Vivir en un piso digno para derrotar la nostalgia
El “¿cuánto pagabas de alquiler en 2016?” habrá provocado muchas más muecas y lágrimas que los kilos de más o los signos visibles de la edad.
La nostalgia, esa mercancía con la que trafica el algoritmo de las redes sociales y quienes quieren volver a un pasado que nunca fue, ha dirigido ahora su mirada hacia 2016. Hace diez años el mundo aún era bonito y el futuro se dejaba soñar, o eso nos dicen los posts de Instagram. Estábamos más delgados y éramos más jóvenes. En las fotos salimos riendo, abrazando a quienes ahora ya no están. No hay ni una sola mascarilla y se trasluce una cierta primacía de lo tangible y lo físico, testimonio de cuando las pantallas aún no dominaban el mundo.
La realidad, sin embargo, es que fue un año horrible, que empezó con la muerte de David Bowie y terminó con multitud de memes y proclamas resaltando cómo de odioso había sido 2016. Fueron doce meses llenos de incertidumbre, desinformación, noticias horribles y presagios aún peores. Aunque hoy no nos acordemos, veníamos de la anexión de Crimea por parte de Rusia y del horror de la operación Margen Protector, en la que Israel asesinó a más de 2000 personas en Gaza; en 2026 vivimos, es evidente, en el escenario que dibujó 2016. Puede que no tuviésemos tantas canas, pero eso no debería conducirnos a idealizar el año en el que, como titulaba Javier Salas en un artículo en este periódico, todo se torció.
Aunque quizás sí puede recuperarse algo de hace diez años. Entre todas las fotos que recordaban 2016 que han circulado por las redes sociales, una subcategoría muy concreta ha emergido como la variable fundamental que explica, ella sí, un cambio de época. Hablo del precio de la vivienda y del alquiler. València, una ciudad que ha sido devorada por la especulación y el turismo tras la COVID, lidera la subida del alquiler en todo el Estado. En 2016 alquilar un piso costaba 5,6 €/m2 de media, cuando ahora ha subido hasta unos imposibles 13,9 €/m2. La compra de una vivienda ha pasado de poco más de 1000 €/m2 a casi 2000 € / m2. El “¿Cuánto pagabas de alquiler en 2016?” habrá provocado, a buen seguro, muchas más muecas y lágrimas que los kilos de más o los signos visibles de la edad. Y otra cosa, creo, mucho más transformadora y necesaria que la lástima o el simple lamento: rabia, indignación y activismo.
La constitución del Sindicat de Llogateres de València este 6 de febrero responde a la evidente insostenibilidad de la situación actual. Como acertadamente afirman, no nos encontramos delante de una burbuja, sino de un proceso estructural de extracción y acumulación de rentas, que empobrece a la mayoría social. La crisis de la vivienda tapona y cercena vidas, impide futuros, agota y arruina. Es también culpable en parte de la pulsión por mirar hacia el pasado, confundiendo deseos, nostalgia y una peligrosísima incapacidad de imaginar el futuro. Vivir sin vivienda es estar abocado a un presente perpetuo en el que nada puede planificarse, en el que los años son agónicos y circulares y el tiempo no avanza.
Es vida robada con el consentimiento y hasta el impulso de las administraciones públicas. Las soluciones que se han ido desplegando en los últimos años, y particularmente en los últimos meses, van desde la irrelevancia hasta el insulto, como la propuesta de incentivos fiscales para los caseros que no suban las rentas a sus inquilinos. ¿Qué tipo de broma es ésta?
Si miramos hacia atrás debe ser para tratar de entender qué no se hizo bien, qué podría y debería cambiarse ahora. Qué ha fallado estos diez años, cómo podemos imaginar la próxima década. Añoramos desde la individualidad e imaginamos desde la colectividad. Frente a la nostalgia, comunidad.
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