Los gestos del Rey de España aceleran el deshielo en la relación con México
El acercamiento de la Monarquía española y la respuesta de Sheinbaum abren un espacio para restaurar los vínculos políticos en un contexto marcado por las presiones de Trump, donde el rol de ambos países es clave


México y España se encaminan hacia el deshielo tras siete años de tensiones diplomáticas y uno de muestras de buena voluntad. El rastro de gestos de las autoridades españolas, de los que su contraparte mexicana ha ido tomando nota, ha culminado este lunes con el reconocimiento del monarca español de los “abusos” que se cometieron durante la Conquista. El acercamiento de Felipe VI, impensable cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador le envió una carta exigiendo responsabilidades por los desmanes de aquel periodo con los pueblos indígenas, supone un punto de inflexión. Revierte, al menos parcialmente, el cisma que se abrió en 2019. España ha ido suavizando su posición, desde la negativa total a hacer cualquier concesión hasta las recientes declaraciones del Rey, y la mandataria mexicana, Claudia Sheinbaum, ha visto con buenos ojos el viraje. En el actual contexto internacional, con Donald Trump apretando desde el norte, también a su Gobierno le conviene una desescalada y un aliado firme, con el que comparte lazos históricos y comerciales fundamentales.
El gesto no es menor. “Debemos recordar que la carta de López Obrador fue enviada al Rey, no al Gobierno de Pedro Sánchez”, apunta la internacionalista Pía Taracena. “Es importante que lo haya dicho el jefe de Estado”, completa. Meses atrás, el ministro de Exteriores español, José Manuel Albares, se había pronunciado en el mismo sentido y en el mismo espacio, la exposición sobre mujeres indígenas que México envió a España en otoño. Él no era, sin embargo, el interlocutor decisivo en la cuestión, sobre la que el Ejecutivo mexicano seguía esperando una respuesta del monarca que ha tardado siete años en llegar. Las declaraciones públicas de este lunes contribuyen a destaponar las relaciones políticas al más alto nivel y fuentes oficiales confirman que se espera la visita de algunos ministros españoles al país americano en los próximos meses.
“Tanto a México como a España les conviene una relación en la mayor sintonía, máxime en una situación global como la actual”, señala el historiador David Jorge, del Colegio de México, que enfatiza los “lazos extraordinarios” en el resto de ámbitos. España es el segundo inversor extranjero en México, solo por detrás de Estados Unidos, y México es el tercer destino de las inversiones españolas en el exterior, también por detrás de Estados Unidos y de Reino Unido. El tamaño del comercio compartido ascendió, solo en 2025, a cerca de 11.000 millones de euros, unos 12.700 millones de dólares. El fuerte distanciamiento político suponía un contraste absoluto con este área, que batió récords en 2024 con un intercambio de 12.000 millones de euros, aproximadamente.
“España siempre ha considerado a México un país estratégico. México es el país más internacionalizado y más abierto de América Latina”, dijo la consejera económica y comercial de la Embajada española en México en diciembre. Para el país europeo, añadió, México es la “plataforma” clave para poder “crecer hacia otros mercados”. El contraste era palpable también en el terreno cultural, que en todo este tiempo ha servido de puente entre los dos Estados y ha servido para mantenerse cerca en un contexto político tenso.
El entendimiento parece que alcanzará también, al fin, el terreno político, donde ambos Gobiernos juegan en un tablero internacional cada vez más resbaladizo. “El contexto para la presidenta es difícil, con las presiones de Estados Unidos por la lucha contra el crimen organizado. No se puede tener tanta tensión. [Dirá]: ‘Si me voy a estar peleando con algunos países, ya tengo suficiente con la presión de Donald Trump como para mantener la tensión con España”, pone de relieve Pía Taracena. El Gobierno de Pedro Sánchez, que encabeza la oposición europea al afán intervencionista del mandatario anglosajón, puede ser un aliado clave para México, que batalla cada día para contener las arremetidas de su vecino del norte.
A ninguno le interesa enfatizar las diferencias en un momento en el que los dos gobiernos, de tendencia progresista, simpatizan ideológicamente en las cuestiones fundamentales. Por un lado, México nunca obtendría mayores gestos de España con un Ejecutivo conservador, un sector que continúa siendo reacio a hacer concesiones sobre la interpretación de la Historia, y para muestra, un botón. El líder de la oposición española, Alberto Núñez Feijóo, ha respondido a las palabras del monarca reivindicando el “orgullo” por el “legado español”. “Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate”, ha completado el dirigente del PP, dejando claro que el viraje del Ejecutivo y de la Casa Real no es compartido por su partido.
Por otro lado, la embestida de la derecha internacional, alineada con Trump y con ganas de hincarle el diente a México, un país clave en la región, y de sacar a los socialistas del Gobierno español, los obliga a priorizar otras cuestiones de mayor urgencia para sus propios intereses. Encontrar un equilibrio que les permita mantener una buena relación política, más allá de las diferencias sobre la colonización, “es más compatible con la agenda internacional y con la agenda bilateral”, apuntala en ese sentido la internacionalista.
Con todo, el acercamiento no entierra el problema de fondo. La lectura de ese periodo de la Historia es una herida abierta que no tiene visos de cerrarse en el corto plazo. “Lo que para una parte es pasado remoto, para la otra sigue teniendo componentes de realidad presente”, templa David Jorge. “Desde el lado español no se está comprendiendo debidamente que este asunto no es mera cuestión diplomática, sino que tiene una dimensión interna”, agrega. El contexto apremia hacia una desescalada que desplace esta cuestión del foco bajo el que ha estado en los últimos años, pero eventualmente volverá, y los dos países deberán retomar la conversación donde la dejaron la última vez.
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