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Crianza
Opinión

El error de educar en la obediencia y no en el pensamiento crítico

Fomentar un modelo educativo basado en el razonamiento promueve la autonomía frente a la sumisión, permitiendo que el menor aprenda a expresar sus opiniones con respeto y a sostener sus propias decisiones

Un error común en la crianza de los hijos es confundir el respeto con la sumisión y la obediencia absoluta.RichVintage (Getty Images)

Durante décadas ha existido una creencia profundamente arraigada que sugiere que los menores son una propiedad de los adultos. En una educación adultocentrista basada en una relación de verticalidad que ha perpetuado dicha idea, se ha creído que los niños tenían la obligación de replicar las costumbres de sus progenitores, tener sus mismas opiniones, cumplir sus expectativas y, todo ello, sin opción a mostrar su carácter o su propia identidad.

La personalidad del ser humano se forma a lo largo de toda su vida. En ello interfieren diversos factores, tanto ambientales —la educación, el estilo de crianza, la cultura y el entorno—, como aspectos biológicos —la genética y el temperamento—. Lejos de ser un inconveniente, esta individualidad debe contemplarse desde una perspectiva positiva y enriquecedora para la sociedad, donde cada ser humano es único y debe defender su identidad con orgullo y seguridad.

En la primera etapa de la vida —de los 3 a los 6 años—, el pensamiento del niño se basa en ideas mágicas, fantasiosas, donde todo es posible gracias a su creatividad e imaginación, donde sigue con admiración los pasos de sus progenitores, educadores y otros adultos ejemplares para él, sin cuestionarse que no sean los adecuados o los mejores. A partir de los 7 años, el niño comienza a adquirir sus propias ideas. Su madurez cerebral le permite comenzar a iniciar una transición muy importante y necesaria para la vida, que le llevará a adquirir el pensamiento crítico. La capacidad para analizar las situaciones, hacerse preguntas, tomar decisiones y aprender a dar respuesta a las diferentes cuestiones de la vida comienza a asentarse a partir de los 9 años, pero para ello es necesario favorecer diferentes aspectos a lo largo de la infancia que potencien esa habilidad que, aunque pueda resultar incómoda de acompañar para los adultos, es necesaria y fundamental para un adecuado desarrollo y crecimiento.

El pensamiento crítico es imprescindible para forjar una personalidad propia más allá del ejemplo adquirido a través de las figuras de referencia, donde hasta los 9-10 años los progenitores han sido auténticos superhéroes para el menor. A partir de entonces comienza el cuestionamiento hacia todo lo que le rodea, siendo una transformación a veces poco sencilla de acompañar, pero necesaria para una correcta evolución y madurez del niño, donde aprenderá a poner límites de un modo asertivo y saludable, a buscar su sentido de pertenencia fuera del núcleo familiar y adquirir una flexibilidad intelectual necesaria para desenvolverse en los diferentes entornos de la vida.

El pensamiento crítico se define como la capacidad de analizar la información recibida y reflexionar sobre las normas establecidas, buscando fundamentos en diversas fuentes y manteniendo una mentalidad abierta. Aunque esta actitud suele representar un desafío para los adultos que esperan una obediencia incondicional, la aceptación de los límites se facilita notablemente cuando estos se construyen desde el diálogo y la lógica, teniendo en cuenta al niño y sus necesidades en lugar de la imposición autoritaria. Al fomentar un modelo educativo basado en el razonamiento se promueve la autonomía frente a la sumisión, permitiendo que el menor aprenda a expresar sus opiniones con respeto y a sostener sus propias decisiones sin ceder a presiones externas.

Respeto frente a sumisión

Un error común en la crianza y la educación de los hijos es confundir el respeto con la sumisión y la obediencia absoluta. Es necesario que los menores aprendan a poner límites y a expresar aquello que no les agrada y, para ello, deben comenzar haciéndolo en el entorno de mayor seguridad y confianza que tienen; es decir, dentro de su hogar. Este aprendizaje es fundamental para la vida. Un niño que no sabe poner límites dentro de su núcleo de seguridad no será capaz de ponerlos fuera de este. Si crece creyendo que decir “no” es faltar al respeto al otro, habrá adquirido la idea de que la sumisión es respeto y educación, por lo que no sabrá identificar un abuso frente a una norma o un límite. Saber decir que no con respeto y amabilidad no muestra desobediencia, sino criterio propio y una capacidad de comunicación asertiva.

Estos son algunos de los cimientos fundamentales para crecer con una inteligencia emocional sana y fuerte, donde se valoran y tienen en cuenta las necesidades y derechos de cada uno de los miembros de la familia. Un niño que se cuestiona es un niño curioso, con iniciativa, que no se conforma, investiga, busca información, la contrasta, encuentra nuevos métodos, se enfoca en la solución y no en el problema, descubriendo y generando nuevas ideas. Un menor que aprende a defender sus propias ideas, desde el respeto, la serenidad y la empatía, comprenderá que no existe un solo criterio válido en el mundo, sino un amplio abanico donde todas las opiniones son necesarias e importantes.

El niño no solo necesita de sus progenitores para crear su personalidad, sino que, a partir de los 5 o 6 años, su círculo social se expande y las amistades cobran un peso significativo. Encontrar un sentido de pertenencia dentro de su grupo de iguales se vuelve fundamental para la construcción de su identidad. Por ello, es normal que durante la infancia y la adolescencia tomen decisiones influenciadas por su círculo más próximo, variando sus gustos, aficiones o manera de vestir.

Este proceso de imitación de los iguales es un camino esencial en su crecimiento personal. El papel de los adultos en esta etapa debe ser el de acompañarles desde la presencia y la disponibilidad, sin emitir juicios de valor. Es necesario empatizar con el momento evolutivo del niño, entendiendo que su búsqueda de sentido de pertenencia en la sociedad es una etapa natural y necesaria para su desarrollo.

En conclusión, la educación de los hijos requiere de confianza en el proceso, diálogo, comprensión de las necesidades de cada etapa del desarrollo y respeto mutuo. Comprender que los hijos tengan su propio criterio es descubrir que tan solo están transitando la etapa que les corresponde en este momento, por lo que un adecuado desarrollo evolutivo implica desobediencia, cuestionamiento y diferencias de opinión, que deben ser siempre acompañadas con afecto, límites, seguridad y respeto.

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