La Unidad de Búsqueda confirma el hallazgo del cuerpo del cura guerrillero Camilo Torres, ícono de la izquierda colombiana
Sus restos serán entregados en la sede principal de la Universidad Nacional, sesenta años después de su muerte en un combate


Dos semanas antes del sexagésimo aniversario de su muerte, EL PAÍS conoció que la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) ha identificado el cuerpo del sacerdote católico Camilo Torres Restrepo. El también revolucionario murió a los 37 años de edad, en su primer combate tras unirse al Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla en armas de Colombia. Los militares ocultaron su cadáver y por eso fue dado por desaparecido el 15 de febrero de 1966. Su cuerpo ha sido hallado por un equipo de antropólogos forenses después de dos años de búsqueda en el departamento de Santander, en el nororiente del país. Este diario pudo confirmar que sus restos serán inhumados en el campus de Bogotá de la Universidad Nacional, donde Torres cofundó la primera facultad de Sociología de América Latina y fue compañero de Gabriel García Márquez.
En una rueda de prensa, en la tarde de este viernes, la directora UBPD ha explicado el proceso. “La solicitud de búsqueda del padre Camilo Torres fue recibida por la entidad en 2019. Desde ese momento, en el marco de la búsqueda masiva y relacional, se inició la investigación, la cual ha logrado avances significativos en el proceso, particularmente en los últimos dos años, como resultado de la contrastación de fuentes, revisión de documentos históricos, testimonios y la combinación de técnicas geomáticas, antropológicas y forenses”, ha dicho la médica Luz Janeth Forero.
La imagen del cura guerrillero se ha convertido en un mito para el ELN. En febrero de 2023, al inicio de las luego congeladas negociaciones de paz con el Gobierno de Gustavo Petro, sus comandantes pidieron al Ejecutivo localizar y entregarle su cuerpo. “Su cadáver sigue desaparecido por el Estado colombiano, que se ha negado a entregarlo a la clase popular. El Gobierno del presidente Petro también tiene esta responsabilidad, por lo que emplazamos con respeto para que devuelva a Camilo al pueblo y podamos con sus restos mortales seguir honrando su memoria”, explicó el ELN en su momento. Es una exigencia que ha reiterado en cada mesa de diálogo en la que ha participado.
El cura guerrillero fue uno de los pioneros en Colombia de la Teología de la Liberación, una corriente de pensamiento de miembros de la Iglesia católica que tomó forma en América Latina a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, y que se enfocaba en las condiciones de pobreza urbana y desigualdad rural. Influenciado por las reformas a la Iglesia en el Concilio Vaticano II, por la revolución cubana y por su formación como sociólogo en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, Torres defendió una lectura del cristianismo anclada en la realidad social y en la obligación moral de transformar las estructuras que producían la exclusión. Una de sus ideas pioneras fue la creación de las juntas de acción comunal, que se convirtieron en núcleos de organización social en barrios populares y veredas de toda Colombia.
Durante décadas, el paradero de su cuerpo fue objeto de versiones contradictorias y silencio institucional. Tras su muerte en un enfrentamiento armado en la zona rural de San Vicente de Chucurí (Santander), el Ejército se llevó y desapareció el cadáver. Nunca informó dónde fue sepultado. La ausencia de la entrega a su familia y la falta de registros públicos sobre su inhumación alimentaron la incertidumbre y lo convirtieron en uno de los casos más emblemáticos de cuerpos ocultados en los primeros años del conflicto armado.
Su ingreso al ELN, pocos meses antes de morir, consolidó una figura que trascendió su breve vida y alimentó un imaginario político y religioso que perdura hasta hoy. Para esa guerrilla, Camilo Torres no solo encarnó la unión entre fe y revolución, sino también una justificación ética de la lucha armada. Para amplios sectores de la sociedad, en cambio, su trayectoria sigue siendo un punto de tensión entre el compromiso social, la radicalización política y los límites de la violencia como herramienta de transformación.
Torres fue cercano a Ernesto Che Guevara, no por un vínculo personal sostenido, sino por una afinidad política e ideológica marcada por el clima revolucionario de la época. Compartieron la convicción de que las transformaciones estructurales en América Latina no podían lograrse por la vía institucional. En los primeros años de la década de 1960, Camilo siguió con atención el proceso cubano y leyó los textos del Che sobre la guerra de guerrillas y el papel del “hombre nuevo”, ideas que circularon ampliamente entre militantes, sacerdotes progresistas y estudiantes universitarios del continente. Para Camilo, como se suele llamar en la izquierda, la experiencia cubana ofrecía una prueba concreta de que la revolución no era solo una consigna, sino una posibilidad histórica.
Esa influencia se hizo explícita en sus últimos escritos y discursos, en los que retomó planteamientos centrales de Guevara sobre el compromiso total con la causa revolucionaria y la necesidad de coherencia entre pensamiento y acción. La idea del “amor eficaz”, uno de los conceptos más citados de Torres, dialoga con la noción guevarista de la ética revolucionaria: un compromiso que no se agota en la denuncia, sino que se expresa en la disposición a asumir riesgos personales. Aunque Torres nunca combatió fuera de Colombia, su paso al ELN —cuya bandera adoptó los colores del movimiento encabezado por Fidel Castro— se inscribió en una matriz continental en la que el Che se convirtió en un referente moral y político para una generación de militantes de izquierda que veía en la lucha armada una respuesta legítima frente a la desigualdad y la exclusión.
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