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Vuelta al cole en El Cañaveral después de 10 años de vacío: un público que solo oferta un curso para 88 alumnos o un concertado con barracones

El barrio, conocido por su proyecto de vivienda asequible, apenas cuenta con servicios gratuitos. “Me traen aquí para ayudarme, pero tengo que pagar para que mi hija estudie. Es paradójico”, lamenta una vecina

El colegio concertado Humanitas Bilingual School, el 28 de agosto de 2025 en El Cañaveral (Madrid).
Sara Castro

El regreso a las aulas está a la vuelta de la esquina y en El Cañaveral, barrio madrileño perteneciente al distrito de Vicálvaro, los vecinos contarán por primera vez con colegio. Tras una década solicitándolo −desde que se instalaron los primeros residentes− en septiembre tendrán dos. Sin embargo, entre las familias se respira decepción y enfado. El centro público, llamado Rudyard Kipling, solo admite 88 alumnos nacidos en 2022 y el concertado, bautizado como Humanitas Bilingual School, oferta este año clases hasta el segundo curso de educación secundaria obligatoria, pero la mayoría de los alumnos tendrán que aprender en barracones. Gran parte de las instalaciones aún están por construir en ambas entidades.

Los 23.740 vecinos del Cañaveral se desesperan. Todavía no tienen centro de salud, ni biblioteca, ni líneas de autobuses suficientes. Muchos no acuden a sus citas médicas porque las cartas no suelen llegar a tiempo. Y cuando aparecen los colegios, la mayoría de los estudiantes se quedan fuera de la educación pública. En este barrio hay censados 499 niños de 3 años y si no aumentan los servicios, el problema de oferta y demanda se agravará porque hay 1.735 menores, de entre 0 y 2, que en los próximos cursos se incorporarán al sistema educativo.

La presidenta de la Asociación de Vecinos de El Cañaveral Avanza, Rosa María Maya, se muestra crítica. Considera que las prisas repentinas para abrir colegios se deben a intereses comerciales puesto que la Lomloe, la ley educativa aprobada en diciembre de 2020, obliga a garantizar la existencia de plazas públicas suficientes antes de usar suelo público para construir centros concertados. El colegio Humanitas Bilingual School El Cañaveral es una concesión de la Administración autonómica a una entidad privada durante 40 años, prorrogables a 75. “Para poder dársela, necesitaban tener el Rudyard Kipling”, explica Maya.

Sus hijos, ya mayores, no pudieron estudiar en el barrio al que llegaron en 2018. “Entonces, las inmobiliarias aseguraban que había una parcela disponible para construir un colegio público. El Ayuntamiento de Madrid tenía que cedérsela a la Comunidad y esta debía recibirla. Curiosamente, no mostró interés hasta hace poco más de un año”, expresa la mujer. En el centro público las obras comenzaron el 28 de febrero de 2024 y la adjudicación al concertado tuvo lugar el 24 de junio del mismo año.

La presidenta de la Asociación de Vecinos de El Cañaveral Avanza, Rosa María Maya, el 28 de agosto.

“En este tiempo, el Rudyard Kipling solo ha conseguido habilitar aulas para niños de 3 años y el Humanitas Bilingual School oferta infantil, primaria y parte de secundaria. La apuesta por la privatización es clara”, denuncia Maya. La situación es paradójica porque el barrio es conocido por su promoción de 1.212 viviendas de alquiler asequible para jóvenes y familias con bajos ingresos, distribuidas en 13 promociones de hogares protegidos, de los cuales ya se han finalizado 688. Sin embargo, los servicios gratuitos son escasos. “Nos han soltado aquí y se han olvidado de nosotros”, dice la auxiliar de enfermería Pilar Arias, de 45 años.

A falta de 10 días para que empiecen las clases, su hija adolescente está sin escolarizar. Se mudaron al Cañaveral en julio al conseguir un piso de alquiler asequible por 670 euros al mes, tras ver embargada su anterior vivienda en el distrito de Villaverde. Pensaba que esta nueva oportunidad residencial sería el principio de una vida más fácil, pero de momento se topa con muchas complicaciones.

“Como no hay instituto público en el barrio, yo solicité en abril siete centros de secundaria en Vicálvaro y Coslada. Me dijeron que no había plazas. Entonces, recurrí al Servicio de Apoyo a la Escolarización, perteneciente a la Consejería de Educación, que me asignó el colegio concertado bilingüe El Valle, en Valdebernardo. Me negué porque, además de suponer una hora a pie y en autobús para llegar a este, implica unos gastos que provocarían que en mi casa no entre pescado para comer. Mi niña tiene derecho a la educación pública”, expresa la mujer.

Asegura que la única solución que le han ofrecido es esperar al 1 de septiembre para comprobar si queda alguna vacante disponible en los centros públicos que le interesan. “Me traen aquí para ayudarme, pero tengo que pagar para que mi hija estudie. Es paradójico”, comenta Arias. El informático José Miguel Morales, de 39 años, eligió para su niño, de 3, el colegio concertado del Cañaveral.

“En un principio nos dijeron que contaríamos con cuatro aulas para el primer curso del segundo ciclo de educación infantil, pero las ampliaron a siete porque había mucha demanda al haber niños que se quedaron fuera del Rudyard Kipling. Estamos hablando de más de 150 alumnos en unas instalaciones dimensionadas para 80. Si supiese esto, no hubiera inscrito a mi niño en el Humanitas Bilingual School. Ahora no me puedo echar atrás”, comenta.

Le consuela saber que su hijo no va a estar en un barracón, ya que en estas aulas prefabricadas “meterán a los alumnos de primaria y secundaria hasta nuevo aviso”. Pero le indigna la situación porque asumirá unos 400 euros mensuales de gastos escolares. “Dicen que la cuota es voluntaria, pero si las clases acaban a las 12.30 y se reanudan a las 15.00, tengo que pagar actividades extraescolares y comedor para poder conciliar”, denuncia. La jornada partida es el modelo que entra en vigor en los nuevos colegios públicos madrileños este curso.

Morales asegura que la dirección del centro –que no ha respondido a las preguntas de este diario– le había prometido en marzo un comedor con cocina. Sin embargo, el curso empezará con servicio de catering. “También nos dijeron que no tendríamos que comprar libros y ahora nos informan de que sí debemos asumir ese coste”, añade. Sabía que los niños no iban a tener ni el polideportivo ni la piscina disponible este año, pero sí contaban con el patio exterior en primaria y el campo de fútbol, “algo que tampoco será posible el próximo mes”, añade.

Virginia Lázaro, jefa del departamento de ventas en una empresa pública, se siente afortunada porque ha conseguido plaza en el colegio público Rudyard Kipling. Se mudó con sus hijos y su pareja hace un año al Cañaveral para huir del bullicio del centro, pero no está satisfecha con algunos servicios del barrio. “La planificación es mala, no es normal empezar un curso escolar solo con niños nacidos en 2022”, cuenta. Asegura que únicamente abrirán cuatro clases.

“En vez de meter a veinte niños por aula como acordaron inicialmente, van a colocar a veintidós. Es una barbaridad”, reprocha la mujer de 33 años. Explica que en un principio iban a ofertarse cuatro clases por curso, tanto en el privado como en el concertado, pero la Consejería de Educación aprobó la ampliación de las aulas en el centro Humanitas Bilingual School. “En este barrio va antes lo privado que lo público”, lamenta.

Fuentes de la Consejería de Educación insisten en que el comienzo del año escolar con un único curso para alumnos del primer año del segundo ciclo de infantil es habitual cuando se abre un nuevo colegio público de estas características. “Este centro educativo se completará posteriormente con otras 40 aulas de grupo, seis de desdoble, seis de apoyo, cuatro específicas, una de recursos, biblioteca, gimnasio y pistas deportivas. Acogerá a más de 1.100 alumnos”, informan sin detallar cuándo terminará la construcción. Anuncian también un nuevo instituto público de 1.000 plazas en El Cañaveral, cuyas obras comenzarán en septiembre y tendrán una duración de 15 meses.

El colegio público Rudyard Kipling en El Cañaveral (Madrid), el 28 de agosto.

Problemas de conciliación

A otras familias del barrio la situación actual les provoca problemas de conciliación. Es el caso de Mónica, funcionaria de 35 años, que prefiere no facilitar su apellido. Su hijo de 3 años estudiará en el colegio público y su hija, de 6, en el concertado. “Es la única opción para no salir del barrio. Todavía no sé si tendrán horarios compatibles. Me temo que tendré que dejar al pequeño antes de que empiece las clases en su centro para poder llevar a la mayor al otro”, expresa.

Sabe poco de ambos colegios, ya que no han realizado jornadas de puertas abiertas. “Meter a mi hija en un barracón dentro de un colegio con obras y polvo no me hace ninguna gracia, pero es lo que hay. Sé que estas aulas prefabricadas están bien acondicionadas y aisladas por dentro porque nos enseñaron vídeos”, expresa. Cree que la Consejería de Educación ha beneficiado más al centro concertado que al público. “¿Por qué en uno se aumentó mucho más la capacidad del alumnado que en otro? ¿Por qué en el Rudyard Kipling no ponen barracones para admitir a más estudiantes?”, se pregunta.

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Sobre la firma

Sara Castro
Escribe en la sección de Madrid tras pasar por la de Sociedad. Antes formó parte de la redacción de elDiario.es y la web de Informativos Telecinco. Cursó el máster de Periodismo UAM – EL PAÍS.
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