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Pensándolo bien
Columna

Los caídos, más que un minuto de silencio

Hay una cuota de sangre que estamos pagando como sociedad e inevitablemente lo seguiremos haciendo, lo menos que podemos hacer es aquilatar la pérdida de vidas y el dolor de las familias de quienes hacen tal sacrificio

El secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla, en rueda de prensa.José Méndez (EFE)

Más allá de los políticos, medios y periodistas entregados a la intensa y obsesiva lucha por asestar el argumento definitivo sobre la muerte de El Mencho, habría que hacernos cargo del sacrificio de aquellos que están dispuestos a perder la vida para que los demás podamos seguir con la nuestra. Al margen de la posición política de cada cual, debemos entender que la sociedad mexicana carecería de alguna oportunidad frente al crimen organizado si no hubiera hombres y mujeres dispuestos a arriesgar la existencia en el intento de detener criminales que se defienden con metralletas y rifles de asalto. Hay una cuota de sangre que estamos pagando como sociedad e inevitablemente lo seguiremos haciendo; lo menos que podemos hacer es aquilatar la pérdida de vidas y el dolor de las familias de quienes hacen tal sacrificio.

No son los únicos caídos en estos tiempos. Están también los desaparecidos y sus buscadores, los activistas de derechos humanos, los periodistas irreductibles. Además de las muchas víctimas de la arbitrariedad de la violencia. Pero suelen ser los menos recordados.

Se dirá que se trata de una profesión y que quienes la toman están dispuestos a correr los riesgos que entraña. Sin duda, pero en todo individuo hay un instinto de supervivencia que debe ser suprimido para estar en condiciones de saltar hacia el frente y emprender una persecución contra sicarios que han desatado una balacera. Ninguno de los que participaba en el operativo de este domingo ignoraba que diez años antes, en el anterior intento de aprehensión de El Mencho, habían perdido la vida los ocupantes de un helicóptero bajado a bazucazos. Los seres humanos solemos desplazarnos en sentido contrario al estallido de una balacera y hacemos lo posible por sustraer el cuerpo a la trayectoria de los proyectiles. Y, sin embargo, quienes abatieron al Mencho y sus escoltas debieron continuar su ataque a pesar de las bajas visibles entre sus compañeros. Se logró el objetivo, pero en total 25 agentes y soldados perdieron la vida en enfrentamientos que dejaron 30 sicarios muertos.

No se trata de beatificar de manera incondicional al Ejército o a las fuerzas de seguridad. Como en el caso del resto de los servidores públicos, es necesario ejercer la crítica y estar atentos a excesos, irregularidades y malas prácticas. Con mayor razón ahora que las fuerzas armadas han adquirido tanto protagonismo en la administración pública. Pero una cosa no exime a la otra. Tendríamos que ser conscientes de la responsabilidad que asumimos, como sociedad, al pedirles a estos hombres y mujeres colocarse en la línea de fuego para impedir que las llamas de estas fuerzas salvajes lleguen al resto de los ciudadanos.

Se podrá o no coincidir con el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch y de su equipo. Pero las bajas que han sufrido están a la vista. Las cicatrices de los atentados también. Al margen de la fuerza política con la que simpaticemos o antagonicemos, debemos entender que se trata de funcionarios del Estado que han decidido mantener su responsabilidad a pesar de que pende sobre sus cabezas una permanente condena de muerte por parte del crimen organizado. Son personas que, de alguna forma, han tenido que pactar con sus padres, cónyuges e hijos, según sea el caso, para continuar con una cruzada que los pone en riesgo de convertirse en la siguiente víctima. Y no se trata solo de afrontar la posibilidad de una muerte anticipada y violenta; es también vivir la vida de otra manera que el resto de los servidores públicos; no exponer a familiares, cambiar hábitos, suprimir gustos, vivir mirando por encima del hombro.

No estoy diciendo algo que no sepamos. El problema es que, en la prisa por festejar la buena noticia de la caída del capo más peligroso y asumir el éxito político que eso entraña o, por el contrario, la urgencia por erosionar los méritos del Gobierno, dejamos de aquilatar algo que tendría que estar por encima de las discusiones partisanas. Mal haríamos si normalizamos el sacrificio y la cuota de dolor humano que significa cumplir la exigencia de los mexicanos para que el Estado ponga fin a la expansión del narco. En el “minuto de silencio” advierto la contrariedad de algunos, impacientes por el retraso en la tarea de pegarnos unos a otros en la interminable lucha por ganar la discusión política.

La voz entrecortada del general Trevilla durante la mañanera del lunes pasado, provocada por su conmoción al informar el número de caídos en la jornada, me parece uno de los momentos recientes más auténticos en el escenario político nacional, tan desgastado por la mezquindad y la polarización. Un gesto de dignidad y dolor que no debe pasar inadvertido. Detrás del clamor de la sociedad para afrontar al crimen organizado y más allá de las políticas de Estado diseñadas para responder a esta exigencia, hay seres humanos dispuestos a meterse en la trinchera y arriesgar la vida en una lucha en nombre de los que no lo hacemos. Convendría tener en mente los muchos nombres que no se pronuncian, los rostros anónimos y las voces silenciadas, cada vez que pontifiquemos, y me incluyo, sobre estos temas.

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