Ir al contenido
_
_
_
_
Opinión
Cuba
Opinión

Cuba: la sinceridad del oligarca y la flotilla humanitaria

La solución en los términos de Washington podría traer la liberación de los presos, la apertura a la inversión o la destitución de alguna figura de peso, pero los objetivos últimos responderían a los intereses de un organismo depredador

Protesta contra el Gobierno de Cuba en Miami, en febrero de 2026. Marco Bello (REUTERS)

Después de todo, hay que agradecer el obsceno imperialismo de Donald Trump cuando dice que “tendrá el honor de tomar Cuba” porque “él puede hacer lo que sea cuando quiera”. Este nivel de desfachatez destruye los refugios retóricos de los actores políticos menores, que no tienen dónde meterse ante las frivolidades y los divertimentos humillantes del usurpador. Hay algo primario, poco elaborado, en la crueldad de Trump, seguramente porque a través de él se expresa el inconsciente del capitalismo. En ese rol de figura goyesca desatada, de delator de un proyecto de colonización tecno-cristiana, solo Javier Milei llega más lejos. Hace apenas unos días, en su discurso ante la Bolsa de Comercio de Córdoba, el mandatario argentino alcanzó a preguntarse para qué el Creador le había dado el planeta al ser humano, si no para romperlo.

Lo que, en su puesto de presidente de Estados Unidos, Trump estaba llamado a proteger, las formalidades democráticas del despojo, ha sido puntualmente desmontado. Contrario a uno de los cuentos del conde Lucanor, aquí los pícaros que le cosen el traje al rey (y esos pícaros vendrían siendo la mayor parte de los líderes occidentales y también de un poco más allá) se empeñan en hacerle creer a la plebe que el rey todavía lleva ropa, pero es el propio rey el que insiste en recordar que va desnudo. Las consecuencias de esa admisión están siendo traumáticas, aunque a la vez ha destruido los automatismos del lenguaje político consensuado, y de una destrucción semejante tendría que aparecer un habla nueva.

El rey sabe, los pícaros saben, la plebe sabe, pero lo que un orden no resiste es la transparencia de que todos sepan que no hay nadie que no sabe. En un pasaje de Realismo capitalista, Mark Fisher señala que esa es la razón por la que el discurso de Jrushchov en el XX Congreso del Partido fue tan peligroso, porque, a pesar de que todos conocían los desmanes de Stalin, impidió seguir fingiendo que se ignoraban. Lo singular aquí es que, para la trama del neoliberalismo, Trump ha sido Stalin y Jrushchov al mismo tiempo; quien lo promueve y quien lee su acta de defunción.

La solución de Cuba en los términos de Washington podría traer, eventualmente, la liberación de los presos políticos, determinada apertura a la inversión privada, quizá la destitución de alguna figura de peso en la nomenclatura comunista, pero los objetivos últimos de ese acuerdo responderían a los intereses no de un gobierno extranjero, sino de un organismo incluso más depredador: un oligarca. Si los cubanos creen que Trump podría enterarse de que recientemente hubo en Morón, Ciego de Ávila, una fenomenal revuelta contra el poder represivo castrista, y de que contemplaría la inclusión de esas personas y sus vidas en una presunta mesa de negociaciones, es porque han pasado por alto cómo funciona la cabeza de un rico. Que la clase de Trump se apodere o controle Cuba, tal como han venido haciéndolo en Venezuela, es justo lo que Trump considera un cambio político, y en ese camino no habría por qué deshacerse de la élite castrista.

Un oligarca no es enemigo de otro y el tipo de estabilidad que un oligarca necesita no puede provenir de un mandato popular. Tampoco hay ninguna razón que obligue al Gobierno cubano a cumplir con ciertas normas de democratización liberal, cuando lo que queda de esas normas está siendo desmantelado en todas partes. La transformación requerida podría limitarse a la acogida de inversores multimillonarios y al control económico de una isla que no puede seguir a la deriva, en medio de las sacudidas de un orden mundial sometido a los delirios de una guerra religiosa.

En el exilio cubano, donde gran parte de sus actores políticos han vendido el alma a Trump (aunque bien puede argumentarse que se trataba de un alma vendida con antelación), la pose de capataz y el tono de desprecio del presidente estadounidense hacia Cuba apenas ha encontrado resistencia, lo que los coloca en una posición de vasallaje de la que el lenguaje opositor no los puede salvar, incluso con todos los relativismos morales que fuera de la isla te permite la jerga anticastrista. Menos Ramón Saúl Sánchez, líder del Movimiento Democracia, ninguna figura visible parece indignada ante un trato tan degradante de su país, quizá porque el chantaje público al que vive sometida la diáspora cubana les impide quebrar las consignas marciales de la disidencia. Una de ellas, quizá la más grave, dado que va contra la propia razón del ser disidente, es la que pregona que la nación es más grande que el castrismo, pero al mismo tiempo no está dispuesta a admitir que los cuidados de la nación no concluyen en la denuncia del orden castrista, pues eso implicaría no ocuparse de Cuba en su totalidad.

Desde luego, ante la incapacidad de Trump de practicar los abusos en privado, nadie ha quedado tan descolocado como el propio régimen de La Habana. Nunca recibieron, de ningún presidente estadounidense, insultos y amenazas tan explícitas, y jamás respondieron con menos energía. Después de las últimas declaraciones en las que Trump habla de Cuba como su cuarto de desahogo (probablemente el lugar adonde irá a purgar sus penas cuando salga trasquilado de Medio Oriente), Miguel Díaz-Canel publicó un tuit en el que decía que “cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable”. La opinión internacional lo ha tomado como una réplica subida de tono, pero quien conozca los decibeles de bravuconería de la propaganda oficial sabe que su mensaje no significa nada.

En última instancia, ese tipo de libreto, que parece recitado como un responso, tiene un carácter puramente comercial, el de haber hecho de la revolución un commodity, y va dirigido a la zona de la izquierda que no solo termina banalizando el genocidio palestino cuando propone la expedición de una flotilla de ayuda a La Habana bajo los mismos argumentos que utilizaron en Gaza, sino que además insiste en pasar por alto la lección aprendida en Venezuela. A pesar de tantas advertencias, incluso desde la propia izquierda, aquellos que seguían hablando hasta hace muy poco de «proceso bolivariano» tuvieron que enfrentarse al hecho de que una casta corrupta y criminal los había traicionado de la noche a la mañana.

En Cuba va a suceder lo mismo, y mi problema con lo que creo oportuno nombrar como “colonialismo emancipatorio” es que sus practicantes hacen lo que sea para entregarle a Washington el monopolio de la injusticia con tal de reservarse ellos el monopolio de la indignación. Esta distribución de roles reproduce una lógica extractiva, y aunque lo que digo podría confundirse con los discursos de reinvindicación típicos de las políticas de la identidad, realmente apunto a otro sitio: a la justificación de la desigualdad y la pobreza al interior de los territorios del capital, en nombre del anticapitalismo global; a la manera en que el gran retablo político puede ignorar la realidad económica concreta. La experiencia de un trabajador en manos del propietario equivocado tiene menos peso que la verdad moral de un altruista embriagado con su universalismo provincial.

Ante regímenes afines ideológicamente, el disfraz del internacionalismo sirve para desembarcar en los pueblos después de que Estados Unidos haya marcado el tiempo de la realidad. La flotilla humanitaria pudo haber llegado a La Habana hace cinco meses, hace dos años o hace cuatro, la situación del país no es peor hoy que en ese entonces, pero en aquel momento no había una foto antimperialista que tomarse. Así saquean, como conquistadores, la reserva simbólica del conflicto en disputa. ¿Para qué alguien de izquierda va a Cuba en tales condiciones, si no para el cultivo reaccionario de su propia épica? Y esa es la verdadera esencia del viaje, su impronta turística, algo que lo decide la historia y que no depende de la voluntad de ninguno de los implicados.

Las toneladas de ayuda que el convoy lleva a la isla son el precio de un paquete de promoción con rumbo al sitio arqueológico donde descansan las ruinas ideológicas de una utopía muerta. Veinte toneladas de insumos para estremecerse con el pasado, repartir migajas filantrópicas y estrechar la mano del opresor, es un monto asequible que se cubre a crédito, de la misma manera que otros pagan un crucero por el Caribe para visitar las playas paradisiacas de Bahamas o Dominicana. Son imágenes de la publicidad cuyo exotismo despierta los estímulos del consumo, y allí donde el gringo de Missouri sale al lado de un cocotero, con un mar color turquesa de fondo y una mulata tomada de la cintura, el guerrillero de Madrid aparece en una casa apuntalada, agarrándole la mano a una señora miliciana de ochenta años, sentada en una silla de mimbre frente a un televisor apagado y al borde de la desnutrición. Ambos pagan a precio de saldo una plenitud carísima para el paisaje que la propicia.

El exorcismo necrosentimental, la satisfacción burguesa con las emociones propias, hacen de esta delegación un colectivo new age en busca de que los estafen con ayahuasca fidelista preparada para blancos mochileros. Pero, como se sabe, todo turista estafado es en realidad el arquitecto de la estafa. Y tiene sentido. Desde mucho antes de que ellos aparecieran, no había ningún lugar como Cuba donde pasar por revolucionario te saliera tan barato.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_