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Sudán: tres años de la mayor crisis humanitaria del mundo y la más ignorada, sin siquiera una cifra de muertos

Mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado, el hambre, la violencia sexual y las enfermedades devastan el país africano en guerra

Refugiados sudaneses esperan a recibir los documentos de registro en el campo de refugiados de Oure Cassoni, Chad, tras llegar desde Sudán, el 23 de febrero de 2026.Dan Kitwood (Getty Images)

En muchos de los conflictos más letales del mundo, las víctimas humanas y su memoria suelen quedar diluidas para el gran público en un mar impersonal de cifras. Cuando la magnitud de la tragedia supera un cierto umbral, y sobre todo cuando acaece en las coordenadas erróneas, los nombres y las historias segadas por la violencia tienden a redondearse con gran frialdad.

Sudán ni siquiera tiene un número al que aferrarse. Cuando se cumplen tres años del inicio de la encarnizada guerra civil en el país entre el ejército y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), el 15 de abril de 2023, nadie conoce cuántas personas han fallecido. Ni como consecuencia directa de la contienda ni por la grave crisis humanitaria que ha causado. De lo único que se tiene certeza es de que se trata de un dígito estremecedor.

“Cuando ni siquiera podemos hacer una estimación aproximada del número de personas que han perdido la vida, es evidente hasta qué punto todo el sistema se ha desmoronado”, reflexiona Javid Abdelmoneim, presidente internacional de Médicos Sin Fronteras (MSF). “Y quizá esto también sea un indicio de lo desatendido e ignorado que está Sudán”, desliza.

La guerra comenzó primero en la capital estatal, Jartum, pero se extendió rápidamente por el país. Desde entonces, el frente ha cambiado con frecuencia y, salvo algunas zonas del norte y del este, la mayor parte de Sudán se ha visto golpeada de forma directa por los combates. Esta fluidez, sumada al uso cada vez mayor de drones y a la progresiva internacionalización del conflicto, ha provocado que las hostilidades hayan alcanzado prácticamente todos los rincones del país.

Desde sus primeros compases, grupos de derechos humanos han denunciado una violencia descarnada contra la población civil, incluidas campañas de limpieza étnica, violencia sexual, ejecuciones, torturas, secuestros, arrestos arbitrarios y saqueos. En febrero, una misión de la ONU acusó a las RSF de cometer actos genocidas durante la captura de la capital de Darfur Norte, El Fasher, a finales de octubre, en una de las mayores masacres de la historia moderna.

Cuando ni siquiera podemos hacer una estimación aproximada del número de personas que han perdido la vida, es evidente hasta qué punto todo el sistema se ha desmoronado
Javid Abdelmoneim, presidente internacional de Médicos Sin Fronteras (MSF)

Pero más allá de la violencia directa, la guerra ha creado unas condiciones incompatibles con la vida que están disparando la mortalidad por causas prevenibles. Este año, la ONU estima que 34 millones de personas, en torno al 60% del país, necesitan ayuda humanitaria: la mayor cifra de todo el mundo. “Es una guerra brutal con unas consecuencias brutales para la gente”, constata Denise Brown, la coordinadora de asuntos humanitarios de la ONU en Sudán.

Sudán también continúa siendo la mayor crisis de desplazados del planeta, incluso después de que 3,8 millones de personas hayan vuelto a casa, sobre todo en el último año. Actualmente, nueve millones de sudaneses siguen desplazados en el país, la mayoría por la guerra actual, y otros 4,5 millones han buscado refugio fuera, principalmente en Egipto, Sudán del Sur y Chad.

Uno de los efectos más devastadores de la guerra ha sido el colapso que ha provocado en el sistema de salud del país, donde los hospitales han sido repetidamente atacados, saqueados y ocupados mientras su personal ha sufrido ataques, detenciones y amenazas. En tres años ha habido más de 200 ataques a centros médicos y el 82% de las muertes en este tipo de agresiones en el mundo en 2025 ocurrieron en Sudán, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Las repercusiones de este colapso, en un contexto marcado por el hacinamiento y la falta de agua y servicios de higiene y saneamiento en muchas zonas del país, están siendo letales. “Observamos grandes, recurrentes y simultáneos brotes de cólera, sarampión, hepatitis E y dengue”, indica Abdelmoneim, que nota que el 37% de los centros de salud de Sudán no están operativos. “Existe una tormenta perfecta que da lugar a brotes de gran magnitud”, advierte.

Ambos bandos han recurrido también al hambre como un arma de guerra, lo que ha disparado los niveles de inseguridad alimentaria en el país. El último informe del comité internacional de expertos en la materia, publicado en febrero, alertó de que más de cuatro millones de infantes y mujeres embarazadas y lactantes sufrirán desnutrición aguda este 2026, incluidos 800.000 en situación crítica, lo que representa un aumento del 13% respecto al año pasado.

En el último año y medio, se han declarado hambrunas en cinco zonas de Sudán, incluido el que era el mayor campo de desplazados del país, Zamzam, El Fasher y la capital de Kordofán del Sur, Kadugli. Hasta entonces, solo se habían declarado hambrunas en otras dos ocasiones en 20 años: Somalia en 2011 y Sudán del Sur en 2017. Además, se cree que otras zonas del país se enfrentan a una situación catastrófica similar, aunque no se haya podido comprobar.

Paralelamente, más de la mitad de los colegios de Sudán permanecen hoy cerrados y en torno al 10% se han convertido en refugios para desplazados, según datos del Clúster de Educación del país, un organismo de coordinación internacional. Como resultado, unos 13 millones de niños en edad escolar, un 76% del total, no van a la escuela desde el inicio de la guerra, incluidos seis millones que permanecen directamente sin matricular, según datos de Save the Children.

En el último año, cerca de cuatro millones de sudaneses han regresado a sus lugares de origen, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en gran parte siguiendo los avances del ejército en el centro de Sudán, pero también empujados por las duras condiciones de su desplazamiento. Sin embargo, muchas zonas donde la gente regresa, como Jartum, se hallan devastadas y con extensos daños en viviendas, infraestructuras y servicios básicos.

En los últimos meses, además, el ejército y las RSF están desplegando drones de forma cada vez más frecuente en sus operaciones militares y para atacar los territorios bajo control del adversario, incluidas zonas civiles e infraestructuras críticas como centrales eléctricas y refinerías, lo que provoca apagones, desabastecimiento e interrupciones de servicios básicos.

Ayuda cortada

Pese a la magnitud de la crisis, los dos bandos enfrentados continúan restringiendo el acceso de ayuda humanitaria, y en gran medida también los envíos comerciales, con restricciones de movimiento, obstáculos administrativos, interferencias en las operaciones y tasas informales, según denuncian agencias del sector. A ello se suma la inseguridad prevalente en la mayoría del país y su división en dos grandes zonas de influencia, la del ejército y la de las RSF.

“Parte de los obstáculos no son solo administrativos y burocráticos, sino que algunos tienen como objetivo restringir los servicios en territorio del enemigo”, observa Abdelmoneim, “y eso se acerca mucho a una forma de burocracia utilizada como arma [de guerra]”. “Se trata de un nivel de obstrucción y de burocracia que creo que nunca antes había visto”, subraya.

Brown también defiende la necesidad de colocar a la población civil en el centro y protegerla ante la división política. “Yo no estoy aquí para conferir legitimidad a nadie. No tengo ese poder”, indica, “solo estoy aquí para atender a las personas que se han visto envueltas en esta guerra horrible”. “Así que el equipo de la ONU debe tener una mayor movilidad”, sostiene.

Las zonas de Sudán en las que el acceso es más frágil son Darfur y Kordofán, donde se han concentrado buena parte de las campañas militares en el último año. El pasado 6 de febrero, por ejemplo, un dron, aparentemente de las RSF, atacó un convoy del Programa Mundial de Alimentos (PMA) que se dirigía a la capital de Kordofán Norte, El Obeid. Desde el comienzo de la guerra, unos 130 trabajadores humanitarios, casi todos sudaneses, han sido asesinados.

La falta de apoyo exterior, la desaparición del Estado en muchas partes del país y los estragos de la guerra han provocado que sean sobre todo iniciativas de ayuda mutua locales las que estén liderando la acción humanitaria en muchas zonas. Liderando estos esfuerzos están las unidades de respuesta de emergencia, que desde el inicio de la guerra han asistido centros de salud, organizado cocinas comunitarias, provisto barrios de agua o ayudado a civiles a huir.

A medida que la junta militar ha ido consolidando su autoridad en el centro, el norte y el este de Sudán, sin embargo, ha endurecido las restricciones y ha perseguido a los miembros de estos grupos, según explica una miembro destacada de una unidad en el Estado de Jartum. La voluntaria cree que se trata de un intento de monopolizar el control de la ayuda humanitaria y de limitar el espacio de colectivos que consideran próximos a círculos revolucionarios.

“Lo que necesitamos de la comunidad internacional es que aporte fondos a través de ONG o donaciones ciudadanas [directas], lo que podría ser de una gran ayuda”, afirma la voluntaria. “Pero uno de los aspectos principales en los que debe centrarse la comunidad internacional es la seguridad de los voluntarios, ya que, hasta ahora, solo contamos con promesas de que se reconozca a las unidades de respuesta a emergencias como actores humanitarios”, subraya.

Uno de los aspectos principales en los que debe centrarse la comunidad internacional es la seguridad de los voluntarios, ya que, hasta ahora, solo contamos con promesas de que se reconozca a las unidades de respuesta a emergencias como actores humanitarios

Más allá de las dificultades operativas, la respuesta de la comunidad internacional ha recibido muchas críticas por considerarse ampliamente insuficiente. Este 2026, el plan de respuesta humanitaria de la ONU para Sudán apenas ha recaudado un 16,5% de los fondos requeridos, y España no ha realizado todavía ninguna contribución directa, según los datos de la ONU.

“Nadie discute que se trata de una crisis humanitaria de enormes proporciones, con personas que mueren y mujeres y niñas sufriendo violaciones. Es decir, lo peor de lo peor. Y nadie lo niega; es una situación horrible, y a menudo escucho expresiones de preocupación por parte de los Estados miembros de la ONU”, señala Brown. “Pero, por alguna razón”, concluye, “esto no se traduce en una financiación suficiente como para marcar la diferencia”.

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