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Los recortes de ayuda humanitaria ahogan a cientos de miles de desplazados sudaneses: “Antes teníamos 100 sacos de arroz para 2.000 personas, ahora solo tenemos 20”

La reducción de fondos de cooperación de grandes donantes golpea a crisis humanitarias como la de Sudán, donde los refugiados se enfrentan a la escasez de medicamentos, al hambre diaria y a las escuelas cerradas

Mujeres cargan uno de los sacos de harina de USAID

Maydeen Mohamed Adam observa en silencio a su madre, Khaliya, por encima de la valla de cañas y ramas secas que separa las dos viviendas familiares, contiguas e igual de humildes. Ella habla de él: de cómo decidió marcharse a Europa, de cómo fue maltratado en Libia, de cómo cruzó el Mediterráneo en patera, llegó a Alemania y fue deportado de vuelta a Sudán. Maydeen era “normal” cuando se marchó, pero regresó convertido en otra persona. “Tiene una enfermedad mental”, explica su madre, mostrando la foto de la medicación que debe tomar diariamente: un tratamiento para la esquizofrenia y los brotes psicóticos. “Es muy cara y no podemos comprarla”, susurra.

La mujer siempre habla muy bajito y con el rostro medio cubierto por su hiyab, con el que se seca unas lágrimas que, sin embargo, no son solo por su hijo enfermo, sino por su marido, que falleció hace seis meses. “Era diabético; aquí tampoco pudimos encontrar su medicación”, resume. En ambos casos, la salud de padre e hijo se ha visto condicionada por decisiones tomadas a miles de kilómetros por una persona: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Ese “aquí” que pronuncia Khaliya Mohamed es el campo de refugiados de Farchana, en el este de Chad, uno más de la decena que gestiona el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y donde viven alrededor de 56.000 personas. Yanik Yank, jefe de misión de esta agencia en Farchana, lo atestigua: “En los centros de salud solo hay fármacos muy básicos: para la tensión alta, para resfriados…”.

Yank atribuye las carencias a los recortes de financiación humanitaria que EE UU decretó en enero de 2025, solo dos días después de que Trump regresara a la Casa Blanca. El presidente ordenó una pausa de 90 días en toda la ayuda exterior, y poco después, el secretario de Estado Marco Rubio anunció la cancelación del 83% de los programas de USAID, la agencia de cooperación del país, lo que generó un agujero de 60.000 millones de dólares (unos 51.000 millones de euros) respecto al apoyo previo.

La financiación de programas humanitarios ha caído a su nivel más bajo en una década, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA). ALNAP, un observatorio que estudia cómo se emplea la ayuda humanitaria, alertó recientemente de que a finales de 2025, los fondos globales podrían haberse contraido hasta un 45% respecto a 2023, debido a los recortes de Washington, pero no solo: Alemania ha rebajado más de la mitad su contribución; Francia ha reducido el 18%, y Países Bajos y Reino Unido han anunciado medidas similares en los próximos años.

Acnur, que atiende a más de 122 millones de refugiados en el mundo, termina 2025 con 3.900 millones de dólares, un 25 % menos que en 2024. La última vez que la agencia estuvo tan limitada fue en 2015, cuando la cifra de desplazados era la mitad. “La muerte del esposo de Khaliya fue absolutamente evitable”, lamenta Yank. En Chad, donde un millón de personas dependen de Acnur, el presupuesto se desplomó: “Empezamos el año con una brecha de financiación de más del 80% respecto al año anterior”.

En octubre de 2025, Chad solo había recibido el 35% de la financiación humanitaria necesaria

En octubre de 2025, solo se había logrado reunir el 35% de los fondos necesarios para Chad. Desde 2003, este país acoge a cientos de miles de sudaneses que huyeron del genocidio en la vecina región de Darfur. La nueva generación de refugiados llegó al estallar la guerra entre el ejército gubernamental y las milicias de las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) en abril de 2023, que ha generado la peor crisis humanitaria del mundo: más de 12 millones de personas están desplazadas y 30 millones necesitan ayuda urgente. Las muertes oscilan entre 60.000 y 150.000, según las estimaciones de organizaciones internacionales y centros de análisis independientes.

Sin cirujanos

En dos años, unos 895.000 sudaneses han llegado a Chad, que mantiene abiertas sus fronteras pese a ser uno de los países más pobres del mundo: en 2024, el 39,4% de la población vivía bajo la línea de pobreza, con menos de dos euros diarios, según el Banco Mundial. La ayuda humanitaria es indispensable para sostener cualquier respuesta a la población refugiada y esa carencia tiene impactos inmediatos y devastadores. Benoît Kabenye, jefe de oficina de Acnur en Adré, la primera ciudad chadiana que encuentran los desplazados al cruzar la frontera con Sudán, explica que la falta de financiación dificulta establecer asentamientos y la capacidad de reubicación se está viendo muy limitada. “Adré es uno de los principales puntos de entrada. En unos meses será dificil poder proporcionar refugio”. Yank asegura que antes incluso ofrecían comidas a los recién llegados; pero el programa se suspendió. “Antes había refugios vacíos; ahora hay gente durmiendo en colegios”, lamenta.

Un paseo por la frontera, apenas marcada por un adoquín de arenisca, permite corroborar el trasiego constante de personas, animales y vehículos. La llegada a Adré no supone el fin de los problemas para los desplazados: lo primero que encuentran es un territorio árido; luego, la oficina de Acnur —apenas un cobertizo— donde se registra a los refugiados y un cuello de botella donde muchos esperan días o semanas, durmiendo al aire libre.

Khadija Haroun muestra las radiografías de su pierna, donde se distinguen siete clavos y una barra metálica que debían habérsele retirado hace seis meses, en su casa del campo de refugiados de Farchana, en el este de Chad, en diciembre de 2025.

En este centro pasa las horas Mustalifa, de 14 años, con un gran enfado porque nadie ha atendido aún a su madre, que sufre un sarpullido por todo el cuerpo: “Llevamos dos semanas esperando a ser reubicadas; queremos ir al mismo campo que mis tres hermanos”, reclama. Sabah Mohamed lleva 25 días durmiendo al raso con su bebé y su otra hija. “La niña no duerme; no hay comida ni sábanas”, dice con un tono rabioso y apresurado. Los testimonios reflejan que el alojamiento es uno de los mayores retos. Los campos debían albergar como máximo a 50.000 personas, pero muchos ya lo superan. Algunos sí tienen espacio, pero quedan muy lejos y los refugiados buscan estar cerca de la frontera, sobre todo por ese anhelo de poder regresar a casa algún día.

Quienes no son reubicados, se instalan en un vasto territorio donde 230.000 personas malviven apretujadas, sin viviendas y sin apenas servicios, donde las ONG solo alcanzan a cubrir lo mínimo. Kabenye detalla: “Solo se proporcionan servicios de emergencia para salvar vidas: atención sanitaria, agua, letrinas y distribución de alimentos; no hay educación, medios de vida ni refugio adecuado”. La escasez de recursos afecta la protección y seguridad; la prolongación del conflicto y la invisibilidad de la crisis sudanesa agravan la situación.

En personas como Khadija Haroun se entiende la dimensión de estos recortes. Sentada sobre una esterilla de colores en el patio de su casa, en Farchana, y en compañía de su hija mayor, Djamila, de 18 años, muestra unas radiografías estremecedoras de su cadera y fémur derecho, sostenidos con siete clavos y una barra metálica a lo largo de toda la extremidad. Semejante desastre fue causado por una bala que le entró por la cadera derecha en 2023, durante la toma de Al Geneina, capital de Darfur, por parte de las RSF. Cuando llegaron a Adré, el personal sanitario de Médicos Sin Fronteras (MSF) la intervino quirúrgicamente y le salvó la vida. Lograron llegar porque Djamila transportó a su madre en una carretilla durante cuatro días, sin comida ni apenas agua, se enorgullece la adolescente.

Los problemas prosiguieron, no obstante: los clavos tenían que haber sido retirados hace seis meses, pero el programa de cirugías ha cerrado y Khadija vive entre grandes dolores que le impiden andar. Según Yank, unas 200 personas en Farchana esperan una cirugía similar, y en toda la provincia de Ouaddai, donde se concentra la mayoría de refugiados, son alrededor de 5.000, y solo hay un cirujano.

Elegir vulnerables entre los más vulnerables

Los recortes también han reducido drásticamente la ayuda alimentaria y el acceso al agua. Idriss Allaramadji Dezeh, jefe de misión en Chad del Comité Internacional para Emergencias de Canadá (CIAUD), describe el impacto: “Si antes teníamos 100 sacos de arroz para 2.000 personas, ahora solo tenemos 20, y los refugiados siguen siendo 2.000”. “Tenemos que elegir a los más vulnerables de entre los más vulnerables”, añade Yank. Amouna Arbab Abaker, madre de tres hijos, asegura que recibe ayuda en efectivo que recibe cada dos meses. “Compro sorgo, lentejas… Podemos comer tres veces al día, pero faltan camas, alimentos y medios de subsistencia. ¿Mi principal preocupación? Sobrevivir”.

La familia de Khadija Haroun come dos veces al día. “Para el almuerzo, bebemos té”, dice la matriarca, que mantiene a los tres hijos que aún viven con ella gracias a su madre, ya anciana, que vende hortalizas en un mercado local. Haroun, debido al metal que tiene en el cuerpo, no puede trabajar. “A veces no tenemos nada, pero los vecinos también nos ayudan”, agradece.

Ahora tenemos que comprar alimentos que antes nos daban
Khaliya Mohamed, refugiada

Khaliya Mohamed, que cuida de varias hijas y nietos además de ocuparse de Maydeen, el mayor, desearía carne, frutas y leche, bienes inalcanzables por su alto coste. “Aquí la mayoría depende de la ayuda humanitaria, y ahora tenemos que comprar alimentos que antes nos daban”, asevera. Su mayor problema es mantener con vida a sus hijos y conseguir medicinas y comida. “Es todo muy incierto”, solloza.

Estacazo a la educación secundaria

Los recortes afectan también a la educación. Los centros para adultos han cerrado y casi ocurre lo mismo con los institutos de secundaria. Estaban financiados por la Oficina de Población, Refugiados y Migración (PRM según sus siglas en inglés) de Estados Unidos, que fue desmantelada de la noche a la mañana. Miles de estudiantes se quedaron sin clases, con los exámenes finales a la vista. Los profesores, sudaneses refugiados, accedieron a seguir dando clase sin cobrar, y algunos padres aportaron lo poco que podían, aunque fuera para comprar jabón.

Khadija Hamed, de 18 años, quiere estudiar medicina y trabaja en agricultura para pagarse la escuela: “La educación es importante, sin ella no entiendes nada de la vida”. Cuando le dijeron que EE UU había cerrado el grifo, sintió miedo. “Fue frustrante, pareció que todos los sueños se detenían”. Apoyos puntuales de familias y organizaciones como el Servicio Jesuita al Refugiado y la Fundación Mastercard han asegurado fondos para los próximos tres años, aunque siguen faltando medios, advierte Abdulrahim Abdulkarim Juma, director del instituto de Farchana: “Aquí tenemos 700 alumnos y solo seis aulas”, ejemplifica.

El instituto de Farchana es un pulcro recinto de media docena de aulas desperdigadas y una cancha con porterías y una red de voley. Medio centenar de chicos y chicas con uniforme escolar juegan con un balón, aparentemente despreocupados, en una escena similar a la de cualquier colegio del mundo. Pero falta algo, y no son los libros, ordenadores, cuadernos o pupitres; ni siquiera los salarios de los profesores. Son los compañeros: pese a los esfuerzos, muchos alumnos han dejado los estudios porque sus familias no pudieron hacer frente a los gastos.

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Sobre la firma

Lola Hierro
Periodista de la sección de Internacional, está especializada en migraciones, derechos humanos y desarrollo. Trabaja en EL PAÍS desde 2013 y ha desempeñado la mayor parte de su trabajo en África subsahariana. Sus reportajes han recibido diversos galardones y es autora del libro ‘El tiempo detenido y otras historias de África’.
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