La maravillosa posibilidad de estorbar
Investigar, descubrir y revelar para así estorbar. Estorbar al poder es un acto periodístico

De aquella sala todos salimos emocionados. Una joven colega guatemalteca lagrimeaba con una sonrisa y el mítico periodista español Ramón Lobo, con la cobertura de varias guerras a sus espaldas, me dijo al salir: “no podía dejar de escucharlo. Fue una inyección de energía, de ganas de seguir”.
Aquella noche de 2013, en la pequeña ciudad de San Salvador, habíamos clausurado uno de los foros centroamericanos de periodismo que organiza el medio en que trabajo, El Faro. La clausura no pudo ser más canónica: el reportero de conflictos de The New Yorker, Jon Lee Anderson, entrevistó en el Museo de Arte al célebre reportero Seymour Hersh, aquel que descubrió la masacre en la aldea vietnamita de My Lai y con ello aceleró el desmontaje de la falacia de los estadounidenses nobles que peleaban contra comunistas desalmados. Se estima que unas 500 personas desarmadas fueron asesinadas allí en 1968, que la carnicería donde los estadounidenses también violaron mujeres y aniquilaron ganado duró unas cuatro horas. “My Lai marcó mi generación. Mostró que éramos capaces de hacer cosas tan atroces como los nazis”, dijo Anderson.
Hersh investigó durante años y publicó en 1970 un relato detallado sobre la matanza. Su historia estuvo varias semanas en el centro del debate político en Estados Unidos. Pero solo uno de los masacradores fue condenado: el teniente Williams Calley. Apenas pasó tres años detenido, la mayor parte del tiempo en arresto domiciliario, gracias a un indulto del presidente Richard Nixon. La guerra siguió cinco años más, los soldados cometieron otro montón de tropelías. Y aún así, Hersh cerró la noche diciendo: “¿Cómo no querer ser periodista? Podemos hacer un tremendo bien si perseguimos la historia. No puedes obligarlos [a los líderes] a hacer lo correcto, pero puedes hacerles muy difícil, lo más que puedas, hacer lo incorrecto”. Qué claridad la de Hersh.
Sé que para definir nuestro oficio lo más común es que utilicemos verbos prístinos, guapos, como “iluminar”, “descubrir”, “revelar”, “esclarecer”, “explicar”. Suenan bien. Nadie reclamaría a un reportero que no oscureció la situación o que no confundió lo suficiente. Suenan limpios, casi institucionales. No reniego de esos verbos: revelar me parece el mayor logro del oficio. Es solo que creo que, como si fueran los hermanos deformes de la familia, hay otros que preferimos ocultar o al menos no mencionar en público: “estorbar”, “incomodar”, “obstaculizar”. Esos que muchas veces nos reclaman desde las arengas políticas o los mensajitos de redes: “son ustedes un estorbo”. Quiero hacer en este texto un elogio a esas intenciones del oficio que, si encarnaran en un cuerpo, lo harían en uno lleno de cicatrices y manchas.
Déjenme, en este intento, volver al paisito donde nací. En El Salvador de ahora hay un rey: Nayib Bukele. No es un presidente, es un todopoderoso en los 21.000 kilómetros cuadrados del territorio que controla. No hay ni un contrapeso: ni la Corte Suprema, ni la Asamblea Legislativa, ni la Fiscalía, ni siquiera la Constitución, que él puede ordenar -como ya hizo- a sus diputados que la modifiquen en cuestión de horas. Tampoco, y lo digo con amargura, su gente. Bukele sigue teniendo altísimos niveles de aprobación entre los salvadoreños, a pesar de que ha metido a uno de cada 50 de ellos, bajo un régimen de excepción que nunca termina y mediante juicios secretos, en cárceles donde la tortura se ha vuelto común.
Bukele es tan poderoso en su país que ni la verdad se le opone. Uno presenta decenas de documentos, firmados y sellados por su Gobierno, que describen que pactó con criminales, y él lo contrarresta con un post diciendo que es mentira y que quienes escribieron ese texto son pandilleros. Pero uno no ceja y presenta entonces audios donde uno de sus funcionarios reconoce el pacto, y él y sus sirvientes dicen que son intentos desesperados por ensuciar su inmaculada estrategia de seguridad y que seguro estos periodistas grabaron esa voz imitando la del funcionario. Y uno sigue, y logra entrevistar en cámara a dos líderes pandilleros que durante ocho años fueron socios de Bukele en su ascenso al poder, que deberían estar presos porque fueron capturados bajo el régimen de excepción, pero luego liberados por órdenes superiores, y entonces Bukele ya ni siquiera dice nada porque la copla se reprodujo entre sus devotos y sus argumentos salen ahora de la voz de la marabunta.
Y entonces, uno sigue, sigue investigando. Uno lo intenta otra vez.
Porque, aunque ya se hayan ejecutado todos los verbos limpios del periodismo, aunque ya se “descubrió” y se “reveló”, la posibilidad de activar los verbos menospreciados del oficio pasa por persistir. Para estorbar a un todopoderoso hay que ser realmente dedicado. Para obstaculizar que solo se oiga el discurso del hombre que tiene todos los megáfonos hay que ser contundente.
Todos esos descubrimientos sobre el pacto de Bukele con las pandillas no cambiaron el rumbo de El Salvador. No derrocaron a un presidente, no fueron un Watergate -que es un caso tan exótico como un gorila albino-. Pero sí que estorbaron -estorban- el camino del todopoderoso. La evidencia de que esa alianza criminal ocurrió ha sido ratificada en sanciones de Estados Unidos a funcionarios de Bukele, en publicaciones de medios con mucha más notoriedad de la que tiene El Faro, como ProPublica o The Washington Post, en menciones en un juicio en Nueva York contra líderes de la Mara Salvatrucha-13. Bukele avanzaría mucho más cómodamente en su camino a la perpetuación en el poder si no fuera porque estorbamos.
Le sería más fácil mentir sobre el éxito del Bitcoin si el periodismo no hubiera revelado que fue un fracaso rotundo, marcado por la opacidad y la corrupción, que terminó diluyéndose como condición del Fondo Monetario Internacional para darle un préstamo millonario al país, tan empobrecido que está sobreendeudado. También le sería más fácil vender a El Salvador como el país de la alegría, el surf y los conciertos de Shakira si no fuera porque el periodismo revela una y otra vez casos de personas inocentes que fueron capturadas y salieron como cadáveres de una de las 22 cárceles de ese país.
“Los periodistas deben perseguir la historia como animales rabiosos”, dijo Hersh en San Salvador aquella noche de 2013.
Hersh, curtido en conflictos armados y conspirativas tramas de Washington, no llegó a mi paisito a proponer cambiar el mundo. No llegó a desatar aplausos recordando las dos, tres, veinte veces que un artículo derrocó a un político importante. Llegó a reivindicar la posibilidad, la obligación de estorbar al poder. Investigar, descubrir, revelar para así estorbar. Estorbar como un acto periodístico.
A mí, la misión de estorbar cada vez me gusta más.
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