Falta de medicamentos, centros médicos destruidos y recortes: cómo la guerra en Sudán ha golpeado a las enfermedades más olvidadas
El país es endémico para 14 Enfermedades Tropicales Desatendidas (ETD). El conflicto, del que pronto se cumplirán tres años de su inicio, ha dejado a miles de personas sin sus tratamientos y un aumento de estas dolencias, aunque el alcance real sigue sin saberse por la escasez de datos

Cuando el Centro de Investigación del Micetoma (MRC, por sus siglas en inglés) en Jartum fue atacado no quedaba nadie dentro. Ninguna persona vio cómo se destruían las consultas, ni cómo desaparecía su valioso biobanco o cómo los equipos eran saqueados y años de investigación quedaban reducidos a escombros. Nadie sabe exactamente cuándo se atacó este centro, referente mundial en el estudio del micetoma, una infección de tipo tumoral causada por hongos o bacterias, porque todo el personal había huido de la capital tras el estallido de la guerra. Tres años después, su director, el profesor Ahmed Hassan Fahal, recuerda con amargura el alcance de la tragedia: “Antes teníamos más de 12.000 pacientes registrados. Les proporcionábamos tratamiento y atención médica gratuita y, en algunos casos, también apoyo social. Con el inicio de la guerra perdimos el contacto con ellos”.
La doctora Sara Azhari Hassan, directora de la Dirección de Control de Enfermedades Transmisibles del Ministerio Federal de Salud de Sudán, relata cómo, en estos años, el ruido de los disparos se ha colado “muchas veces” durante las reuniones online con el personal que vivía en las zonas en conflicto. Borna Nyaoke-Anoke, investigadora y responsable de micetoma en la Iniciativa de Medicamentos para Enfermedades Desatendidas (DNDi, por sus siglas en inglés) ha visto cómo se ralentizaba el registro de un prometedor medicamento que podría dar esperanza a miles de afectados de micetoma. Y Amer Mohammad Elhussain, responsable médico de Médicos Sin Fronteras (MSF) en un proyecto de leishmaniasis visceral en Gedaref, no olvida a uno de sus pacientes: un hombre gravemente enfermo que acudió a un hospital en Sennar y encontró las estanterías vacías de medicamentos. Recorrió 53 kilómetros en transporte público hasta el Estado vecino de Gedaref en busca de tratamiento y en cada centro médico escuchaba la misma respuesta: no hay. “No tenía dinero, ni para transporte, ni para comida. Finalmente una persona le ayudó a llegar hasta nuestras instalaciones”, recuerda.
En medio de una guerra que ha desatado una crisis humanitaria colosal y devastado el sistema sanitario, las enfermedades tropicales desatendidas (ETD) —un grupo de unas 21 patologías que afectan a los más pobres entre los pobres— han quedado aún más relegadas: si antes recibían poca atención, ahora prácticamente han desaparecido del radar.
En Sudán, donde son endémicas 14 de estas enfermedades, la falta de medidas preventivas, diagnósticos y medicamentos, la interrupción de ensayos clínicos, los recortes de fondos internacionales, el desplazamiento masivo de población y las precarias condiciones de vida han espoleado la expansión de estas dolencias y amenazado años de progreso.
Enfermedades desatendidas como el dengue han pasado de tener alcance regional, registrándose en tan solo tres Estados del este del país (Mar Rojo, Kasala y Gedaref), a expandirse por gran parte de Sudán. Los casos de dengue a nivel global se han disparado y el país no es una excepción: de 10.039 reportados en 2024 a 50.975 en 2025, según datos del programa nacional de ETD difundidos en un seminario web organizado por el Comité Permanente Ministerial de Cooperación Científica y Tecnológica (COMSTECH) de la Organización de Cooperación Islámica. La guerra y los recortes de fondos detuvieron iniciativas de control de vectores y los mosquitos que transmiten la enfermedad empezaron a reproducirse.
“El otro factor es el movimiento y la huida de personas desde zonas de baja densidad hacia otras con alta carga de enfermedad”, explica Azhari. “Todas las enfermedades que se transmiten por vectores —por mosquito o algún tipo de insecto— requieren que haya una persona enferma para que el vector la transmita. Si no hay persona infectada, no hay transmisión. Pero en el momento en que empiezas a tener gente enferma en otros sitios hace que también se desplace el vector”, ejemplifica por teléfono Francisco Bartolomé, experto en ETD de MSF.
Antes teníamos más de 12.000 pacientes registrados. Les proporcionábamos tratamiento y atención médica gratuita y, en algunos casos, también apoyo social. Con el inicio de la guerra perdimos el contacto con ellosAhmed Fahal, director del Centro de Investigación del Micetoma
En el caso de otras dolencias como la leishmaniasis visceral, el movimiento masivo de la población también ha contribuido al aumento de casos. 11,7 millones de personas están desplazadas en el país, de los que la mayoría, siete millones, son desplazados internos. Esto ha provocado que personas sin inmunidad previa estén llegando a zonas endémicas y viceversa, por lo que la enfermedad está apareciendo en lugares donde antes no era habitual, como Jartum o Gezira. “En Estados donde el kala azar [otra forma de llamar a la enfermedad] es conocido, los profesionales sanitarios lo saben diagnosticar. Pero en zonas no endémicas pueden no sospechar la enfermedad, lo que provoca retrasos diagnósticos”, añade Elhussain. Estos pueden ser fatales: sin tratamiento, la enfermedad es mortal en más del 95% de los casos.
Infranotificación
El alcance real que tendrá el conflicto en el aumento de ETD es un verdadero enigma por la infranotificación de los casos. “La tasa de notificación cayó, de más del 50-60%, a menos del 20% en el país. Cuando fuimos recuperando Estados y logramos más estabilidad, esa tasa aumentó. Empezamos a recibir informes incluso de zonas afectadas por la guerra, pero no al nivel que había antes”, resume Azhari. La notificación se ha visto afectada por la falta de infraestructuras sanitarias —en torno al 70% de los hospitales en zonas afectadas por la guerra están inoperativos—, y la escasez de personal, que también ha sufrido retrasos en sus salarios en estos últimos años. “En las instalaciones que sí funcionan, el reporte todavía no es una prioridad ya que el personal ha asumido otras funciones críticas”, continúa.
Muchas personas no comen adecuadamente y eso se asocia a un sistema inmune debilitado para luchar contra estas infeccionesFrancisco Bartolomé, experto de MSF en Enfermedades Tropicales Desatendidas (ETD)
Además, la falta de acceso al agua e higiene ha aumentado las enfermedades transmisibles y parasitarias que serían perfectamente prevenibles, explica Bartolomé. Esto es especialmente crítico en campos de desplazados, donde la población vive hacinada. “Y está el impacto de la malnutrición. Muchas personas no comen adecuadamente y tienen un sistema inmune debilitado para luchar contra estas infecciones”, resume. En Sudán, más de 21 millones de personas sufren altos niveles de inseguridad alimentaria aguda, según la Clasificación Integrada de las Fases (IPC, por sus siglas en inglés).“Con este deterioro, anticipamos que habrá más casos de los que hemos registrado”, añade la responsable del Ministerio de Salud.
“Aunque enfermedades como el cólera sean urgentes en el país, las ETD no pueden ignorarse. No son agudas, pero en dos o tres años podrían provocar amputaciones o muertes si no se tratan”, resume Nyaoke-Anoke.

Otro factor clave es la ausencia de campañas de administración masiva de medicamentos (MDA, por sus siglas en inglés), esenciales para prevenir ETD como la esquistosomiasis, la filariasis linfática, el tracoma y la oncocercosis. Con el estallido del conflicto se suspendieron por completo en Estados prioritarios como Gezira y Darfur, con alta carga de enfermedades como la esquistosomiasis. Solo pudieron mantenerse en aquellos considerados estables, pero allí la guerra también tuvo su impacto: la llegada masiva de desplazados internos obligó a ampliar la población objetivo y aumentó significativamente los costes. Pese a las dificultades de notificación, los casos de esquistosomiasis se incrementaron de 44.000 en 2019 a más de 65.000 en 2025.
“En las enfermedades que no se tratan de forma preventiva sino que requieren un tratamiento intensivo, como puede ser la lepra, si la población no tiene acceso a los servicios de salud o no puede recibir cosas tan sencillas como vendas, se interrumpe la propia cura de la enfermedad”, dice por teléfono Íñigo Lasa, director general de la Fundación Anesvad, una organización centrada en las enfermedades tropicales desatendidas de la piel.
Falta de medicamentos
El acceso a medicamentos también se ha visto afectado. “Cuando las infraestructuras no son funcionales y las cadenas de frío no son fiables, la medicación deja de ser útil”, explica Bartolomé, citando vacunas antirrábicas, medicamentos para la leishmaniasis o sueros para mordeduras de serpiente. También juega en contra la fragmentación del control estatal. “Hay diversas facciones que actúan como autoridad local: unas te dan permiso para realizar actividades y otras no. Muchas veces es complicado que los suministros alcancen la llamada ‘última milla’, que es donde se necesitan pruebas y tratamientos”, añade.
Amer Mohammad Elhussain, de MSF, subraya que la escasez de medicamentos “es una realidad”, motivada principalmente por las dificultades de importación y distribución: “El sistema sanitario está muy debilitado. Y hablamos de ETD, que ya de por sí reciben poca atención. Ahora es aún más difícil para los pacientes acceder a los servicios”. “El Ministerio de Salud está trabajando duro y hemos recibido promesas de que los medicamentos llegarán pronto al país para cubrir la temporada alta”, añade.
El registro de medicamentos como el fosravuconazol para tratar el micetoma, que permitiría pasar de dosis diarias a una semanal, se paralizó por el cierre de las autoridades regulatorias y la huida de pacientes, recuerda Nyaoke-Anoke. “Obtuvimos la aprobación ética en enero de 2023 y estábamos preparando el dossier de registro cuando estalló el conflicto. Todo volvió a detenerse”. El proceso se retomó en agosto de 2025, pero “el registro del medicamento sigue pendiente porque, aunque la autoridad reguladora sudanesa está reconstruyéndose, todavía no tiene capacidad para revisarlo”.
Recortes de fondos
Uno de los principales escollos, coinciden todos los entrevistados, es la falta de fondos y su infrecuencia, pero también la retirada de donantes que apoyaban programas clave para la esquistosomiasis o lepra al no poder operar durante la guerra. “Hasta ahora no hemos podido recuperarlos”, explica Azhari. Además, el envío de dinero a Sudán puede tardar casi seis meses. Los problemas bancarios y las restricciones por el conflicto dificultan el envío y también el uso de los fondos, añade Nyaoke-Anoke.
Pese a todo, médicos e instituciones intentan ofrecer la mejor atención a los pacientes. En medio de la guerra, cada avance cuenta. “Hemos conseguido distribuir 60 millones de mosquiteras tratadas con insecticida, incluso en Estados afectados por el conflicto, en una iniciativa apoyada por el Fondo Mundial”, dice Azhari.
En Jartum, el Centro de Investigación del Micetoma se está reconstruyendo poco a poco. “Nuestro objetivo es que, en unas seis semanas, vuelva a estar plenamente operativo”, dice el profesor Fahal, que cuenta que ya han empezado a ver pacientes, algunos con la enfermedad en estado avanzado. “Ayer operé a uno de ellos. Lo hago gratis, como una forma de contribuir”, añade. “Están abandonados. Son seres humanos y están sufriendo. Nadie se ocupa de ellos, ni siquiera dentro de la comunidad médica. Necesitamos conciencia internacional y donantes”, finaliza.
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