Cuatro angustiosos años en la zona de Jersón ocupada por Rusia
Los drones y los controles militares están presentes en la vida diaria de los habitantes de una zona donde no quedan ya carteles en ucranio


En el norte de Crimea, en la fina lengua de tierra de Dzhankói que separa la península del continente, varias líneas de fortificaciones abandonadas rusas evocan el momento en el que el ejército ucranio revertió el curso de la guerra. La hierba se mece hoy entre infinitas filas de dientes de dragón, trincheras y búnkeres construidos por los rusos a toda prisa a finales de 2022, cuando las fuerzas de Kiev recuperaron la mayor parte del territorio conquistado por el Kremlin y expulsaron a su enemigo a la orilla contraria del Dniéper en una serie de contraataques sorpresa. Occidente prometió entonces a Ucrania una ayuda tardía que sigue llegando a cuentagotas. Y Moscú frenaría la esperada ofensiva, previsible y aplazada varias veces, apostando por una guerra de desgaste a la espera del advenimiento de Donald Trump. El conflicto se enquistó, Trump decepcionó a todos, y sobre las zonas ocupadas de Jersón y Zaporiyia se extendió un manto de opacidad impuesto por las autoridades rusas. Al otro lado del río miles de civiles han abandonado sus hogares y quienes quedan viven bajo dos amenazas: los bombardeos de una guerra sin horizonte y la estrecha vigilancia de las fuerzas de seguridad rusas, recelosas de los sabotajes en un territorio que controlan desde hace cuatro años.
“Esta provincia está bajo ley marcial”, exclama el capitán de la policía militar rusa en la localidad costera de Henicheska Hirka, renombrada en ruso como Guenícheskaya Gorka, en el proclamado oblast de Jersón, a decenas de kilómetros del frente. El oficial sentencia que quien manda en esa región es el ejército, no la administración civil colocada por el Kremlin ni los servicios de seguridad.
Este pueblo es un suburbio de Gueníchesk, el centro administrativo ruso de la zona desde que la capital, Jersón, fuese recuperada por las tropas ucranias en noviembre de 2023. “Me matarían si vuelvo”, dice a este periódico uno de los empleados de la administración rusa evacuada durante los avances de Kiev.
La localidad, repleta hasta la bandera de puntos de control, vive ahora bajo el huso horario de Moscú, una hora más que en Kiev. Putin decretó que los ucranios sin pasaporte ruso fueran deportados y privados de los servicios esenciales desde septiembre del año pasado, y el idioma ucranio ha sido borrado de todos los carteles. Un enorme póster promociona Moscú, Kremlin, Putin, un programa de uno de los canales de propaganda rusos.
La presencia militar rusa impone. “Nadie te va a contar si mantiene el contacto con sus conocidos al otro lado del río”, advierte a este periódico una fuente de la administración rusa. La filtración en los puntos de control es férrea. Aquellos que se marcharon al lado ucranio u otros países solo pueden volver a sus casas cruzando la frontera rusa por el aeropuerto moscovita de Sheremétievo, donde les esperan los interrogatorios del Servicio Federal de Seguridad (FSB). Y quienes quedan en este territorio viven con el temor a decir algo que no guste en una de las filtraciones.
La resistencia clandestina se ha debilitado enormemente, según reveló una fuente de los servicios secretos ucranios al diario The Economist. “Nadie domina el arte de la ocupación como el Kremlin”, contaba el medio la pasada semana.
Los únicos partidos políticos permitidos en la Jersón ocupada son la formación de Putin, Rusia Unida, y sus satélites en el Parlamento ruso. No existe ninguna representación local tras casi un lustro bajo control ruso. Un cartel desgastado por el tiempo muestra al gobernador impuesto en la zona, Vladímir Saldo [Volodímir antes de la invasión], con una familia feliz. Saldo, antiguo alcalde de Jersón y miembro del Partido de las Regiones del expresidente Víktor Yanukóvich, siguió activo en la política ucrania tras las protestas de Maidán de 2014, aunque sus resultados (30% de votos en Jersón en 2020) le llevaron a la oposición.
Este veterano político llegó a decir al principio de la invasión rusa, en marzo de 2022, que la provincia de Jersón y su capital son ucranias. Sin embargo, sus declaraciones no impidieron que un mes después fuese nombrado jefe de la administración cívico-militar por el Kremlin, interesado en tener caras conocidas para legitimar su presencia en la zona. Una asesora de Saldo, Olga Spivakina, dijo que “fue obligado” a aceptar el puesto.
Una vida bajo drones
El viaje acaba antes de tiempo, circunstancias de este lado del frente. Sin embargo, se puede entrever la enorme incertidumbre con la que vive la población de aquel territorio. No solo por los controles, sino por la amenaza constante de la guerra.
“No solo es peligroso en el río. Radensk, Kostogryzovo… Los drones llegan a 20 o 30 kilómetros en el interior, atacan a los coches, no es aconsejable ir”, subraya otra fuente de la administración. Según algunos medios próximos al Kremlin, en la franja norte solo quedan mayores y gente discapacitada que no tiene dónde ir, además de las tropas rusas. “Casi todo el mundo se ha venido aquí [Gueníchesk]”, recalca la misma fuente.
Un militar confirmó hace tiempo por teléfono los riesgos de acercarse al río. “En Oleshki cualquier coche civil despierta sospechas. Los drones están por todas partes, y no solo en Oleshki [ciudad en la ribera opuesta de Jersón], también muy detrás. Si tienes que ir, hazlo con cuidado, aunque también es un subidón de adrenalina. Mola, niiiooon, niiiooon”, dice copiando el sonido de sus aspas.
Una madre y sus hijas atienden el hotel Sen Jack de la zona turística de Gueníchesk. Antes vivían en la ribera del Dniéper, una zona maldita desde hace cuatro años, tanto por los drones como por la destrucción de la presa de Kajovka el 6 de junio de 2023, justo antes de la anunciada gran ofensiva ucrania. Los servicios de inteligencia ucranios y occidentales culparon a Moscú de una inundación masiva que impidió el avance ucranio en aquel frente a costa de arrasar varias localidades que siguen sin ser reconstruidas. Según las autoridades rusas murieron 59 civiles, aunque equipos de salvamento cifraron en más de 200 los fallecidos solo en Oleshki.
Las personas que viven en aquellas zonas se ven obligadas a viajar a los municipios más alejados del frente para recibir sus pensiones y ayuda básica. Las ambulancias rara vez acuden allí por el riesgo de ser atacadas. Pocas organizaciones de voluntarios llevan ayuda de vez en cuando. De hecho, incluso Cruz Roja Internacional no opera en los territorios controlados por Rusia en Jersón y Zaporiyia. Solo está presente en Donetsk y Lugansk
Las grandes victorias rusas
El Kremlin se anexionó en el papel de su constitución las regiones completas de Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Lugansk tras teatralizar allí unos referendos bajo las bombas y las patrullas militares en septiembre de 2022. Salvo esta última, sus fuerzas están lejos de controlar el resto, aunque las reclama en las infructuosas negociaciones mantenidas el último año. El 20% que mantiene Ucrania en Donetsk está densamente fortificado, y en Zaporiyia y Jersón no posee sus dos capitales provinciales, precisamente los principales núcleos urbanos [con la excepción de la central nuclear de Energodar] en dos territorios de extensos cultivos de tierras negras y resorts costeros.
En cualquier caso, Rusia está lejos de la derrota. Aunque no ha logrado doblegar a Ucrania, se ha anotado varias importantes victorias militares en estos cuatro años.
El Kremlin ha reforzado su posición sobre Donbás, donde Mariúpol, todavía en ruinas, es la joya de la corona de la ofensiva de Putin. Además, Moscú cuenta con que, a diferencia de Jersón y Zaporiyia, las zonas que ya dominaba en Donetsk y Lugansk antes de 2022 han rusificadas tras doce años de conflicto y cambios demográficos.
“Nadie hablaba de unirse a Rusia en 2014, todo ha cambiado”, dice a este periódico un militar que desertó de las fuerzas armadas ucranias en 2015 para unirse a las agrupaciones rebeldes apoyadas por el ejército ruso.
“No quería matar a los míos en lo que Kiev llamaba una operación antiterrorista”, afirma el militar, hoy oficial del Grupo Wagner. “No se trata de Yanukóvich. Ya vimos lo que pasó en Libia y Siria, los cambios de poder por la fuerza provocan guerras civiles”, subraya.
Por otro lado, Rusia ha consolidado con sus avances su control sobre el Mar de Azov y Crimea, península que se anexionó contra toda ley internacional en 2014 y que Kiev reclamaba antes de la guerra solamente por la vía diplomática.
Una extensa lengua de tierra de medio millar de kilómetros une ahora Crimea con la Rusia continental a través de Jersón, Zaporiyia y Donetsk. Pero el viaje es largo debido al cierre del espacio aéreo por la guerra: toma un día de tren o carretera hasta llegar a Rostov del Don, y otro día más a través de territorio ocupado a través de una autovía que solo ha sido remodelada hasta Mariúpol.
Este camino es la única vía viable para cruzar todo aquel territorio, aunque apenas circulan coches civiles. Se ven más camiones de mercancías que marchan rumbo a Crimea y vehículos militares.
Aunque el Kremlin considera “iguales” todos los territorios, un intenso control fronterizo en el paso entre Jersón y Crimea separa dos mundos aparentemente diferentes, el de vivir bajo la ley marcial y el de vivir bajo una frágil tranquilidad.
“Alerta de cohetes, diríjanse al refugio más cercano”, resuena de pronto en los altavoces de aquel enorme checkpoint. El agente fronterizo devuelve a toda prisa el pasaporte y todo el mundo se dirige a buscar protección.
A diferencia de los búnkeres de hormigón de ciudades rusas fronterizas con Ucrania, como Bélgorod, este es de lujo: tiene una puerta blindada y calefacción. “En los baños está más templado”, bromea sin éxito un señor mayor vestido de camuflaje. Además de contar chistes malos, pregunta al militar que guarda la entrada si los misiles “son de los nuestros o de ellos”. Lo más probable es que fueron cohetes ucranios cruzando la zona en su rumbo contra alguna instalación militar en la profundidad de Crimea.
Nadie más habla, pero reina la tranquilidad salvo por un perro de dos años que se mueve nervioso en aquel espacio cerrado. Tras cuatro años de guerra, la gente se ha acostumbrado a que los misiles y drones sobrevuelen sus cabezas.
Es la normalización de lo anormal. En Crimea no están declaradas ni la ley marcial que rige en los territorios conquistados desde 2022 ni la “operación antiterrorista” de las provincias rusas fronterizas con el norte de Ucrania. No hay controles como en aquellos territorios y los turistas rusos acuden en masa en verano, aunque las bombas siguen cayendo en zonas donde hay instalaciones militares, como Sebastopol.
Una alegoría de la normalización de la guerra es el puente de Crimea, el viaducto que une la península del Mar Negro con la Rusia continental a través del estrecho de Kerch y que es uno de los grandes símbolos del putinismo. Una inmensa obra alzada en 2019 que consta de dos puentes de más de 16 kilómetros, uno ferroviario y otro para vehículos, y que es objetivo de constantes ataques ucranios por todos los medios, incluyendo su destrucción parcial en 2022 que le costó la vida al conductor de un camión de carga engañado por los servicios secretos de Kiev.
El puente de Crimea es el único puente de Europa que tiene unas medidas de seguridad dignas de un aeropuerto. Antes de cruzarlo, sus vigilantes entregan una ficha por pasajero que deberá ser devuelta al pasar los controles. Entre medias, los agentes revisan desde los bajos del coche al motor mientras las mochilas son escrutadas por máquinas de rayos x. Medidas de seguridad extremas de una guerra que, cuatro años después de ser desatada, no tiene visos de acabar pronto.
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