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Carlos Cuevas, actor: “No entiendo que se tache de reivindicativo a quien se posiciona a favor de la vivienda o Palestina”

El catalán interpreta en la película ‘La fiera’ su primer papel protagonista en el cine

“Es la historia del héroe: el héroe es, por definición, alguien que va a un sitio sabiendo que puede morir. Si no existe la posibilidad de muerte, no es un héroe”. Carlos Cuevas está hablando de la pelícu­la La fiera, desde hoy en salas, y en la que interpreta su primer papel protagonista en el cine. En concreto, está explicando la pulsión que mueve a los protagonistas a escalar montañas o saltar una y otra vez en paracaídas y wingsuits desde avionetas, cimas o rascacielos. Pero lo que dice también sirve para entenderle a él. Aquí tenemos a un hombre poco dado a la épica y mucho a llamar las cosas por su nombre.

Carlos Cuevas (Montcada i Reixac, Barcelona, 30 años) es actor. Sus trabajos más populares han sido en televisión: Ventdelplà (2005-2010), la gran serie diaria catalana, en la que él trabajó entre los 9 y los 15 años; Merlí (2015-2018), que también se emitió en TV3 y que al pasar a Netflix levantó pasiones en tantos países que fue resucitada por Movistar+ como Merlí: Sapere aude (2019-2022); y Smiley (2022), en Netflix, en la que la presencia de Cuevas ya era un reclamo para fabricar un fenómeno internacional, cosa que fue. Sus trabajos más prometedores están en cine (El 47, Esto también pasará, La ternura), y los mejores, posiblemente en teatro: empezó a los 16, con Els nostres tigres beuen llet, de Albert Espinosa, y desde entonces ha protagonizado no pocos hitos de las tablas catalanas recientes: Barcelona (2013), Jauría (2024), de Miguel de Arco, donde encarnó a un miembro de La Manada, o la épica La herencia (2025), escrita por Matthew Lopez y ganadora del Tony en Broadway y del Olivier en Londres, que le obligaba a pasar seis horas en el escenario cada día.

O sea que Carlos Cuevas es actor; no canta, no vende ropa ni coches, apenas postea, es actor y solo actor, o sea que es un poco raro en ese sentido; su vida entera ha sido actuar, en rachas largas y graníticas de trabajo, y él aún quiere hacerlo más y ser mejor después de 23 años haciéndolo ya, lo que no es exactamente fácil de entender desde fuera. “Yo tengo un oficio, como lo tiene un carpintero o un pintor. Hay algo que sé hacer y que intento hacer mejor cada día. Todas mis decisiones pasan por ser mejor en ese oficio. No sería el actor audiovisual que soy si no hubiera debutado en teatro y no sería el actor de teatro que soy si no tuviera tanto rodaje a la espalda”, explica él una tarde en el teatro Lliure de Barcelona, y podría sonar a ecos de una ambición mal trabajada pero sus acciones también hablan. Con todo el trabajo que ha hecho, muy poco de su tiempo y su esfuerzo han ido a demostrar ante otros cuánto ha progresado y sacrificado: de ser así, su trayectoria tendría un aspecto muy distinto. Habría más cine comercial, series streaming de consumo inmediato y masivo, más codearse con celebridades y menos funciones de seis horas en catalán. Lo que ha hecho, lo ha hecho para sí mismo.

“No tiene las tonterías que suelen acompañar a otros actores, la popularidad, el dinero, y es raro que un chaval de 30 años venga con las cosas tan claras”, pondera Salvador Calvo, director de La fiera. “Uno espera que a esa edad se sea un poco infantil. Carlos, sin embargo, sabe lo que quiere y lo que cuesta”. En esta historia, el premio por actuar mucho y bien es actuar más y mejor.

Lo otro, la fama, al final quema, deforma y demanda sacrificios. Todo famoso es alguien empeñado en serlo, alguien que en ocasiones antepone la celebridad a lo demás. Objetivamente, Cuevas ha dedicado el tiempo justo a las redes y las modas y demás despliegues de capital social: a la gente la definen sus contradicciones y la suya es que es un chico guapo, querido por la cámara, con fans en todo el mundo y, a la vez, un famoso bastante mejorable.

“Es que yo…”, baja el mentón. “Yo quiero trabajar en esto toda la vida. La gente que trabaja en esto toda la vida ha hecho unas cosas y no ha hecho otras. Entonces intento seguir esos ejemplos. Ahora, paseando por el Lliure, veíamos carteles con las caras de Anna Lizaran, Eduard Fernández, gente que admiro, y veo qué camino han seguido, con más o menos suerte, con más o menos continuidad. Ha habido muchas cosas a las que he renunciado por desinterés. No me acercan hacia donde quiero ir. Tengo el foco puesto en un lugar que no es el de ser famoso”. Guarda una pausa, como intentando ordenar su discurso. “Hay actores que prefieren hacer una película y una publi y el resto del año, descansar. Yo prefiero estar nueve meses haciendo teatro y luego algo audiovisual, porque en ese tiempo haciendo teatro estás aprendiendo, estás mejorando. Si tú paras 10 meses de hacer cualquier cosa, pierdes agilidad. Pasa con todo, como si no hablas un idioma en 10 meses. Intento que mi carrera pivote alrededor de lo que me hace estar más entrenado pese a que a veces no son las que más te retribuyen económicamente”.

Otra pausa. “Pienso en qué me hace temblar las piernas de la emoción. Si conecto con el chaval que fui”.

Montcada i Reixac, ciudad a las afueras de Barcelona, tenía algo menos de 30.000 habitantes cuando Cuevas nació muy a finales de 1995. “Crecí en un barrio un poco apartado del centro, más residencial, cerca de los pies de una montaña”, cuenta. “Iba al colegio público de al lado de casa. Y tengo la sensación de que encontré esta vocación por casualidad, porque la tenía delante”.

En concreto: “Mi abuelo me llevaba a ver espec­táculos infantiles en el teatro municipal, de payasos, de burbujas: teatro de calle. Esta imagen la tengo muy grabada. Hacía teatro amateur en el pueblo, había niños a los que les gustaba más y otros a los que les gustaba menos. Yo me lo pasaba increíble desde esta curiosidad constante de saber qué hay más allá de este sitio. Entonces de una cosa saltas a otra y te proponen hacer un casting para una película con un grupo de niños en masa y te cogen a ti y los padres flipan”. La película era el telefilme La dona de gel, dirigido por Lydia Zimmermann y emitido por TV3 el 28 de mayo de 2003. Cuevas tenía siete años. Pasó a la publicidad y de ahí a Ventdelplà, el rodaje se convirtió en su rutina. La actuación se solapó con la idea de cumplir dentro de un equipo. Donde coincidió con leyendas catalanas como Jordi Boixaderas, quien en las primeras temporadas hacía de su padre. “El nivel de exigencia en Ventdelplà no era el de algunas series diarias que se han producido desde entonces”, alerta hoy Boixaderas, que recuerda lo rápido que el chaval aprendió a valorar lo que sucedía en el rodaje. “Era un prodigio de disciplina y simpatía. Lo traían sus padres al rodaje, que era de ocho a tres, no eran jornadas cortas, y eran aún más largas si había exteriores. Su talento saltaba a la vista”.

En febrero de 2009, cuando Cuevas tenía 13 años y la serie estaba a punto de terminar, Boixaderas lo invitó junto a su familia a verlo en el teatro: hacía de Willy Loman en Muerte de un viajante, de Arthur Miller, en una función hoy legendaria dirigida por Mario Gas, en el mismo Lliure. “Fue la primera obra que vi”, rememora Cuevas, los ojos color miel bien abiertos. “Era un niño y lloraba en la platea. Estaba Pablo Derqui, Oriol Vila, Rosa Renom…, un elenco espectacular. Y sintiendo esa ilusión, ahí dices: esto. Esto es lo que quiero hacer. Las cosas que me hacen temblar. Pues ahí voy”.

Y ahí fue, al teatro, a ser intérprete de carrera y no de sprints, un niño actor que iba a crecer en el oficio, un terreno entonces poco pisado en España. “En Estados Unidos ves mucho a niños actores que luego trabajan de profesionales; aquí no tanto, y menos casos de niños que, de adultos, quieran o sepan defender papeles de mayor responsabilidad”, subraya Boixaderas. Cuevas es de la generación de Ricardo Gómez (Cuéntame) y Quim Gutiérrez (Poblenou), la que vino después de Ana Torrent, pero es difícil encontrar otros ejemplos anteriores.

—¿Cuántas veces en su vida ha decidido ser actor?

—¿Cómo cuántas…? Una.

—Alguna crisis de fe habrá tenido.

—Es un voto vitalicio.

Adentrarse en el teatro suponía entroncarse en una tradición muy arraigada en Cataluña. “Aquí el músculo audiovisual está muy fuerte ahora, pero cuando yo era pequeñito, al final del siglo XX, por lo que brillaba la cultura catalana en mi profesión era por el teatro. Lo que se ha hecho en esta casa, el Lliure, y en el Nacional y en el Romea es brutal, de gente que había estado en Europa y había vuelto cuando se terminó el franquismo con unas ideas que si no te habías ido no te habían llegado. Había una generación de profesores y actores increíbles y hoy son mis referentes. Ahora se ha descubierto a Emma Vilarasau [por su papel en Casa en llamas], cuando es la gran dama del teatro catalán. Siempre he querido acercarme a esas carreras. Mis referentes son los actores de teatro británico, no los de acción americanos”.

Es posible que ese entusiasmo por enraizarse en una tradición tan histórica tenga alguna explicación en algún viejo manual de psicoanálisis. “Sí, soy el hermano mayor, y con todos los clichés del hermano mayor, ¿por?”.

La carrera que siguió entonces forma prácticamente un único bloque muy largo, interrumpido solo por vacaciones, e incluso entonces muy rara vez, por lo que los picos y los valles no andan dramáticamente separados. A la hora de analizarlo, el propio Cuevas alerta del truco periodístico de extraer conclusiones sobre un intérprete uniendo los papeles que acomete: “Desde la profesión no juzgamos tanto las carreras como se hace desde fuera, porque sabemos que hacemos lo que podemos. Nadie hace una carrera a la carta”. De nuevo no juguemos a la épica, de nuevo las cosas por su nombre (aunque algo podemos generalizar, por ejemplo que ha hecho más papeles románticos que otra cosa: “Es que tengo la edad que tengo. Lo raro sería que me dieran personajes que se están enfrentando a la muerte”).

Cuando sí puede elegir papeles, aplica el principio rector de su infancia: lo importante es el rodaje o la función, no lo que pase después. “Primero me pregunto si me gusta el proyecto. A veces he hecho papeles pequeños en proyectos que me gustan mucho. En El 47 tuve muy pocos días de trabajo [su presencia en pantalla no suma ni 12 minutos], pero era un personaje precioso, un homenaje a Pasqual [Maragall] y quería formar parte de la película. Tenía mucha fe. Si me das a elegir entre un montón de dinero por algo que no me gusta o trabajar por mucho menos dinero en algo que te ilusiona, me voy a la ilusión. Cuando la retribución es tu propia ilusión, es infinita. Así que la pregunta es: ¿me lo voy a pasar bien haciendo esto?“.

Casi sin pausa: “No es un trabajo intelectual, el del actor. Hay una formación, un estudio; yo por ejemplo soy empollón pero los hay que no lo son y el resultado es increíble. Este un trabajo físico. Tú puedes leer las obras completas de Nietzsche y resolver fatal una escena porque no te tiemblan las piernas cuando le pides matrimonio al amor de tu vida”.

Intelectual no es actuar, es lo otro. “Hay cosas en las que no me siento muy cómodo. No quiero decir que yo no tenga que saber defender un junket de prensa. O no tenga que ir a un late night y estar cómodo y poder contar la película. Pero todo eso también se entrena. Hay que entrenar. Hay que leer mucho para poder dar alguna buena respuesta a una entrevista y tener adjetivos y no decir ‘literal’ cuando una cosa no es literal".

Él, por cierto, sí lee. Está acabando el maravilloso Reliquia, de Pol Guasch. Sus favoritos: Lispector, Plath, Camus, Borges, Foster Wallace, Rodoreda. “Me interesa leer a gente muerta pero no solo. Los muertos saben muchas cosas, pero los vivos están aquí.”.

Antes dedicaba más tiempo a las redes sociales pero como ciudadano, no como actor, muy dentro de la escuela de Javier Bardem o Juan Diego Botto (podríamos situarlo a la izquierda del espectro ideológico): eso le ganó el epíteto de personaje comprometido o reivindicativo: “Ahora estoy bastante en crisis con las redes en general. Me siguen indignando las mismas cosas, pero no las comparto, no estoy nada a gusto con las redes”.

—¿Qué cosas le indignan?

— Atentar contra los derechos humanos. Que se tache de reivindicativo a alguien que protesta por el acceso a la vivienda, por el racismo, por las muertes en las rutas migratorias, por el genocidio palestino… No hay que ser muy reivindicativo para estar de acuerdo con eso. Con los derechos humanos no se negocia. Cuando ocurre, lo mínimo que puede pasar es que te indignes. ¿Acceso a la vivienda digna? Artículo 47 de la Constitución. No es que me lo invente yo con cuatro colegas.

—¿Ser hombre, hetero y blanco le da más o menos credibilidad a sus opiniones políticas?

—Intento entender el mundo y cuál es mi privilegio. Que yo no sufra el racismo en mis carnes no significa que no empatice con que esto sucede en nuestra sociedad y que no crea que hay que intentar erradicarlo de raíz. La línea que nos une es la ideológica, no la identitaria. Nos une el mundo que queremos, no el mundo del que venimos.

—¿Actuar le hace a uno más empático?

—Está implícito, ¿no? Como ser profesor también te hace ser empático con los alumnos. A Stanislavski no le compramos ya el método, porque está caducado, pero decía esta cosa de: “Quiero formar parte del arte, no que el arte forme parte de mí”.

Este año, además de La fiera, Cuevas tiene por delante el estreno en Netflix del drama de época Los secretos de la cortesana. De este rodaje ha sacado el haber aprendido bailes de salón, esgrima y equitación (adquirir este tipo de habilidades es una constante de su trabajo: para La ternura aprendió a manejar hachas). También está el estreno de The Birthday Party, de Miguel Ángel Jiménez, que rodó este verano, cancelando sus vacaciones otra vez, junto a Willem Dafoe. De este rodaje se llevó una frase del actor, con quien comparte credo profesional. “Una vez, en una cena, Willem dijo: ‘A mí me gusta ser el que llama al timbre, el que va y entrega un ramo de flores. No quiero escribirlo, quiero ser el que lo hace’. Creo que eso lo explica muy bien”. (Cuevas sí pretende saltar a la dirección en algún momento; hace años cogió la costumbre de planificar él en secreto las escenas que va a rodar ese día, sin compartir el resultado con nadie, solo para comparar sus decisiones con las del director).

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Tráiler La Fiera
Vídeo: Tráiler de La Fiera.

Pero antes está La fiera, donde encarna al alpinista Carlos Suárez (quien murió durante el rodaje el 1 de abril del año pasado al saltar en wingsuit de un globo) y sus compañeros de riesgos extremos. “Es sobre gente que lo tiene todo en la vida y decide jugársela por una cosa que nadie asegura que saldrá bien, pero que es tan grande que no pueden renunciar a ella”, explica. Sonríe: “Empatizo con la idea de que haya algo que no puedes dejar de hacer. No sabes las cosas a las que estoy dispuesto a renunciar con tal de vivir de esta manera”.

También de aquí se llevó algo, aparte de lecciones de escalada con Suárez: una frase del paracaidista Armando Rey, quien los asesoró en la filmación: “Imagínate que te pasas tu vida jugando a videojuegos, viendo superhéroes y de repente un día tú estás volando sobre un bosque en Venezuela, y te vuelves y a tu lado está tu mejor amigo”, dice Cuevas. “Pues Armando nos dijo: ‘Lo que otros sueñan, nosotros solo tenemos que recordarlo”. Quizá para un actor que siempre quiso ser exactamente actor, la sensación sea esa.

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