Más y mejor democracia, un plato servido para la derrota
Es manifiesta la incapacidad de dialogar y unificar al progresismo colombiano
Las elecciones del 8 de marzo ratificaron que en Colombia hoy tenemos más y mejor democracia. Las instituciones funcionaron y los electores votaron para definir la integración del Congreso y escoger candidatos presidenciales.
Las derechas en oposición, durante este periodo presidencial, se han dedicado a anunciar catástrofes que nunca llegaron: La economía explotaría. El gobierno se perpetuaría. Nos volveríamos como Venezuela. Habría una crisis energética. El dólar llegaría a las nubes, y otros anuncios que nunca se hicieron realidad. Llegaron a hablar de dictadura y de final de la democracia.
Uno de los cambios trascendentes del periodo es el surgimiento de una democracia realmente competitiva. Pasamos de ser una democracia restringida con apariencia de competencia y largos periodos de estado de sitio, con un reparto concertado del poder político entre fuerzas afines y con relaciones de consanguinidad ideológica, a una democracia clásica con una verdadera competencia entre fuerzas políticas ideológicamente contrarias y excluyentes.
Esta maduración de la democracia la denominan “polarización”. Este ascenso democrático a muchos los ha sorprendido, viendo con asombro el tono áspero del debate público, con un presidente que habla, critica y opina sobre la vida institucional, con unas reuniones del Consejo de Ministros antes secretas y hoy públicas transmitidas en vivo por televisión abierta. El protagonismo político de nuevas ciudadanías, étnicas, raizales y diversas, que hoy ocupan los espacios antes reservados para las élites, ha generado una mayor exacerbación.
Ante el avance democrático, podemos afirmar que las elecciones presidenciales de mayo tienen realmente un resultado incierto. El partido de gobierno, Pacto Histórico (PH), logró una muy grande votación con 27 senadores y 44 representantes elegidos, generando una merecida euforia en las izquierdas. Pero la correlación de fuerzas en el nuevo Congreso se mantiene, de manera que el próximo presidente, cualquiera que sea, para lograr la aprobación de sus iniciativas legislativas, estará obligado a buscar una coalición entre bancadas esencialmente diferentes.
Hace pocos días parecía claro que el próximo gobierno sería igualmente progresista. Un presidente con una popularidad en pleno ascenso alcanzando el 49,1%, según la encuesta de Invamer. Una economía creciendo 2,6% en 2025, la inflación reducida desde 13,12% al cierre de 2022 a un 5,10%. El desempleo descendiendo y cerrando el año en 8,9%, la cifra más baja del siglo. Un incremento del salario real. Soldados, médicos rurales y jóvenes practicantes que por primera vez reciben un salario. Un dólar más barato. Y un hecho novedoso en Colombia: la baja del precio de la gasolina. La mesa estaba servida para el triunfo.
El plan político estratégico para que el denominado Gobierno del Cambio 2.0 se hiciera realidad se había diseñado en un consenso de las fuerzas progresistas. Un primer capítulo en el que las izquierdas se organizarían en un solo partido, el PH, y se participaría en la Consulta Popular de octubre 2025, convocada por la autoridad electoral, para escoger un precandidato presidencial, que luego competiría con otros precandidatos progresistas de centro-izquierda en la consulta del 8 de marzo, para elegir un candidato presidencial único que competiría en representación del espectro de centro-izquierda progresista, con vocación de ganar las elecciones y continuar con el proceso de cambios sociales y económicos en curso.
Pero lo que era viable en el papel se ha truncado en la realidad. Iván Cepeda ganó la consulta de octubre y se convirtió en el precandidato presidencial de las izquierdas agrupadas en el nuevo partido. Vino lo imprevisto: el Consejo Nacional Electoral, autoridad integrada por partidos políticos, administrando justicia, en una evidente vulneración a la ley, impidió que el candidato del partido de gobierno, el PH, participara en la Consulta Popular del 8 de marzo y se armó la de San Quintín.
Nunca se ha explicado la razón por la cual Cepeda se negó a emprender la lucha jurídica y política contra esta arbitraria decisión que lo dejaba por fuera; como si fuese conveniente para sus planes, optó por rendirse. Hay hechos inexplicables que han de aclararse luego.
Ante esta crisis, sin consultar al resto del progresismo, el presidente Petro y el PH impartieron la orden perentoria de prohibir la participación en esta consulta. En Colombia, estas consultas populares convocadas por la autoridad han sido un eficiente escenario con millones de votos en favor de sus participantes.
En contravía de esta orden perentoria, varios partidos progresistas decidieron presentar cinco candidatos a esta consulta. En una entrevista privada del candidato Roy Barreras con el presidente Petro, se logró un acuerdo de garantía de neutralidad del jefe natural del progresismo colombiano para que la consulta del Frente Amplio por la Vida pudiera hacerse, con el convenio de que luego se adoptarían decisiones para consolidar la unidad del progresismo.
El sectarismo y la intolerancia se impusieron. Comenzó la purga y desde la presidencia y el PH se desató una contundente campaña llamando a no votar en la consulta progresista del Frente Amplio por la Vida (nombre sugerido por el presidente Petro). Se dedicaron a derrotar a sus propios compañeros petristas, mientras guardaban silencio sobre la campaña electoral de las derechas. El resultado es bochornoso. La candidata de la derecha, Paloma Valencia, adocenada con un antifaz de arlequín y con las sonrisas de un socio amable, obtuvo una asombrosa votación y hoy está en el primer lugar de las preferencias y favorita para ser la próxima presidenta de Colombia.
Ha sido manifiesta la incapacidad de dialogar y unificar al progresismo, al punto que lo inimaginable hoy es posible: un presidente con una alta popularidad, liderando un gobierno con una economía próspera y en crecimiento, está al borde de ser derrotado. La explicación a este dilema no está en manos de Petro, sino de quienes hoy lideran la conducción de su partido, que restan y no suman. El talento para la autodestrucción ya se dio a conocer en el fracaso chileno que hoy tiene a la extrema derecha en el poder.
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