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Las obras del Mundial obligan a reubicar a los comerciantes informales del sur de Ciudad de México

Cientos de vendedores se quejan de la falta de información del Gobierno capitalino, quien anunció hace meses un proyecto comercial

Estadio Azteca: Las obras del Mundial obligan a reubicar a cientos de comerciantes informales del sur de Ciudad de México

El sur de la Ciudad de México resiente cada vez más los efectos de la venidera Copa del Mundo. La zona que rodea el Estadio Azteca convive ahora entre máquinas, polvo, tráfico y comerciantes que se resisten al cambio. En las últimas semanas, personal del Gobierno capitalino informó a los vendedores que deben reubicarse. “Quién sabe cuándo y quién sabe a dónde”, dice uno de los emprendedores sobre la escasa claridad que la Administración de Clara Brugada, la jefa de Gobierno les ha dado. El Gobierno capitalino presentó hace un par de meses el proyecto de un mercado que albergará sus negocios, pero los afectados denuncian la falta de información.

“Muchas veces se habla de reubicación cuando en realidad se trata de desalojos”, advierte Luis Alberto Salinas, investigador del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El especialista señala que los megaeventos, como los mundiales o los Juegos Olímpicos, suelen ir acompañados de transformaciones urbanas que dejan profundas secuelas sociales.

En el transitado barrio de Huipulco, a un costado del Estadio Azteca, confluyen Tlalpan, Periférico y Acoxpa. Ahí se encuentra el paradero de camiones, RTP y la estación del Tren Ligero: un punto estratégico donde los chilangos se detienen a comer un taco, comprar una botana o hacer una compra rápida. Allí, Karina forma parte de una familia de ocho que depende de un puesto de abarrotes y otro de tortas. Galdina, de 36 años, sostiene a sus dos hijos con las ganancias de su puesto de dulces típicos. Cristian lleva “poquito tiempo” vendiendo maquillaje en la zona: “Nada más 25 años”.

En la capital mexicana, 2,3 millones de personas viven en la informalidad laboral y, solo de manera registrada, existen alrededor de 80.000 puestos, la mayoría dedicados a la venta de comida. Pero en los alrededores del estadio de uno de los equipos más grandes del país, el giro que domina es el del fútbol: camisetas, banderas y recuerdos. Algunos vendedores se instalan solo cuando hay partido. Otros, como Beto, de 34 años, levantan su puesto todos los días, desde que sale hasta que se pone el Sol.

“Empezaron las obras y se cayó la venta. Hoy, por ejemplo, ya me voy y no he vendido nada”, dice desde su negocio, que hoy es el único de su tipo que permanece en esa zona del Estadio. No le han ofrecido un lugar en el nuevo mercado ni sabe si podrá regresar una vez que termine el Mundial. Tras diez años en el mismo sitio, se resigna a dejar el trabajo. “Yo todavía estoy joven, puedo hacerme taxista o algo, pero pienso en los compañeros que ya son grandes y tienen familia, ¿cómo le van a hacer?”, se pregunta.

Aunque ya recibieron la notificación para retirarse por el torneo, muchos comerciantes no tienen otra alternativa. “Da pena atender así a los clientes con toda la polvareda, pero más pena me va a dar no poder darle de comer a mis hijos”, dice Consuelo desde su puesto de antojitos. Muchos ya se han ido, pero al menos unos 80 vendedores permanecen. Ninguno de los consultados ha recibido información clara sobre el futuro de su negocio. Este diario contactó a la Subsecretaría de Programas de Alcaldías y Reordenamiento de la Vía Pública, dependencia encargada del proyecto de reubicación, sin obtener respuesta hasta el cierre de esta publicación.

Para Salinas, el problema no es el comercio en sí, sino la imagen que se busca proyectar. “Gran parte de las intervenciones responden más a una lógica estética vinculada al evento que a una planificación integral de la ciudad. Están pensadas para un momento específico, impulsadas por la urgencia de mostrar una imagen determinada hacia el exterior”, explica. Aunque las obras suelen presentarse como mejoras urbanas, el investigador advierte de otros efectos: el aumento en los precios del suelo, tanto comercial como habitacional, y los conflictos sociales que de ello se derivan.

“El comercio informal es un sector fundamental para la economía urbana, pero suele ser estigmatizado y desplazado en estos procesos”, añade. A su juicio, las decisiones se toman desde el escritorio, sin una consulta real a quienes habitan y trabajan en las zonas intervenidas. En el sur global, apunta, los megaeventos suelen ir acompañados de procesos de invisibilización de problemáticas sociales preexistentes. “En Brasil, por ejemplo, el Mundial fue conocido como el ‘Mundial de los desalojos’. Lo que se busca es proyectar una ciudad a la altura del norte global, aunque eso implique ocultar realidades incómodas”.

Más allá del estadio

La afectación a los comerciantes, llega más lejos del Estadio. Debajo de la calzada de Tlalpan, ajenos al caos vehicular que reina un jueves por la tarde en una avenida plagada de obras, los comerciantes de los desniveles sobreviven un día más. Sandra González lleva 40 años como vendedora en este bajo puente: “Nosotros vivimos aquí. Dormimos donde rentamos, pero vivimos aquí porque aquí cocinamos, aquí vemos un rato la televisión, aquí estamos prácticamente todo el día”. Ese espacio que cientos consideran su lugar de trabajo y sustento se ve amenazado por las intervenciones que el Gobierno capitalino planea en estos pasos peatonales.

No estoy de acuerdo porque éste es el sustento de todos. De esto vivimos. Es nuestro refugio de trabajo”, sostiene Marisela Rubio, vendedora del desnivel número 18 desde hace casi 40 años. “No soy invasora”, defiende desde su colorido local, donde asegura, el alumbrado y los servicios han sido pagados por los propios comerciantes.

El proyecto del Gobierno de Ciudad de México plantea una intervención en distintas áreas de la calzada de Tlalpan. Comprende la construcción de un corredor elevado sobre la Línea 2 del Metro que funcionará como un paseo peatonal e incluye también La Gran Tenochtitlán, una ciclovía que conectará el estadio Banorte con el centro de la capital, y contra la cual las trabajadoras sexuales de la zona se han manifestado en diversas ocasiones por las afectaciones a su trabajo.

Carlos Mackinlay, director general de Servicios Metropolitanos (Servimet), afirma que algunos desniveles conservarán su giro comercial y otros cambiarán de uso. Las negociaciones para la “reubicación temporal” en esa zona no comenzarán hasta después del Mundial. En entrevista telefónica con EL PAÍS, detalla que el plan contempla la restauración de 35 pasos peatonales: 13 en la alcaldía Cuauhtémoc y 22 en Benito Juárez. Según Mackinlay, 97 comerciantes de la primera ya firmaron un convenio, mientras que las negociaciones con los cerca de 300 vendedores de Benito Juárez aún no han comenzado.

José Antonio Peralta, representante de los comerciantes de los desniveles de Coruña y Napoleón, sostiene que cuentan con una concesión para el uso de ese espacio desde 1988. Una de las alternativas que les han propuesto es trasladarse a plazas comerciales en la avenida Izazaga, en el centro de la ciudad, una opción que la mayoría rechaza. “Nos aventaron a la fosa de tiburones. No hay forma”, dice Manuel Olvera, vendedor del desnivel 17. Mackinlay responde que en esa zona también hay comercio al menudeo y que solo 10 de los 97 vendedores de Cuauhtémoc se encuentran actualmente ahí.

La desconfianza hacia las autoridades se repite. “Cuando te corren y otra vez te contratan, vuelves a empezar”, dice Rosa Aragón, quien regenta una miscelánea bajo Tlalpan. Sobre el seguro de desempleo ofrecido por el Gobierno —entre 1.000 y 2.000 pesos mensuales durante seis meses—, los comerciantes coinciden en que no alcanza. “¿Qué vamos a hacer con 33 pesos al día?”, cuestiona Peralta. “Nosotros le estamos pidiendo al Gobierno que las obras no impliquen el cierre o el desplazamiento de los compañeros”, concluye. “No somos objetos. Somos ciudadanos”.

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