La izquierda apuesta todo a que un Pacto Histórico unificado le dará la Presidencia
Con el impulso de las legislativas, la candidatura de Iván Cepeda y Aida Quilcué se cierra a alianzas más allá de su propio partido


La izquierda colombiana siente que sus votos alcanzan para imponerse en las elecciones presidenciales, incluso sin la necesidad de una segunda vuelta. El senador Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico, ha repetido esa idea con insistencia en sus últimos discursos, y la designación de Aida Quilcué como su fórmula vicepresidencial parece reafirmarla. “Hoy comienza nuestro segundo tiempo, vamos a ganar la Presidencia en primera vuelta”, reiteró el líder de las encuestas al celebrar, junto a las cabezas de listas de su partido, la victoria en las legislativas del domingo, en las que obtuvo las mayores bancadas tanto en el Senado (26) como en la Cámara de Representantes (39).
“Hemos sido fieles, hemos cumplido en alto grado nuestro programa de gobierno y, a pesar de los obstáculos, de la resistencia y las dificultades, hemos puesto siempre por delante la vida, la dignidad y los intereses de la gente. Por eso la gente nos quiere y nos ha respaldado en las urnas”, añadió Cepeda, de momento el favorito para suceder al presidente Gustavo Petro. A pesar de no haber aparecido en el tarjetón en ninguna de las tres consultas interpartidistas que se votaron esa jornada –pues se lo impidió el Consejo Nacional Electoral–, el senador se consolida como la figura imbatible en el espectro progresista. Con ese impulso, Cepeda anunció al día siguiente el nombre de la también senadora Aida Quilcué, una lideresa del pueblo nasa, como su número dos. Esa movida afianzó los vínculos del Pacto Histórico con el movimiento indígena, aunque desaprovechó una de las últimas oportunidades de tender puentes con otros sectores.
En principio, la escogencia de una fórmula vicepresidencial implica negociaciones, renuncias y concesiones, pues tiene el propósito de ampliar el alcance de un candidato y complementar sus atributos, apunta el analista Andrés Mejía Vergnaud. En esa lógica, es difícil de entender la decisión de Cepeda, argumenta, pues Quilcué no parece aportarle un alcance adicional. Sus universos coinciden casi totalmente. “Tal vez prefirieron evitarse las dificultades de esas negociaciones al escoger una persona de adentro, de los suyos. Cepeda decidió quedarse en su zona de confort”, señala Mejía. “Las organizaciones que respaldan su candidatura son reacias a las alianzas con otros sectores, les quedó un mal sabor del 2022. Mi impresión es que tal vez en la izquierda están muy triunfalistas, con un exceso de confianza”, concluye. Hace cuatro años, Petro tejió su victoria en asociación con políticos tradicionales, hasta el punto de que su jefe de debate y hoy ministro del Interior, Armando Benedetti, había pasado por la derecha del uribismo y el centro del santismo antes de recalar allí.
El Pacto ha cerrado filas en defensa de la candidatura de Quilcué a la Vicepresidencia. El partido explicó este miércoles que no está inhabilitada, antes críticas de lo contrario. Ya lo había desmentido la senadora María José Pizarro, jefa de debate de Cepeda. El caso de estas dos congresistas es ilustrativo del accidentado proceso que sorteó el Pacto Histórico para convertirse en un partido de unidad. Hace cuatro años, fueron elegidas por el Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), que es parte de la coalición de Gobierno pero apoya la candidatura presidencial de Roy Barreras –quien obtuvo una raquítica victoria sobre Daniel Quintero en una de las consultas del domingo–. Sin embargo, ambas legisladoras también formaron parte de una escisión del MAIS, el fugaz partido Progresistas, que luego se fusionó con el Pacto Histórico.
La izquierda, de momento, apuesta todas sus fichas a ese partido, que pasó de una coalición de distintas fuerzas y movimientos que llevó al poder a Petro, a ser el partido unificado que busca mantener ese poder. Sin embargo, el camino que se había trazado pasaba por tender puentes con otros sectores de centro y liberales. Esos planes se toparon con infinidad de obstáculos. Entre otras, el Consejo Nacional Electoral decidió el 5 de febrero impedirle a Cepeda participar en la consulta del rebautizado Frente por la Vida, originalmente concebido como un Frente Amplio, una coalición todavía más extensa, al estilo de Uruguay. Esa idea parece superada. La decisión del CNE dinamitó la convergencia de toda la centroizquierda en esa segunda consulta. Otros candidatos que pertenecieron a este Gobierno, como el exministro del Interior Juan Fernando Cristo y el excanciller Luis Gilberto Murillo, también se mantuvieron al margen. Aunque rezagados en las encuestas, siguen en carrera, sin dar señales de acercamientos con Cepeda.
“Una consulta progresista sin el líder del progresismo, que en este momento es Iván Cepeda, no lo es”, argumenta la senadora Pizarro sobre el Frente por la Vida. “El Pacto Histórico es la fuerza progresista de Colombia, tiene expresiones como el Partido Comunista, la tradición del Polo Democrático, la historia de la Unión Patriótica, fuerzas que vienen de la Alianza Democrática M-19 y los movimientos sociales y populares. La minga indígena es una de las organizaciones fundantes del Pacto”, dice en entrevista a EL PAÍS. “Si el Consejo Nacional Electoral de manera absolutamente arbitraria excluye al candidato de la fuerza política más importante, que tenía el mandato de representarnos en esa consulta, debíamos sentar un precedente (…) Aun así llegamos a las urnas, sacamos 4,4 millones de votos para el Senado, otro tanto para la Cámara. Es decir, 8 millones de votos. Esa fue nuestra consulta”.
El viento sopla a favor de la izquierda. El liderazgo de Cepeda en la carrera presidencial también parece estar impulsado por el notable repunte de la imagen del presidente Petro en la opinión pública, que ahora se ubica en terreno positivo, después de decretar un inédito aumento del salario mínimo y de haberse reunido con Donald Trump en la Casa Blanca. En plena campaña, el 49,1% de los consultados en la reciente encuesta de Invamer aprueba su Gobierno, frente al 46,1% que lo desaprueba. A pesar de ese buen momento, apostarle todo a los votos propios no deja de ser una estrategia arriesgada.
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