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Indígenas
Opinión

Los nukak y la lucha por volver a su territorio

Superadas las epidemias, muertes masivas y violencia, queda un pueblo de mayores que intentan pintar de esperanza las caras de los jóvenes. Y una generación de jóvenes que vive suspendida entre dos mundos

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En el corazón de la selva del Guaviare, en el oriente de Colombia, el calor se mezcla con el zumbido de los insectos y el olor a tierra húmeda. Allí, en uno de los asentamientos donde hoy vive el pueblo nukak, me estaba terminando el jugo de pepas que mi amigo Álex me había ofrecido cuando me dijo: “mira, mi mamá te llama”.

Una mujer mayor nukak, de pelo blanquecino y rapado casi al cero (como es costumbre entre muchas mujeres nukak), me hacía señas con la mano. Crucé el asentamiento: un conjunto de malocas fabricadas con hojas de palma y lonas de plástico. La imposibilidad de adentrarse más en su territorio, invadido por colonos, narcos y grupos armados, hace que hoy los indígenas nukak no puedan ni siquiera acceder a los materiales básicos con los que antes construían sus casas: ligeras, rápidas de levantar, perfectamente adaptadas a su vida nómada.

Entré en la maloca de la mamá de Álex. Estaba sentada en su hamaca. Había dejado a un lado las manillas de colores que fabrica durante horas para que los jóvenes del grupo las vendan en ferias de artesanía y así consigan algo de dinero con el que comprar arroz y panela.

La mujer masajeaba una pasta roja hecha de semillas en un pequeño recipiente de madera. Con señas, ya que no hablaba español ni yo nukak, me indicó que me sentara en la hamaca de enfrente. Escupió en el cuenco, siguió masajeando la pasta, y luego, con el dedo índice, empezó a trazar sobre mi rostro: primero la frente, luego los pómulos, las mejillas, y finalmente el mentón. Al terminar, tenía un diseño bellísimo en la cara que no quise quitarme durante días. Pregunté si la pintura tenía algún significado. “Esperanza”, dijo Álex.

Cuando terminó de pintar mi cara, se pintó a sí misma, sosteniendo un espejo en la otra mano. Pregunté a la mujer más joven con la que compartía maloca y al propio Álex si no se pintaban también. “Ya no”, respondieron. “Ya no tenemos tanta esperanza”, dijeron. La mujer, con su cara perfectamente pintada, se giró en su hamaca y siguió trenzando manillas en silencio.

La conversación me dejó con el corazón roto. Ahí, frente a mí, estaba condensada la fractura generacional de un pueblo entero: el quiebre social que empezó hace más de treinta años, cuando los nukak fueron contactados por primera vez, y que hoy se manifiesta en jóvenes que ya no saben si quieren (o pueden) seguir siendo nukak.

Superadas las grandes epidemias, las muertes masivas y la violencia, queda un pueblo de mayores que intentan pintar de esperanza las caras de los jóvenes, y una generación de jóvenes que vive suspendida entre dos mundos: un pasado ancestral al que ya no pueden volver y una sociedad colombiana que no les ofrece un lugar.

El contacto, a finales de los 80, marcó el inicio de una tragedia. En pocos años, más de la mitad del pueblo nukak murió por enfermedades respiratorias, malaria e infecciones frente a las que no tenían inmunidad. Su territorio fue invadido por ganaderos, colonos, grupos armados y redes del narcotráfico. Los supervivientes fueron desplazados a asentamientos improvisados en las afueras de San José del Guaviare.

Hoy, su territorio ancestral (que el Estado colombiano les reconoce sobre el papel) está ocupado por actores ilegales y economías extractivas. En esas condiciones, volver a su tierra es casi imposible. Mientras tanto, en los asentamientos cercanos a las ciudades, muchos jóvenes nukak están expuestos al alcohol, a las drogas y a la explotación sexual. La violencia del contacto no solo destruyó cuerpos, sino también el tejido social y emocional de todo un pueblo.

Aun así, la resistencia sigue viva. Hay grupos de nukak que, por sus propios medios, intentan regresar al territorio, moviéndose poco a poco por los márgenes de la selva, esquivando los caminos del conflicto. Y hay también jóvenes que comienzan procesos de sanación y reencuentro con su identidad, acompañados por sus mayores. Reconocen que el territorio no es solo un espacio físico: es la memoria, la medicina, la lengua y la vida misma.

En palabras de Álex Tinyú, que aparece en el informe recién publicado por Survival International, Resistir para existir: Pueblos Indígenas en Aislamiento: “Queremos vivir en paz, en nuestro territorio, con nuestra gente y nuestras costumbres. Solo pedimos respeto y justicia”.

El caso de los nukak aparece en el informe como ejemplo paradigmático de las consecuencias devastadoras del contacto forzado. Su historia nos recuerda lo que podría suceder con decenas de otros pueblos si Gobiernos y empresas no actúan con urgencia.

En el mundo existen al menos 196 pueblos indígenas en aislamiento. Si continúan las invasiones y la destrucción de sus territorios, la mitad podría desaparecer en los próximos diez años.

En Colombia, hay indicios de 18 pueblos en aislamiento, lo que la convierte en el tercer país del mundo con mayor número de pueblos aislados. Sin embargo, solo dos tienen reconocimiento oficial o algún tipo de protección territorial. Las principales amenazas son las mismas que los nukak conocen bien: el narcotráfico, los grupos armados, la deforestación y también la minería.

Pero hay esperanza.

Pienso en la mujer nukak que me pintó la cara con esperanza hace tres años. Quizá ya no esté entre nosotros. Quizás haya una persona menos que pinte los rostros de los jóvenes nukak con el rojo de la selva. Pero todavía hay tiempo para que ese gesto vuelva a tener sentido.

El futuro de los nukak depende de recuperar su territorio, de liberar esa tierra invadida y de permitir que la selva vuelva a ser suya. Solo así volverán las pinturas, las canciones y los caminos que unen sus malocas. Solo así los jóvenes nukak podrán volver a pintarse la cara con esperanza y resistencia.

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