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El supuesto plan de Trump para cambiar Cuba sin deshacerse de los Castro desata la polémica en el exilio

El supuesto acuerdo entre Washington y La Habana, publicado por ‘USA Today’, implica apertura económica, pero no libertades en la isla

Donald Trump en el Air Force One, en Delaware, a Miami, el sábado 7 de marzo.Mark Schiefelbein (AP)

Las supuestas negociaciones que desde hace semanas sostienen Washington y La Habana podrían no contemplar ciertos pedidos que, por años, algunos cubanos llevan haciendo: ni un inminente cambio político, ni la desaparición del apellido Castro del círculo de poder, ni siquiera una transición de un régimen de casi 70 años. Según declaraciones recientes al diario estadounidense USA Today, fuentes cercanas al tema confirmaron que el acuerdo económico con Cuba negocia una salida del actual presidente, Miguel Díaz-Canel, pero garantizaría la permanencia en la isla de la familia Castro. Aunque aún no existe un anuncio oficial de parte de ninguno de los gobiernos, las declaraciones sostenidas de la administración Trump apuntan más hacia cierta apertura económica que al corazón del sistema. Muchos cubanos, contrario a lo que esperaban, se han mostrado decepcionados.

Ramón Saúl Sánchez, un activista de larga data, miembro del Movimiento Democracia, agarró su teléfono y, con una emoción contenida, grabó y subió a sus redes sociales un mensaje para el presidente Donald Trump. “Esa supuesta liberación es una ofensa y una humillación para el pueblo de Cuba”, dijo. También hizo énfasis en que la actual política de Washington hacia La Habana es “un salvavidas a esa tiranía, y eso no es aceptable para nosotros”. “No quiero morirme sin ver a mi patria libre, pero tampoco la quiero ver ocupada por las corporaciones americanas, sacándole el jugo a los despojos que quedan de nuestra patria con esos sicarios en el poder”, sostuvo Sánchez.

El acuerdo, según la información de USA Today, pone sobre la mesa “una flexibilización de las restricciones” de viajes de los estadounidenses a la isla, negociaciones en materia de puertos, energía y turismo, así como el levantamiento de algunas sanciones del embargo estadounidense hacia Cuba desde hace más de seis décadas. “De concretarse, este acuerdo representaría un cambio sustancial de una política de máxima presión a una negociación directa con el régimen socialista de La Habana, aunque aún no está claro qué concesiones exigiría Estados Unidos a Cuba antes de levantar las restricciones”, dico a EL PAÍS Jorge Duany, exdirector del Instituto Cubano de Investigaciones y catedrático emérito de la Universidad de Florida.

Ciertamente, los panes que parece amasar la administración estadounidense resultan un giro inesperado de parte de Trump, pero también de su secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio. Durante su primer mandato, en un mitin con exiliados en La Pequeña Habana, en Miami, Trump anunció la cancelación “del acuerdo completamente unilateral” del Gobierno de Barack Obama con Cuba, que restableció relaciones diplomáticas con Raúl Castro a finales de 2014. El republicano llegó tres años después a dar marcha atrás al proceso de normalización e impuso una serie de restricciones a los viajes, el comercio o el envío de remesas a la isla.

En ese entonces, Trump hablaba de una negociación con Cuba que primero implicara la liberación de los presos políticos del régimen, el respeto a las libertades de los cubanos. Marco Rubio, en su rol de senador por Florida, que en su momento criticó abiertamente la política de Obama, rechazando en una conferencia de prensa que el acuerdo no obtuviera “ningún compromiso del régimen cubano con la libertad de prensa, la libertad de expresión ni las elecciones”, ni se comprometiera “a permitir la creación de partidos políticos ni a iniciar siquiera una apariencia de transición hacia la democracia”.

Ahora él y Trump, sentados a la mesa de negociaciones presuntamente con Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro, o con el nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, han dicho desde el primer día que cualquier acuerdo con Cuba llegará primeramente por la apertura económica, no política. “Dejen de lado por un momento el hecho de que no hay libertad de expresión, ni democracia, ni respeto por los derechos humanos”, dijo Rubio recientemente. “El problema fundamental de Cuba es que no tiene economía”, agregó.

Los anuncios de parte de Estados Unidos han hecho que muchos comenzaran a nombrar este proceso como el Obamato 2.0, por los nuevos anuncios de ofrecer ciertas licencias de negociación al sector privado, con el fin de impulsar reformas económicas, y otros incluso lo han llamado la Cubastroika, por sus similitudes con la Perestroika soviética, que impulsó un manojo de cambios económicos sobre las mismas bases políticas.

Ese cambio imprevisto de la administración de Estados Unidos hacia el Gobierno de La Habana ha caído como un balde de agua no solo para el ala más conservadora de la Florida, sino también para los congresistas cubanoamericanos que esperaban contar con la caída definitiva del castrismo, el suelo sobre el que han levantado su política en Washington.

“Históricamente, la postura dominante del exilio cubano, al menos de sus líderes más conservadores, ha sido intransigente en cuanto a la posibilidad de un diálogo con el régimen socialista. Por lo tanto, algunos han reaccionado con escepticismo ante la propuesta de no exigir un cambio de régimen en Cuba”, dice Duany.

Si bien es cierto que algunos han comenzado a sentir esperanzas tras las muchas declaraciones de Trump sobre un cambio para Cuba antes de fin de año, “otros han expresado su desilusión de que el enfoque pragmático de Trump no conlleve el derrocamiento del socialismo y la restitución de la democracia en la isla, similar a la reacción de la comunidad venezolana tras la intervención militar del pasado 3 de enero”, sostuvo el catedrático.

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