: en el primer día, el presidente puso en peligro el Estatus de Protección Temporal (TPS) de 600.000 personas, luego mandó a perseguir y enviar a más 200 jóvenes a El Salvador culpados sin pruebas de pertenecer a la banda criminal Tren de Aragua, y desactivó otros programas migratorios que les facilitaban permiso de trabajo.

Por eso Yonatan Matheus, un activista venezolano por los derechos humanos, no se unió a la multitud frente a la audiencia que sesionaba contra Maduro. “El odio contra él es válido y hasta compartido, pero no me les uniré, porque esta Administración ha perseguido y criminalizado a TPSianos, a los beneficiarios del parole, o a muchos en situación irregular y ellos se han quedado en silencio”. Hay, sin embargo, una parte del exilio para la cual Trump se ha exculpado con la captura de Maduro. “Queremos a Trump ahora más que nunca”, insiste Mejías. Una señora a su lado grita, con fuerza, que a su patria “primero la liberó Simón Bolívar, y ahora Donald Trump”.

De la audiencia al día a día

Pasado el mediodía, los venezolanos a las afueras del tribunal de Nueva York ya sabían que, dentro, Maduro se había declarado “inocente”. Sospechaban que así iba a ser. No les importa, sienten que no habrá una vuelta atrás. Hay quien ya planea cómo será el viaje de regreso a casa.

Poco a poco, la concentración se va disolviendo, entre el frío imposible de la ciudad. Esa zona del Bajo Manhattan, hasta ahora acordonada por los policías y el tumulto, retoma su ritmo apresurado y habitual. Cuando los venezolanos se van —algunos confiesan haber pasado tres días sin dormir, y casi todos están ansiosos de saber qué sucederá con su país y con ellos mismos— comienza a aparecer aquella gente que le importa menos Nicolás Maduro, y más lo que va a hacer Mamdani en lo adelante, no solo sobre lo que prometió en la campaña, sino con todos los problemas que lidian a diario en una ciudad hermosamente defectuosa: desde los locales de negocios vacíos por los altos costos, hasta el fraude millonario de los andamios por todos lados, como si Nueva York se fuera a derrumbar mañana.

El DJelf7, un pinchador de discos coreano que a los 16 años escapó “de la violencia extrema en su hogar a causa de la guerra”, se está retirando, después de haber pedido junto a los venezolanos “cadena perpetua para Maduro”, en un inglés carcomido que solo puede permitirse en Nueva York. El resto del día pondrá su cabeza en otra cosa. Ha dicho que se define republicano, pero simpatiza con Mamdani “hasta cierto punto”, y espera que el alcalde mire hacia otro tipo de personas. “Que hable con la gente pobre o con la gente humilde como yo”. Es lo que ha dicho Mamdani que va a hacer. Ayer en la tarde, habló, por ejemplo, de reducir las membresías de los gimnasios y las entradas de los conciertos. Lleva siete días en el puesto.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Carla Gloria Colomé
Periodista cubana en Nueva York. En EL PAÍS cubre Cuba y comunidades hispanas en EE UU. Fundadora de la revista 'El Estornudo' y ganadora del Premio Mario Vargas Llosa de Periodismo Joven. Estudió en la Universidad de La Habana, con maestrías en Comunicación en la UNAM y en Periodismo Bilingüe en la Craig Newmark Graduate School of Journalism.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_