Alejandro Castro Espín, el príncipe en las sombras
La enigmática figura del hijo de Raúl Castro emerge de nuevo en Cuba tras los ataques de Venezuela y la presión de Trump a la isla

El 14 de octubre de 2024, durante una marcha convocada en La Habana contra la ocupación israelí en Gaza, las cámaras de televisión mostraron por primera vez en casi siete años a Alejandro Castro Espín. Para muchos cubanos fue como ver un fantasma. Castro Espín parecía estar de incógnito. No llevaba su clásico uniforme militar, con los grados de coronel estampados sobre los hombros, sino unas gafas de sol, un pantalón común, una camiseta negra y una banderita de palestina en la mano. Hasta ese momento, se decía que había sido puesto en “plan pijama”, un eufemismo cubano usado cuando un miembro de la élite castrista es destituido de sus cargos y obligado a recluirse en casa; algo así como una secreta jubilación anticipada. Al único hijo varón de Raúl Castro le atribuían entonces responsabilidades contradictorias: la de haber propiciado y, luego, destruido la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Aquel día, Alejandro apareció en la segunda fila del acto, justo detrás de la nueva oleada de supuestos tecnócratas que, con Miguel Díaz-Canel a la cabeza, al menos formalmente tomaron el poder en la isla en 2018, cuando Raúl Castro decidió apartarse y a su hijo lo apartaron. Pero ahora, dos años después de esa rápida y sorpresiva aparición, en Cuba se rumora que ha vuelto.
Lo ocurrido en Venezuela a partir del pasado 3 de enero y las recientes medidas adoptadas por Trump para darle el golpe de gracia al régimen privándolo de combustibles han hecho que La Habana ponga sobre la mesa la posibilidad de un diálogo con Washington. Pero, contrario a lo expresado por Trump, el gobierno cubano niega que dicho diálogo esté sucediendo. Aun así, en las calles de Cuba y en varios medios hace algunos días que los comentarios apuntan a otro lado. De ser ciertos, el castrismo habría desempolvado a su príncipe para que negocie y lo salve.
Como ocurre con casi todos los miembros de la hermética élite castrista, lo que se conoce de la vida de Alejandro Castro Espín se debe más a rumores que a hechos comprobados. Pero algunas certezas hay. Se sabe, por ejemplo, que nació en 1965 y que estudió ingeniería en refrigeración en la isla antes de irse a la URSS para formarse como militar, lo que lo convierte en el único descendiente directo de los hermanos Castro en hacer carrera en el Ejército. Más tarde se incorporó a las tropas cubanas que operaban en la guerra de Angola, y aunque no se tiene constancia de su participación en la primera línea de combate, es famosa la anécdota de que, durante unas prácticas militares, tuvo un accidente que le provocó una herida en un ojo por la que perdió parte de la visión. Es por eso que los cubanos, y sobre todo la disidencia, lo llaman “El Tuerto”.
En 2008, cuando Raúl Castro relevó a su hermano, el coronel Alejandro Castro saltó discretamente a la vida pública y demostró que no era un militar cualquiera. En cierto modo, podía ser catalogado como un intelectual orgánico del régimen, pero de uniforme: escribía artículos en medios oficiales, se anunciaba como politólogo y máster en Relaciones Internacionales, y escribía libros sobre política internacional (como Imperio del terror y Estados Unidos: el precio del poder), centrados en la historia de depredación imperialista de las élites estadounidenses. También ofrecía entrevistas a medios como RT y Al Mayadeen y presentaba sus libros en Rusia, Grecia y algunos países árabes, siempre con su característico seseo y una elocuencia mayor que la de su padre, pero muy inferior a la de su tío.
El inicio de su era dorada, sin embargo, no llegó hasta finales de 2014, cuando Barack Obama y Raúl Castro anunciaron la normalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos. Poco después del anuncio, Alejandro Castro se reveló como algo más que un nepobaby con aspiraciones intelectuales: no solo había sido el arquitecto del acercamiento con Washington y el gestor de las conversaciones secretas que dieron paso al llamado “deshielo”, sino que se convirtió en asesor de su padre, miembro de la Comisión de Seguridad Nacional y director de inteligencia y contrainteligencia de la Seguridad del Estado. Públicamente, su discurso estaba alineado al oficial: “Cuba siempre manifestó la disposición de hablar [con Estados Unidos] en términos de igualdad, pero la coyuntura histórica propició que fuera ahora”, dijo en una entrevista ofrecida en 2015. Y también: “Cuba no volverá al capitalismo”. No obstante, su fama de eminencia gris y gran negociador creció entre los cubanos, sobre todo cuando en 2015 invitó a La Habana a John Brennan, entonces director de la CIA. Por eso no era descabellado pensar que sería una figura clave del poscastrismo, alguien menos intransigente y más pragmático que sus mayores. Pero a aquel ascenso le seguiría una caída estrepitosa.
El retorno de las relaciones con Estados Unidos estuvo en peligro desde el principio, y mucho se especuló sobre la existencia de un núcleo duro de gerifaltes castristas que preferían continuar con la retórica del enfrentamiento. Quiénes lo integraban y cómo actuaron son cosas que todavía no se conocen del todo, pero lo cierto es que las reformas prometidas por Cuba fueron mucho más lentas de lo esperado. Para colmo de males, en 2017 Obama fue sustituido por Donald Trump en el despacho oval, y nada aseguraba que el republicano mantendría el legado del demócrata. Y fue así que, en el peor momento, saltó el escándalo del Síndrome de La Habana, una serie de “ataques sónicos” contra diplomáticos estadounidenses y canadienses en la isla.
Según una investigación de los periodistas Adam Entousy y Jon Lee Anderson publicada en The New Yorker y otra más realizada en conjunto por The Insider, Der Spiegel y 60 minutos (CBS), detrás de los ataques estaba la inteligencia del Kremlin. Sin embargo, en La Habana, un castrismo en proceso de cambio generacional señaló como responsable a Alejandro Castro. Mientras algunos especulan que fue castigado por su negligencia (casi nada sucede en Cuba sin que la Seguridad del Estado lo sepa), otros creen que se trató de complicidad. Es difícil pensar en la segunda opción, pues sería contradictorio que destruyera intencionalmente aquello que, con cuidado y en secreto, ayudó a construir. No obstante, también es conocida la cercanía del coronel con la Rusia de Putin, a donde viajó al menos dos veces entre 2014 y 2017 para cerrar acuerdos de cooperación en materia de inteligencia y seguridad. Casi ocho años después, no existe una versión oficial de los hechos, pero aun así hay quienes creen que Alejandro Castro, “El Tuerto”, debería cambiar el “pijama” por su uniforme y volver al ruedo de las negociaciones, si no es que lo está haciendo ya.
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