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En colaboración conOEI
VENEZUELA
Opinión

Vaclav Havel en Caracas

Si algo precisa la izquierda es volver a ser un proyecto contemporáneo, abandonar los rituales vacíos y sintonizar con la realidad

Protesta en Caracas, Venezuela, el 4 de enero.Gaby Oraa (REUTERS)

Mark Carney, primer ministro de Canadá, evocó a Vaclav Havel para hacer un llamado a aceptar la realidad: creer hoy en las reglas que supuestamente sostienen un orden internacional equilibrado y justo es un ritual vacío, una mentira. Si bien puede discutirse si este orden fue alguna vez algo más que una ficción frágil, hoy ya no existe. Lo que rige es la discrecionalidad de las grandes potencias, que, cada vez menos, justifican sus acciones con las banderas de la democracia y los derechos humanos, pero en realidad se guían por sus intereses geopolíticos.

La izquierda latinoamericana sabía esta lección mucho, mucho tiempo antes de la intervención de Estados Unidos en Venezuela el pasado 3 de enero. De hecho, lleva décadas denunciando la simulación que supone “exportar la democracia y proteger los derechos humanos” de la mano de intervenciones militares unilaterales.

Innumerables políticos e intelectuales de izquierda, también desde hace mucho tiempo, denuncian que los derechos humanos se suelen suspender por una supuesta justificación mayor como, por ejemplo, la que usó Dick Cheney para defender las torturas en Abu Ghraib. Ya dijo Slavoj Žižek entonces que esto enseñaba el reverso tenebroso de la civilización occidental y que si Cheney no tenía reparo en contar que se torturaba, qué sería lo que no contaba.

La reciente intervención de Estados Unido en Venezuela, al ser en un país de la región latinoamericana, ha supuesto una relevante novedad que, incluso, podríamos calificar de relativa, pues, con los matices evidentes, el caso de Panamá y Manuel Noriega funciona como un antecedente. Sin embargo, un número considerable de políticos, intelectuales y periodistas de izquierda de la región y de España han dedicado sendos programas y artículos durante varias semanas a contarnos en exclusiva, con lógica indignación -aunque con una sorpresa general más difícil de comprender- el verdadero interés que motivó a Estados Unidos en esta ocasión.

La idea central que más han repetido es “descubrir” que el motivo verdadero de la intervención en Caracas no era la democracia ni los derechos humanos, sino los intereses de Estados Unidos. Pero es difícil calificar esto de descubrimiento si atendemos tanto a la vista de los antecedentes a los que hemos aludido como a las declaraciones realizadas por el propio Donald Trump -sin eufemismos ni simulaciones- inmediatamente después de las acciones militares, o a la revisión de su última estrategia de seguridad

Cabe preguntarse si estos representantes, si estas voces de una parte de la izquierda regional realmente aprendieron o descubrieron algo sobre Venezuela, o sobre otros rituales vacíos, eufemismos y simulaciones. Una de las cosas más llamativas es que el inicio de muchos artículos, tertulias e intervenciones empezaban, palabras más o menos, diciendo: “Con independencia de lo que uno piense de Maduro, aquí lo importante es…”, “Aunque hay distintas opiniones sobre Maduro, aquí lo importante es condenar la intervención de…” o “Más allá de lo que uno crea del gobierno de Maduro…”.Sabemos que las creencias son fundamentales para la definición de cualquier persona y que observarlas muchas veces se percibe como ataques a lo que uno es, por eso no siempre se reciben bien las críticas y modificar una creencia no es algo sencillo.

Llamar a las cosas por su nombre es lo que las organizaciones de izquierda practican cuando develan las razones detrás de las intenciones declaradas de la política exterior norteamericana. Pero Nicolás Maduro dirigía una dictadura. Con detenciones arbitrarias, torturas, desplazamientos forzados de población, redes densas de corrupción. Esto es lo que algunos de los periodistas, intelectuales y políticos con buena audiencia en sectores relevantes de la izquierda se niegan a decir incluso hoy, cuando la simulación no la sigue interpretando ni Delcy Rodríguez. En su lugar, escogen decir y repetir que “la intervención en Caracas es un antecedente peligrosísimo para todos los países de la región”. Efectivamente lo es, pero ¿Y qué tipo de antecedente es una dictadura en la región? ¿Es peligroso para la región o no lo es? ¿Qué consecuencias tiene para la izquierda el mantenerse en el ritual vacío del “con independencia de lo que uno piense…”?

El desplazamiento y la migración forzada de varios millones de venezolanos a otros países de la región tuvo como una de sus principales causas el hecho de que Venezuela estuviera gobernada por una dictadura. Y las consecuencias de este masivo desplazamiento indudablemente han tenido que ver con el éxito del discurso de la “seguridad” y el aumento de la discriminación en la región, dos elementos clave en el crecimiento político de la ultraderecha. El puntual cumplimiento de la simulación sobre la naturaleza y las acciones del gobierno de Maduro, además, ha colaborado a no pocos reveses de la izquierda en distintas elecciones de la última década. Varios de estos intelectuales y tertulias, cuando se refieren a Javier Milei o Jair Bolsonaro, no suelen tener muchos remilgos en hablar de autoritarismo o dictaduras disfrazadas. En efecto, Milei y Bolsonaro son dos líderes autoritarios; Bolsonaro, de hecho, está preso por una conspiración golpista, pero incluso la más dura de sus acciones está en una categoría distinta a lo que ha hecho Nicolás Maduro contra su propio pueblo y contra la democracia en su país. Sin embargo, parece que, para algunos, mejor seguir con el cartel del “frutero de Havel” y criticar a Gabriel Boric por llamar a las cosas por su nombre.

Así como Trump no sintió la mínima necesidad de hablar de democracia al explicar los motivos de su intervención en Caracas, abandonando cualquier atisbo de simulación, Maduro hizo algo parecido en las elecciones de julio de 2024: las ganó porque él dijo que las ganó. Algunos días justificaron la tardanza en la publicación de las actas por un asedio informático que estaban corrigiendo, pero cuando Lula, Petro y Cristina le pidieron que presentara a su opinión pública las actas que probaban esa victoria, lo que recibieron por boca del propio Maduro, Cabello o Rodríguez fue una lista de insultos que Milei y Bolsonaro suelen guardar para sus rivales políticos, no para sus aliados regionales.

Inmediatamente después de ocurrida la intervención, en estos programas y artículos se sostenía que no había que creer lo que decían Trump y Rubio sobre Delcy, su hermano y el grupo que se quedó al mando. “Hay que ir a la fuente directa”, decían, dando a entender que Trump y Rubio estarían mintiendo para sembrar discordia en el grupo dirigente en Venezuela. Por supuesto, no han vuelto a decir eso porque, “atendiendo a la fuente directa” de Delcy, queda claro que tiene una relación más fluida y entusiasta con la administración de Trump que el presidente paraguayo Santiago Peña. De hecho, muy pocos se animan a decir hoy que este comportamiento tiene como objetivo superior cuidar a la revolución bolivariana.

De las cosas más sorprendentes que se podían escuchar los primeros días de enero es que una supuesta prueba del apoyo popular al gobierno era que “no había grandes manifestaciones de apoyo a la caída de Maduro”. Pero no las hubo porque la dictadura ha dado pruebas varias de lo que pasa cuando esto sucede. ¿Por qué Delcy y su círculo pueden dar un giro de 180 grados a la relación con Estados Unidos, aprobar una norma sobre hidrocarburos propia de un gobierno neoliberal, celebrar explícitamente el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos mientras Trump inicia una guerra con Irán, todo sin perder la sonrisa? Porque son un pequeño grupo que solo cuida sus intereses y su supervivencia. ¿Por qué no hay protestas y ni siquiera resistencia parlamentaria del chavismo a esta traición a las que fueron las banderas de Chávez? Porque son una dictadura que si ha sembrado algo los últimos años es temor y no votos.

Para acabar, otra pregunta: ¿por qué parte de la izquierda apoya a Maduro y a su banda? Hoy no es sostenible decir que lo hacen por la democracia y los derechos humanos. Esa simulación no la interpreta ya ni la actriz protagonista. Parte de la izquierda se mantiene presa de este ritual vacío porque defiende lo que alguna vez fue el chavismo: ampliación de la democracia, inclusión, redistribución (Chávez sí ganaba elecciones con contundencia). Es decir, la defiende por lo que fue, no por lo que es -un alumno aventajado de los intereses de Estados Unidos- ni mucho menos por lo que será -un mal recuerdo. Si algo precisa la izquierda para dejar de estar en una posición reactiva y perdiendo posiciones en la región es volver a ser un proyecto contemporáneo, y una de las primeras condiciones para ello es abandonar los rituales vacíos y sintonizar con la realidad, aunque para ello tenga que dejar de creer en algunos carteles.

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