La diversidad sociopolítica, una cuenta pendiente de la democracia
Un Estado no es necesariamente una nación, y puede contemplar otras formas de organización sociopolítica

¿Es posible hablar de democracia sin hablar del modelo estado-nación? La mayoría de los estudios sobre la democracia actual responde que no; de algún modo democracia y estado-nación son tratados casi como sinónimos o como si uno implicara al otro necesariamente. Ahora mismo, noto una renovada preocupación por los sistemas democráticos de los países occidentales debido al resurgimiento de las ultraderechas; particularmente, la amenaza que supone el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, que ahora ha expresado sus deseos de reformar el complejo sistema electoral de su país con miras a favorecer electoralmente al movimiento político que lo llevó al poder. El presidente estadounidense ha declarado que el sistema electoral está amañado y es fraudulento, por lo que pidió a los legisladores republicanos que aprobaran la llamada ley “SAVE America” para endurecer los requisitos de votación entre otras medidas que, según varios analistas, ponen en riesgo un sistema que hasta hace pocos años se preciaba de ser ejemplo para las democracias del mundo. Por otro lado, la liberación de los archivos del fallecido Jeffrey Epstein evidencian que los valores democráticos asociados a la tradición política occidental no impidieron que las élites políticas y económicas actuaran al margen del sistema democrático. ¿Qué tan defendible es esa democracia si se demuestra que sus élites pueden burlarse de la supuesta “igualdad ante la ley”, que es uno de los pilares de la construcción de ciudadanía? Todas estas situaciones, aunadas al declive de los organismos internacionales que en teoría salvaguardaban el orden democrático internacional, han puesto de nuevo a la democracia bajo análisis con el objetivo de encontrar caminos para su defensa.
Es importante apuntar que la crisis actual de la democracia se deriva precisamente de los problemas de asumir que este sistema solo puede tener lugar dentro del modelo estado-nación. La arquitectura del estado-nación tiende a crear fenómenos que son esencialmente antidemocráticos. Podemos mostrar este punto en particular si analizamos la relación entre los sistemas democráticos de los estados-nación y los pueblos indígenas del mundo, una relación compleja y marcada por una exclusión histórica: recordemos que en muchos países del mundo la noción de ciudadanía dejó fuera a las mujeres, a los pueblos indígenas y a los afrodescendientes; en muchos casos, tener propiedad privada, estar alfabetizado o pertenecer a cierta clase fueron criterios para ejercer la ciudadanía. En la actualidad, la democracia reside sobre todo en las elecciones, pero la participación ciudadana en la res publica es muy baja; entre mayor desigualdad económica exista dentro de una sociedad, la participación de las personas en los asuntos públicos y su capacidad de incidencia serán más bajas, pues éstas se convierten en privilegio de clase. Otro problema de la democracia encorsetada en el estado-nación es la existencia de una clase gobernante que concentra el poder y cuyo más preciado propósito será el de ganar las elecciones, un objetivo que eclipsa otros valores democráticos que, en teoría, son más importantes. La democracia, en el contexto del estado-nación, no ha logrado ser verdaderamente representativa de la voluntad popular.
A pesar de que, en esta etapa de la historia, la hegemonía del modelo estado-nación democrático es incuestionable (aun con sus graves contradicciones), la diversidad de estructuras sociopolíticas todavía no ha sido extinguida del todo. El poeta portugués Fernando Pessoa escribió que “el hecho divino de existir no debe asimilarse al hecho satánico de coexistir”. Esta característica básica de la experiencia humana, el hecho satánico de coexistir, necesita coordinarse. A las distintas maneras de coordinar la vida en sociedad, la vida en colectividad, les llamamos sistemas sociopolíticos; a lo ancho del mundo y a lo largo de la historia de la humanidad, han existido distintas estructuras para coordinar la vida en común. Muchas de ellas, las más reconocidas y estudiadas, han sido aquellas que se crearon dentro de sociedades con estratificación social. Cuando miramos la historia política de la humanidad se despliega un sesgo, suelen leerse solo los sistemas sociopolíticos más parecidos a los estados-nación actuales; se suele ver a este tipo de sistemas desde una mirada positivista de la historia, en donde los sistemas más desarrollados o evolucionados son los Estados, mientras que los sistemas sociopolíticos igualitarios, no jerárquicos y cooperativos muchas veces son catalogados como “primitivos”.
Sin embargo, en muchos de los pueblos indígenas en la actualidad existen estructuras políticas no estatales. Es importante aclarar que no todos los pueblos indígenas se organizan de manera distinta a la del estado-nación, pero mucha de la diversidad sociopolítica del mundo se puede hallar dentro de estos pueblos. Hay que considerar también que la hegemonía del modelo estado-nación se ha construido sobre el combate a otras formas de organización sociopolítica, por lo que podría decirse que este modelo tiene una pretensión de universalidad y superioridad que lo hace, paradójicamente, antidemocrático.
La comunalidad, bautizada así por el pensador mixe Floriberto Díaz y el antropólogo zapoteco Jaime Luna, forma parte de la diversidad de sistemas sociopolíticos. La comunalidad bajo la cual se organizan muchos de los pueblos indígenas de Oaxaca proviene de una genealogía política distinta a la democracia occidental. En este sistema, el territorio se mantiene como propiedad comunal, el órgano máximo de decisión es la asamblea; y dado que no se configura una clase especializada en gobernar, todas las personas toman un papel en el gobierno de manera rotativa. Además, el trabajo colaborativo, conocido como tequio, también ha sido un pilar fundamental de este sistema sociopolítico que se creó durante la Colonia. La comunalidad permitió a muchos pueblos indígenas sobrevivir a los efectos de la conquista española, y ha sobrevivido también al Estado mexicano. Algunos politólogos han caído en la tentación de llamarla “democracia verdadera” por la alta participación de las personas en la res publica; sin embargo, más que validarla desde la tradición política occidental, me parece importante reconocer que no todo es estado-nación en la actualidad, que en resistencia existe una diversidad sociopolítica que plantea otras alternativas de organización provenientes de una tradición distinta de las democracias occidentales. Como la comunalidad, es posible encontrar otros sistemas sociopolíticos con los que se organizan los diversos pueblos indígenas de este continente.
Una de las principales luchas de muchos movimientos indígenas, sobre todo en Latinoamérica, se ha centrado en buscar que el Estado reconozca la diversidad sociopolítica que despliegan los pueblos indígenas y que los Estados latinoamericanos dejen de enunciarse como “naciones únicas e indivisibles”. Un anhelo compartido ha sido la construcción de Estados plurinacionales que reconozcan un pluralismo jurídico y acepten lo evidente: la existencia de otras entidades políticas dentro del Estado. En este sentido, se busca el reconocimiento de que la relación directa entre ciudadano y Estado no es la única posible, que pueden establecerse pactos entre el Estado y otras entidades que despliegan una diversidad de opciones sociopolíticas.
Esta lucha ha sido vista como una amenaza al estado-nación y a su noción de democracia. En México, el reconocimiento de otros sistemas sociopolíticos como parte de los Acuerdo de San Andrés fue visto como una amenaza de “balcanización” del Estado mexicano; recientemente en Chile, el rechazo a la propuesta de Constitución que presentó la Convención Constitucional presidida por la lingüista mapuche Elisa Loncon surgió en gran medida del miedo a crear un Chile plurinacional. La democracia occidental se comporta de manera antidemocrática cuando rechaza la diversidad sociopolítica dentro de un territorio. En México, lo más que se ha logrado es el reconocimiento del país como una nación pluricultural y multiétnica, pero la equivalencia entre Estado y una sola nación se mantiene inquebrantable.
Si la diversidad de ideas, de tradiciones de pensamiento y posturas políticas es una condición necesaria para la salud de la democracia occidental, si el respeto a la diversidad se narra como valor democrático, ¿por qué los estado-nación ven una amenaza en el reconocimiento del pluralismo de sistemas sociopolíticos? Un Estado verdaderamente democrático no puede seguir sosteniendo que equivale a una sola nación, ni que Estado y nación son sinónimos. Si el Estado pretende ser democrático, debería considerar la posibilidad de que dentro de sus territorios convivan naciones distintas, con tradiciones sociopolíticas propias que permiten una mejor participación en la res publica. La existencia de los pueblos indígenas no se reduce a la diversidad cultural, pues estos constituyen también naciones como entidades políticas, naciones con historia, territorio y sistemas políticos propios. Es interesante cómo el sistema sociopolítico que con más ahínco se narra a sí mismo como democrático ha sido el que ha negado con mayor intensidad la existencia de otros sistemas políticos que provienen de genealogías distintas. Reconocer esta diversidad no es balcanizar un país, es adaptarse a la realidad.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.








































