Querido Timothée, la ópera no necesita que la mantengan con vida
Las declaraciones del actor sobre la irrelevancia de la ópera y el ballet revelan más sobre la pobreza del debate cultural contemporáneo que sobre la salud de las artes escénicas


En una conversación pública con Matthew McConaughey ante estudiantes de la Universidad de Texas, organizada por CNN y Variety el pasado 21 de febrero, el actor Timothée Chalamet afirmó que no le gustaría trabajar en el ballet o la ópera porque son artes que hay que mantener con vida “aunque ya no le importen a nadie”. La frase, pronunciada con la despreocupación de quien no mide las consecuencias de lo que dice, se ha viralizado a pocos días de la ceremonia de los Oscar, donde Chalamet parte como favorito por su papel en Marty Supreme, una película sobre un prodigio del pimpón.
La reacción del mundo de la ópera y del ballet ha sido inmediata y, en muchos casos, elegante. La Metropolitan Opera de Nueva York publicó un vídeo mostrando el inmenso trabajo colectivo que hay detrás de cada función. La Ópera de París respondió con humor, recordando que en Nixon in China, de John Adams, también hay una partida de pimpón. La Scala de Milán y la Ópera Estatal de Viena invitaron al actor a visitarlas. Y el Teatro Real de Madrid difundió un vídeo que contrapone sus declaraciones con varias reacciones entusiastas del público durante funciones de ópera, presentado como un “giro de guion”.
Más allá de la anécdota y de las respuestas ingeniosas, las palabras de Chalamet merecen una reflexión más amplia, porque expresan un prejuicio muy extendido en la cultura contemporánea: la idea de que la relevancia de un arte se mide exclusivamente por su capacidad de generar audiencias masivas. Bajo esa lógica, todo lo que no compita con Barbie u Oppenheimer en taquilla —los dos ejemplos que el propio Chalamet citó como modelos de éxito— queda relegado a una categoría inferior, a un museo de curiosidades que sobrevive artificialmente gracias a subvenciones y al empeño de unos pocos nostálgicos.
Esta visión es profundamente reduccionista. La ópera, con más de cuatro siglos de historia, no es un fósil que necesite respiración asistida. Es un arte vivo que se renueva constantemente. Solo en la presente temporada, el Teatro Real de Madrid ha programado obras que van del siglo XVIII —con Purcell y Vivaldi— al XX —con Bartók— y al XXI, con el reciente estreno de la nueva ópera de Francisco Coll. En el Liceu de Barcelona se ha vivido hace pocas semanas la excitación de la primera Isolda de Lise Davidsen. Y en el Palau de les Arts de Valencia, que atraviesa la mejor temporada de su historia, todavía puede verse el memorable Giulio Cesare de Handel dirigido por Marc Minkowski.
Podrían añadirse el ABAO de Bilbao, el Maestranza de Sevilla o el Campoamor de Oviedo, pero también temporadas activas en A Coruña, Las Palmas de Gran Canaria, Jerez de la Frontera, Málaga, Sabadell o Tenerife. Teatros que llenan sus funciones con nuevas producciones, experimentan con formatos, integran tecnología y atraen a públicos cada vez más diversos. A ello se suma el reciente auge de la ópera contemporánea basada en éxitos literarios o cinematográficos, como demostró la pasada temporada el estreno en La Scala de Milán de El nombre de la rosa, de Francesco Filidei, inspirado en la célebre novela de Umberto Eco llevada al cine por Jean-Jacques Annaud.
Lo que Chalamet parece pasar por alto es que la ópera no aspira a competir con Hollywood en sus propios términos. No lo necesita. La experiencia operística es irreductible a cualquier otra forma de espectáculo: la presencia física de una voz humana que llena un teatro sin amplificación; la convergencia, en un mismo escenario, de música, teatro, poesía, danza y artes plásticas; la dimensión ritual de un acontecimiento en directo que no se puede pausar, rebobinar ni consumir en fragmentos de treinta segundos. En una era de atención atomizada, la ópera propone justamente lo contrario: la experiencia radical de la concentración, del tiempo compartido, del silencio colectivo.
Es precisamente esa resistencia a la lógica del consumo rápido lo que hace de la ópera un arte necesario, no un arte obsoleto. Y conviene recordar que los datos desmienten la tesis de su irrelevancia. Por centrarnos en el Teatro Real, la principal institución operística española, la pasada temporada sumó 391 funciones y un incremento significativo de espectadores, con especial crecimiento entre los menores de 25 y 35 años gracias al programa de Amigos Jóvenes. Sus programas educativos, como LÓVA (La Ópera, un Vehículo de Aprendizaje), están implantados en más de 230 centros escolares. A ello se añaden iniciativas como La Carroza del Teatro Real o las retransmisiones en plazas y espacios públicos, que han llevado la ópera a localidades de apenas 600 habitantes, además de su plataforma digital My Opera Player. Todo ello habla de un arte que busca activamente a su público, que innova en sus modos de difusión y que está lejos de la imagen de encierro elitista que Chalamet parece asumir como verdad incuestionable.
Hay algo más inquietante en las palabras del actor. Cuando alguien con la influencia mediática de Chalamet —treinta años, millones de seguidores y modelo para toda una generación— descalifica con ligereza un arte, no está simplemente expresando una opinión personal. Está contribuyendo a normalizar la ignorancia como posición legítima en el debate cultural. Está diciendo que no hace falta conocer algo para juzgarlo. Está validando la pereza intelectual de quienes nunca han pisado un teatro de ópera pero se sienten autorizados a decretar su defunción. Incluso añadir una fórmula de cortesía como “con todo el respeto” no neutraliza su carácter ofensivo, como le recordó Whoopi Goldberg en el programa televisivo The View.
La ópera no necesita la validación de Timothée Chalamet. Ha sobrevivido a todo desde los albores del siglo XVII, también a la irrupción del cine, cuando a comienzos del siglo XX muchos teatros de ópera se transformaron en salas de proyección y las estrellas de la pantalla comenzaron a eclipsar a las divas. Y, por supuesto, se ha adaptado con brillantez al mundo actual de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial. Seguirá existiendo mucho después de que nadie recuerde quién ganó el Oscar de 2026.
Lo que sí necesitamos, como sociedad, es cuestionar un modelo cultural que equipara relevancia con la viralidad y que confunde el ruido con la importancia. La ópera, con sus más de cuatro siglos de historia, nos recuerda que hay experiencias artísticas que no se pueden medir en clics. Y eso, hoy más que nunca, es un valor, no una debilidad.
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