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Las elecciones de noviembre, el nuevo objetivo del Trump más autoritario

El presidente estadounidense habla de “cancelar” o “nacionalizar” unos comicios que se perfilan favorables a los demócratas. Como en 2020, ya insinúa sin pruebas que serán fraudulentos

El fútbol, dice el chascarrillo, es un juego donde compiten 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Las elecciones en Estados Unidos, cree el presidente Donald Trump, son una carrera donde compiten dos partidos y siempre se impone él. No es un chascarrillo.

Una serie de declaraciones de Trump, cada vez más incendiarias, y de órdenes y actos de su Gobierno ha desatado el temor de que el presidente estadounidense pretenda interferir en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre de modo tan descarnado, o probablemente más, que cuando lo intentó sin éxito en las presidenciales de 2020.

Las encuestas apuntan a un descenso en su popularidad, arrastrado por dos de los asuntos que le auparon a la Casa Blanca en 2024: la inmigración y la economía. Una mayoría de votantes, siete de cada diez según una encuesta del Centro Pew publicada esta semana, considera que la economía va por mal camino. El índice de aprobación presidencial está en el 41%, menos que el 47% de hace un año, según los datos recabados por la consultora Cook Political Report.

De continuar esa tendencia sin alteraciones, el Partido Republicano teme sufrir una escabechina el 3 de noviembre. Ya se da por probable que la oposición demócrata pase a controlar la Cámara baja del Congreso, la Cámara de Representantes, donde la ventaja republicana es de solo cuatro escaños de un total de 435. Pero, por primera vez en este segundo mandato del magnate, los republicanos consideran posible perder también la Cámara alta, el Senado, donde ahora disfrutan de una mayoría de 53 a 47.

“La clave está en la economía, donde los demócratas han ganado el relato. Y después, el coste de la sanidad. Ahí también el público cree que los demócratas pueden hacerlo mejor que los republicanos. Estos serán asuntos clave en los resultados de las elecciones de noviembre, y ahora mismo los dos benefician a los demócratas”, reconoce en videollamada el analista republicano de encuestas Frank Luntz.

Controlar el Congreso permitiría a los demócratas neutralizar casi por completo la agenda de Trump e imponer cortapisas a un mandatario que en su primer año de gobierno no ha tenido apenas ninguna. Sobre todo, abriría la puerta a lo que el republicano más teme: un juicio político (impeachment) que podría acabar en su destitución.

A lo largo del primer año de su segundo mandato, Trump ha presionado a los legisladores en Estados bajo el control republicano para que aprueben cambios en los mapas electorales que favorezcan a su partido. También apoya un proyecto de ley, conocido como Save Act, que prohibiría el voto por correo salvo casos excepcionales y obligaría a demostrar la nacionalidad estadounidense en el momento de votar, pese a que ya es ilegal que un extranjero vote, y que pueda ocurrir es sumamente improbable.

A medida que las encuestas han ido elevando el nivel de alerta entre los republicanos, Trump también ha ido endureciendo su retórica sobre supuestos riesgos de fraude en noviembre y la necesidad de tomar medidas. Algo que ya hizo en 2020, meses antes de su derrota en las presidenciales ante el demócrata Joe Biden.

“Nacionalizar” las elecciones

Si hace dos semanas planteaba la posibilidad de “cancelar” las elecciones, esta semana hablaba de “nacionalizarlas”. La organización de los comicios corresponde a los Estados, según estipula la Constitución en su artículo 1, sección cuarta.

“Los republicanos deberían decir: ‘Queremos hacernos cargo”, afirmó Trump en un podcast afín el pasado lunes. “Deberíamos hacernos cargo de la votación en al menos 15 sitios. Los republicanos tendrían que nacionalizar el voto”, sostuvo. No precisó qué “15 sitios” tenía en mente, aunque cabe deducir que hablaba de algunos de los Estados gobernados por demócratas. Al día siguiente, volvió a insistir: “Miren en algunos de esos sitios; la horrible corrupción en las elecciones. Y el Gobierno federal no debería permitirlo. Tendría que intervenir”.

En una entrevista concedida el miércoles a la cadena NBC, el mandatario —como hizo en 2020— apuntó que, si los resultados electorales le son desfavorables, podría no reconocerlos. “Los aceptaré si las elecciones son honestas”, aseguró Trump, que suele expresar sus dudas de que los triunfos electorales demócratas no hayan tenido truco. Un día después, en el desayuno nacional de oración organizado por legisladores de ambos partidos, se preguntó en un errático discurso “cómo puede un cristiano votar por los demócratas”.

Sus declaraciones se han visto reforzadas por las de Steve Bannon, su antiguo asesor político y ahora influyente ideólogo de la derecha más conservadora que, como Trump, asegura que los inmigrantes irregulares acuden en hordas a las urnas en Estados Unidos. También el martes, el presidente amenazó con el despliegue del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (el temido ICE) en los colegios electorales. “Por supuesto que vamos a tener al ICE en torno a las urnas cuando llegue noviembre”, afirmó Bannon en su podcast War Room. “No vamos a quedarnos sentados mientras nos vuelven a robar las elecciones”.

Era una posibilidad que la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, evitó rechazar: “No puedo garantizar que no vaya a haber algún agente del ICE cerca de algún colegio electoral en noviembre. Lo que sí puedo decir es que no he oído al presidente abordar ningún plan formal para desplegar al ICE a las puertas de los colegios electorales”.

Además, el Departamento de Justicia presiona desde el año pasado a los Estados para obtener sus registros electorales y ha presentado demandas contra aproximadamente la mitad de ellos para obtenerlos. Al menos 11 de los 50, todos de gobierno republicano, los han entregado. En Minnesota, las autoridades locales han denunciado que el Gobierno federal les reclamó la entrega de esos listados a cambio de la retirada de los agentes del ICE, cuya presencia ha generado protestas masivas, y cuya violencia ha matado a disparos a dos ciudadanos estadounidenses.

Aunque el movimiento que más ha preocupado a la oposición demócrata llegó la semana pasada. Mientras Trump sigue insistiendo contra viento, marea y datos en que ganó las elecciones de 2020, el Departamento de Justicia se ha incautado de los votos en el condado de Fulton, en Georgia, para abrir una investigación sobre los resultados de entonces. En esa operación insólita, en uno de los lugares donde Trump siempre ha sostenido sin pruebas que hubo fraude, estuvo presente la directora nacional de Inteligencia, Tulsi Gabbard, que asegura que acudió por orden del propio presidente.

“Creo que tenemos un presidente que no puede superar el hecho de que perdió en 2020 y ahora va a intentar hacer todo lo que pueda para asegurarse de que no recibe otra paliza en 2026”, declaró esta semana a la prensa el senador demócrata Mark Warner.

Invitación a los preparativos

En otro paso insólito, esta semana el FBI ha enviado una invitación a altos cargos electorales de los distintos Estados a una reunión para abordar los “preparativos” de las elecciones de medio mandato. En ese encuentro estarán presentes también representantes del Departamento de Justicia y de Seguridad Nacional, del servicio de correos y de la comisión electoral, según ha informado el digital Politico.

Por el momento, los republicanos no han desautorizado las declaraciones de su líder. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, se puso de su lado: “En las últimas elecciones tuvimos tres candidatos republicanos en la Cámara que empezaron ganando en el recuento y su mayoría se fue desvaneciendo como por arte de magia… Eso a simple vista parece fraudulento”.

Mientras tanto, los demócratas continúan cosechando resultados alentadores. Hace una semana, su representante, Taylor Rehmet, se impuso en unos comicios especiales para cubrir una vacante en el Senado estatal en Texas, con una ventaja de 13 puntos sobre su rival republicana. Lo llamativo, en este caso, es que lo logró en un distrito en el que Trump se había impuesto en 2024 por 17 puntos porcentuales.

Ese resultado “es una llamada de atención”, reconoció la semana pasada el senador republicano Don Bacon, de Nebraska. Trump, recordó, ganó las presidenciales con un mensaje de fortaleza en la economía y la inmigración, y el mandatario debería volver a centrarse en ello. “Si nos enfocásemos en ambas cosas, nos iría mucho mejor”, apuntó.

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