Vínculo familiar y alimentación: cómo padres y madres moldean la percepción del cuerpo de las niñas y niños
Actitudes parentales como la presión, la restricción o el control sobre lo que comen sus hijos influyen negativamente en su capacidad de autorregulación del apetito


Siempre hemos atendido a cómo comen nuestras hijas, hijos, sobrinos, en general los más pequeños e indefensos a nuestro cargo, proporcionándoles una alimentación que les permita crecer, que los haga fuertes y sanos. Procuramos que coman fruta, verdura, que se convenzan de que el pescado está rico, que aprendan a comer legumbre y un buen puchero. Con especial empeño, reducimos la bollería y los ultraprocesados, los aperitivos y las chucherías para días especiales.
Sin embargo, descuidamos totalmente su relación con la comida; por eso no cuidamos cómo hablamos de ella, ni de nuestro cuerpo, a veces también del suyo, en su presencia. Como si la comida y la manera en la que hablamos de ella y de nuestro cuerpo no fueran otra manera de cultivar la relación con la comida que van a tener desde la infancia.
Delante de ellos hablamos de comida basura, de mierda, de “comida de gordos”, un sinfín de calificativos que dividen la comida en buena y mala, así sean sus características nutricionales. A la vez, olvidamos que los menores conocen esta comida porque un adulto se la ofrece, y luego nos llevamos las manos a la cabeza si les gusta. Desde esta dicotomía entre el bien y el mal, comenzamos una difícil relación con la comida, que sin duda generará culpa cuando se elijan esos alimentos no tan sanos. Si además los comentarios alrededor de estos alimentos por parte de los adultos van acompañados de conductas compensatorias, las niñas y los niños aprenderán que no se pueden comer estos alimentos de manera libre, sino siempre con una contraprestación. Y así es como se siembran las semillas de una relación muy complicada con la comida.
Durante los cinco primeros años de vida es cuando se aprenden hábitos, se establecen las preferencias y rechazos a determinados alimentos, así como las conductas relacionadas con la actividad física que se pueden mantener hasta la edad adulta. La figura materna juega un papel importante como ejemplo y promotora del comportamiento con la comida. Es imposible no destacar el factor materno, puesto que las mujeres son las que se ocupan en primera instancia, y a veces en todas, de la alimentación de los infantes. Sin olvidar que la presión estética que sufrimos las mujeres es mayor que la de los hombres, y por la que generalmente estamos atravesadas, y sin obviar que el mero hecho de ser mujer es un factor de riesgo para desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria (TCA).
Con esto no quiero culpabilizar ni señalar, sino que pretendo que seamos conscientes de que nuestras niñas y niños heredarán la relación y el vínculo que tengamos con la comida, y aprenden, no lo olvidemos, del modelaje. Por ello, no sirve únicamente darles alimentos sanos, sino que hay que aprender a tener un vocabulario neutro con la comida, comer esos alimentos que les ofrecemos, que son muy sanos independientemente de las calorías, sentarnos a comer con ellos y hacer de las comidas un lugar de encuentro familiar y no un campo de batalla.
Los estudios dicen que aquellos progenitores que tienen una alimentación saludable, pero no restrictiva, consiguen que sus hijos se alimenten de forma sana, no recurran tanto a la comida como regulador emocional y, en general, mantengan un peso estable. En cambio, aquellos que comen de una forma más desestructurada presentan conductas alimentarias de riesgo en los más pequeños, como una menor respuesta a la saciedad, preferencia por comida más densa calóricamente y mayor uso de la comida para regularse emocionalmente.
Actitudes parentales como la presión, la restricción o el control sobre lo que comen los niños se ha demostrado que influyen negativamente en su capacidad de autorregulación del apetito. Además, favorecen una mayor preferencia por alimentos altos en energía.
Esto ocurre, en gran parte, como consecuencia de las prohibiciones. Cuando ciertos alimentos se restringen o se prohíben, aumentan su atractivo y deseo. Las niñas y los niños no los consumen mientras no tienen acceso a ellos, pero en el momento en que lo tienen, en casa de abuelos o tíos, o cuando disponen de algo de dinero propio, como la paga, suelen elegir precisamente esos alimentos. Y muchas veces los consumen acompañados de vergüenza y culpa, al haber interiorizado que son “alimentos prohibidos”.
Por ello, no se trata de ofrecer este tipo de alimentos a diario, sino de evitar su prohibición o restricción estricta. Pueden formar parte de la alimentación de manera ocasional, dentro de un contexto de alimentación saludable y sin cargarlos de etiquetas negativas como “bomba calórica” o similares. Son connotaciones que los niños no necesitan y que, lejos de protegerlos, favorecen una relación más conflictiva con la comida. De hecho, cuanto mayor es la restricción, mayor suele ser el consumo posterior de estos alimentos, en comparación con cuando se manejan desde la normalización y la flexibilidad.
La manera en la que niñas y niños empiezan a relacionarse con su cuerpo también es aprendida. Nadie nace odiando su cuerpo ni con una mala relación corporal; es algo que se construye. Por eso es tan importante no inocular vergüenza corporal desde la infancia.
Son los adultos quienes, al señalar partes del cuerpo, comentar su forma, su tamaño o su peso, empujamos a los niños a monitorizarlo, a observarlo, controlarlo y medirlo. Ese proceso favorece que empiecen a sentirse inseguros con determinadas zonas de su cuerpo y que, como consecuencia, intenten ocultarlas, esconderlas o incluso modificarlas, por ejemplo, tratando de adelgazar.
De ahí la importancia de no hablar mal de nuestro propio cuerpo delante de ellos y de evitar comentarios sobre el cuerpo de las niñas y los niños. En su lugar, es fundamental educar desde la neutralidad corporal, entender el cuerpo como un cuerpo válido y suficiente por sí mismo, independientemente de que se acerque más o menos a los cánones estéticos dominantes en la sociedad en la que vivimos.
Es fundamental que niñas y niños aprendan que su cuerpo es válido por todo lo que les permite vivir, moverse, jugar y experimentar el mundo. Para ello, también es importante revisar el tipo de halagos que hacemos. Necesitamos empezar a reforzar aspectos que no tengan que ver con el físico y poner el foco en comportamientos, actitudes y valores, si son valientes, cariñosos, respetuosos, empáticos o creativos. Esos mensajes construyen valía personal, no apariencia.
Cuando todo el reconocimiento se centra en el cuerpo, lo más probable es que crezcan haciendo de él un proyecto personal. Esto afecta especialmente a las niñas y a las mujeres, que vivimos bajo una presión estética mucho mayor y que acabamos dedicando tiempo, energía y sufrimiento a intentar gustar, encajar o cumplir expectativas externas. El resultado suele ser una relación tensa y tormentosa con el propio cuerpo, en lugar de una relación de respeto y cuidado. Las niñas y los niños han de aprender que su cuerpo es su casa, y no un proyecto moldeable con el fin de gustar.
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