El año en el que el mundo se asomó al abismo autoritario de Donald Trump
El primer aniversario del segundo mandato del republicano deja un país roto y una escena internacional a merced del ‘show’ impredecible de la Casa Blanca


El 20 de enero de 2025, el próximo martes hará un año, Estados Unidos emprendió una huida hacia el abismo: la segunda huida de Donald Trump.
Han sido 12 meses de vértigo autoritario. De cruzar un impensable rubicón tras otro sin tiempo para mirar atrás. Un año desde su toma de posesión en el que el mundo ha asistido al deterioro, tal vez sin remedio, de una de sus democracias más antiguas, instalado en la impredecible cabeza del hombre más poderoso del planeta, que resulta ser también uno de los más caprichosos.
El carrusel desbocado de la segunda presidencia de Trump ha avanzado en un tiempo que a menudo pareció una eternidad dando bandazos a merced de los cambios de humor, las amenazas, el clima de venganza, las exageraciones y las mentiras, los insultos y las bromas de dudoso gusto, casi siempre vertidas en Truth, su red social. Y lo ha hecho con una sola certeza: como admitió él mismo la semana pasada en una entrevista en The New York Times, el único límite de su poder al frente de un imperio amenazado por China no es ni siquiera el decoro institucional o las maneras que solían regir la política tradicional, sino su propia “moralidad”.
Nadie puede decir, con todo, que lo sucedido en el arranque de este mandato Trump 2.0 haya sido una sorpresa. Mucho lo prometió en campaña, aunque tal vez sus votantes cayeron en el error común de quienes aconsejan tomarse al republicano en serio pero no literalmente.
No solo: después de dejar el poder a regañadientes en 2021, con una derrota en las urnas que aún se niega a admitir, y tras instigar el asalto al Capitolio, pasó cuatro años de travesía en el desierto en los que tuvo tiempo de urdir en público la revancha de su regreso. También, de rodearse del equipo de fieles que —desde su Gabinete y con la complicidad (o la apatía) del Supremo y del Partido Republicano en el Congreso— están permitiéndole llevar a cabo —ante la impotencia (o la ineptitud) demócrata— su agenda autoritaria, sin ofrecer resistencia a su obsesión por ampliar el poder ejecutivo.
Pese a que había precedentes, es al mismo tiempo —en otra de esas paradojas que solo propicia la habilidad de Trump para dominar el relato— casi imposible salir del asombro cada día o incluso seguir la pista de la producción de la Casa Blanca. Se trata de una mareante avalancha de gestos, un alud de efectos narcóticos en la capacidad de indignarse de aquellos que no forman parte de la base fiel de Trump: ese movimiento MAGA (Make America Great Again) que suma un 35% del electorado, según las encuestas.
La hiperactividad de un presidente con los días contados (no por su edad, 79 años, sino porque la Constitución, salvo que él la cambie, le impide presentarse de nuevo en 2028) se ha traducido en una lista imposible de resumir de decretos y decisiones ejecutivas que afectan a todos los órdenes de la vida estadounidense y que han alterado los equilibrios de poder del mundo.

Asuntos internos
El tsunami empezó el mismo 20 de enero en el Despacho Oval, donde cumplió la primera de la larga lista de promesas que pocos creían que honraría: el indulto a unos 1.500 procesados por el asalto al Capitolio de 2021.
Casi 365 días después, la marea no da señales de retroceder. Ha habido decisiones (solo) de apariencia risible —como obligar a aumentar la presión de las duchas o proscribir las pajitas de papel—, iniciativas para bajar el precio de los medicamentos o mejorar la alimentación de los estadounidenses, y, sobre todo, medidas de graves consecuencias para las minorías, las personas trans, el consenso científico, los abogados disidentes, la cultura crítica con el poder, el modo en el que Estados Unidos se cuenta su historia o la libertad académica, de prensa y de expresión.
En clave interna, todo parecía girar al final del invierno pasado en torno al Gobierno de los milmillonarios y a Elon Musk, que, antes de su sonoro divorcio de Trump, se colocó a los mandos de esa motosierra del gasto público llamada Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE); y desde allí provocó el despido de decenas de miles de funcionarios, recortes en una agencia federal tras otra y la aniquilación de la ayuda a la cooperación de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).
En primavera y en verano arreciaron el acoso a la independencia de la Reserva Federal y la ofensiva de los aranceles, que, si bien sacudieron el comercio mundial y mantuvieron en vilo al mundo, no han hecho tanta mella como los analistas se temían en una economía resistente. Y en otoño llegó el cierre de la Administración (la suspensión de ciertos servicios y sueldos públicos por la ausencia de financiación) más largo de la historia y la destrucción del ala este de la Casa Blanca para construir un gigantesco salón de baile pagado por el presidente y sus amigos.
Esa reforma en la Casa Blanca es la mejor metáfora del desguace de la democracia estadounidense y de las prisas de Trump, con su alma de promotor inmobiliario, por apuntalar su legado. Ha buscado hacerlo también a base de poner su nombre a todo, desde el Kennedy Center en Washington a una nueva hornada de buques de guerra, o de rebautizar golfos como el de México (América) o departamentos como el de Defensa (Guerra).

Y así se llegó a este segundo invierno —del descontento, según las encuestas, que acumulan más de 300 días de malos índices de popularidad presidencial—. Un policía mató la semana pasada en Minneapolis a la estadounidense Renée Good, en un incidente que las pruebas gráficas certifican como un asesinato pero el trumpismo considera un “acto en defensa propia”. La toma de esa ciudad ha puesto el foco sobre la instrumentalización política de los cuerpos de seguridad y del Departamento de Justicia para perseguir a los enemigos del presidente. También, sobre el terror de la agenda migratoria de la Administración estadounidense.
Esta ya había desplegado toda su crudeza a la altura de febrero con la deportación al infierno de una cárcel de máxima seguridad en El Salvador de más de 250 venezolanos sin juicio previo. Y no ha aflojado en los 11 meses siguientes, en una carrera desesperada por cumplir otra de las ambiciones del inquilino de la Casa Blanca, que puede presumir de haber “cerrado” la frontera sur pero aún está lejos de llevar a cabo la “mayor deportación de la historia”.
Muchos de sus compatriotas tal vez estén de acuerdo con el fin (ordenar la inmigración irregular), pero los sondeos indican que no lo están con los medios. Son los mismos ciudadanos que han empezado a salir de paseo con el pasaporte en el bolsillo, no vayan a ser confundidos con un “ilegal” y acabar detenidos. En este año, más de 600.000 personas han sido deportadas y otros dos millones han optado por marcharse del país ante el acoso, según datos oficiales.

Cuando Trump ganó por primera vez en 2016, el clásico de Sinclair Lewis Esto no puede pasar aquí (1935), distopía sobre un populista que lleva a Estados Unidos por la senda de la dictadura, se convirtió en un inesperado éxito de ventas y en una socorrida referencia que ahora retoma el titular de la portada del último número de The New Republic. “Esto está pasando aquí”, proclama, para presentar un número especial sobre “cómo Trump está convirtiendo Estados Unidos en un Estado policial”.
Porque Mineápolis es solo la última ciudad demócrata, tras Los Ángeles, Washington o Chicago, a la que el Gobierno ha enviado tropas enmascaradas con el pretexto de la seguridad ciudadana, mientras la izquierda debate sobre si ha llegado el momento o no de empezar a hablar de “fascismo”.
Terremoto geopolítico
También está pasando en política exterior, donde Trump ha impuesto su ley del más fuerte. Durante la campaña que lo llevó de vuelta a la Casa Blanca, prometió que acabaría con las guerras de Ucrania y Gaza nada más sentarse tras el Despacho Oval; pero, de momento, además de una colección de tomaduras de pelo del presidente ruso, Vladímir Putin —que le ha hecho creer varias veces en un falso compromiso de buscar la paz—, solo ha logrado un frágil alto el fuego y un plan de paz entre Israel y Hamás que se resiste a pasar a su segunda fase.
Sus votantes lo apoyaron confiando en que los días de Estados Unidos como la policía del mundo habían llegado a su fin. Pero en su primer año ha reforzado las Fuerzas Armadas, ha bombardeado Irán y el pasado día 3 capturó —en una operación militar en Caracas que mató a más de 80 personas— al autócrata venezolano Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, que ahora esperan juicio en Nueva York.
La sombra de una nueva aventura bélica sobrevuela estos días el aniversario de su toma de posesión, con un Trump envalentonado, que sopesa un ataque al régimen de los ayatolás en respuesta a los miles de muertos durante la represión de las protestas ciudadanas en Irán.

La intervención en Venezuela fue el colofón a una campaña de ejecuciones extrajudiciales que en apenas cuatro meses acabaron con la vida de más de cien tripulantes de supuestas narcolanchas; y a la interceptación de petroleros con origen o destino en Venezuela, país cuyo incierto destino está ahora en manos de Estados Unidos, como lo está el de sus fenomenales reservas de crudo.
También fue la confirmación de la resurrección por parte de Trump de la Doctrina Monroe (Donroe, por Donald): vuelven los tiempos de la intervención de Washington en América Latina en favor de sus intereses. Tanto por la fuerza —tal vez, nada parece ya imposible, con bombardeos selectivos del narco en territorio mexicano— como a base de influir en las elecciones, de Argentina a Honduras. En estos dos países, por ejemplo, Trump amenazó abiertamente con cerrar el grifo de la ayuda económica si no ganaban sus candidatos afines.
Esa parte quedaba clara en el documento de Estrategia de Seguridad Nacional, que en diciembre apuntaló igualmente las nuevas reglas de la relación entre Estados Unidos y Europa, continente que, sostenía el texto, se enfrenta a la “desaparición de su civilización”. Contra esa “amenaza”, la Casa Blanca tiene una receta: pelear desde dentro, apoyando a los partidos de ultraderecha cuyas tesis ha hecho propias.
Fue otra sacudida en la relación transatlántica, que empezó el año con la presión sobre los socios de la OTAN de aumentar el gasto militar hasta el 5% y termina con la ofensiva de Trump para hacerse con Groenlandia, que ha puesto a Dinamarca (país del que la isla ártica forma parte) y al resto de la UE en alerta. Trump se empeña en decir que la propiedad de la isla más grande del mundo es crucial para la seguridad de la primera potencia mundial y para imponerse en el teatro del Ártico a Rusia y a China.
En Washington, pocos ven en esa obsesión otra cosa que una clásica estrategia negociadora de Trump: una apuesta maximalista para ver dónde logra quedarse mientras recoge cuerda. O como una maniobra de distracción para hacer que no se hable de asuntos más incómodos: el coste de la vida y la promesa incumplida de controlar los precios, o los papeles de Epstein, escándalo que ha perseguido en estos meses al presidente, que fue amigo del millonario pederasta durante años. El Departamento de Justicia está obligado por ley a difundir los archivos del caso, pero un mes después sigue poniendo toda clase de excusas para evitar hacerlo.
En un Estados Unidos cada vez más parecido a la trama paranoica de una novela de Thomas Pynchon, la sensación a menudo es la de vivir tras una cortina de humo. Basta conectar cada día con el show ininterrumpido de la Casa Blanca, donde cada nuevo espectáculo, cada mensaje en la red social Truth, acostumbra a superar (y hacer olvidar) el anterior.
En estos 12 meses el mundo ha visto la sede de la presidencia convertida en un concesionario de Tesla (propiedad de Musk); en escenario de una encerrona para humillar a un supuesto aliado, el ucranio Volodímir Zelenski; y al líder del mundo libre peleando para no dormirse ante las cámaras. Y todo ello en un Despacho Oval que iba ganando en dorados y en adornos y llenándose por momentos como un plató de televisión al que los entrevistados llevan regalos.
En el caso de este plató, los agasajos los traen visitantes confiados en que cosquillear el ego de Trump es la mejor forma de ganárselo o, al menos, de apaciguarlo. Este, cómodo con la diplomacia del vasallaje, ha recibido satisfecho desde una carta de Carlos III de Inglaterra a un sucedáneo del premio Nobel de la Paz inventado por el presidente de la Fifa Gianni Infantino, o, esta misma semana, la medalla auténtica de la última merecedora de esa distinción, la opositora venezolana María Corina Machado.
Obtener ese reconocimiento, el Nobel de la Paz, ha sido otra de las extravagantes obsesiones de Trump durante este año que han tenido pendientes al mundo entero, pese a lo cual la Academia noruega no quiso dárselo en 2025, tal vez porque el presidente de Estados Unidos exagera al decir que ha acabado con “ocho o nueve guerras”.

El nuevo año
El siguiente acto de la segunda era de Trump, a punto de empezar, no está claro que vaya a ser el año en el que obtenga el Nobel. Será seguro el de las decisivas elecciones de medio mandato, en las que se renuevan la Cámara de Representantes al completo y un tercio del Senado. O no tan seguro: el presidente dijo esta semana en dos ocasiones que, en vista de que estas suelen ser tradicionalmente malas para el partido en el poder, “no deberían celebrarse”. Su portavoz, Karoline Leavitt, lo disculpó después: solo estaba “bromeando”.
Lo cierto es que los sondeos auguran que los republicanos perderán al menos la Cámara de Representantes, lo cual podría abrir la puerta a un impeachment (juicio político) como los dos a los que Trump ya sobrevivió en el pasado.
El país celebra asimismo en 2026 los 250 años de su independencia y el medio siglo de otra conmemoración, la del bicentenario. Aquellos fastos de 1976 se recuerdan como un momento de unidad en torno a un pasado común de una sociedad que emergía de la guerra de Vietnam y del escándalo del Watergate. Con Trump —que ha desaprovechado en su primer año oportunidades como los asesinatos de una congresista de Minnesota o del líder juvenil MAGA Charlie Kirk para hacer un llamamiento a la concordia— no parece sensato confiar en que aquel pegamento mágico vuelva a aglutinar a una sociedad polarizada y con un discurso público cada vez más degradado gracias a las redes sociales.
Para salir de dudas habrá que esperar hasta el 4 de julio, día de la gran celebración. Faltan poco más de cinco vertiginosos meses. Toda una eternidad en este tiempo, el tiempo de la segunda huida hacia el abismo de Donald Trump.
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