La asociación de campesinos que cuida el icónico arte rupestre en medio de la Amazonia colombiana
Fantasías de Cerro Azul protege y guía los recorridos en La Lindosa, un área arqueológica que se pobló hace al menos 12.000 años. “Guaviare no es solo coca y guerrilla”, recuerdan


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“Yo no soy de aquí, yo soy del Meta”, es lo primero que dice Alex Cifuentes, guía ecoturístico de la Asociación Fantasías de Cerro Azul. Está parado justo donde empieza uno de los caminos para visitar los paneles de arte rupestre de la serranía de La Lindosa, a unos 47 kilómetros de San José del Guaviare, capital del departamento colombiano que lleva el mismo nombre y que une los llanos con la Amazonia. “Vine a cultivar coca, a ser raspachín, pero qué equivocado estaba”. Su abuelo, recuerda, comercializaba pieles de animales. “Tenía una escopeta que luego heredó mi papá y, cuando llegó a mí, la vendí”, relata en una de las muchas anécdotas que lanzará durante el recorrido para simbolizar lo que él quiere para su vida y para la región en la que ahora habita: que no sea un símil de “coca y guerrilla, sino de turismo”.
Durante el año pasado, 2025, Guaviare volvió a elevarse en la esfera pública como epicentro del violento enfrentamiento entre los jefes de las dos principales disidencias de la antigua guerrilla de las FARC: alias Iván Mordisco y alias Calarcá Córdoba. La asociación, sin embargo, se obstina en esquivar esta guerra y la narrativa en la que los sumerge. Aunque se creó legalmente en 2018, se empezaron a organizar alrededor del ecoturismo dos años antes y, actualmente, la componen 43 personas de 26 familias. “La mayoría nos dedicábamos al tema de cultivos ilícitos”, comenta Joaquín Vargas, líder de Fantasías de Cerro Azul. “Cuando se dio el proceso de paz entre el Gobierno y las FARC [2016], nos acogimos al programa de restitución. Pero realmente eso fue un fracaso total, porque a la fecha no nos han dado la parte que nos correspondía por hacer esa sustitución”.
La alternativa la plantearon ellos. Aprovechando que viven en las veredas vecinas a La Lindosa, se capacitaron para convertirse en los guías de una de las zonas con más historia incluso a nivel mundial, donde los registros marcan que sus primeros pobladores habitaron hace unos 12.000 años, y que están ornamentadas por valiosas representaciones rupestres cargadas de distintas lecturas.
Interpretar
Cifuentes exige que cada grupo no sea mayor a diez personas: que el protector solar o el repelente se aplique antes de empezar a caminar. Metros previos a llegar al primer panel que contiene las figuras rupestres, pide hacer una pausa. La idea es que el sudor baje. Toda humedad adicional implica mayor deterioro de pigmentos y roca. Sin ser indígena, él comprende lo sagrado del lugar. “Agradezcan antes. ¿A quién? A Dios o a sus dioses, que son al final lo mismo”.

Desde 2018 La Lindosa se convirtió en un Área Arqueológica Protegida, por lo que, junto a la asociación, también la resguarda el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). A través del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y a extintos programas de USAID, los miembros de Cerro Azul se han capacitado en temas ambientales, de servicio al cliente y organización. Gracias a Víctor Caicedo, indígena tucano de la Amazonia, vienen comprendiendo lo ritual y ceremonial del espacio. “Igualmente, vamos aprendiendo de libros, documentales y de los grupos de investigación que vienen”, dice Vargas.
Cifuentes, por eso, insiste en que todo depende de la interpretación. Tanto lo que significan las antiquísimas figuras hechas de óxidos de hierro, como las hipótesis sobre la época en las que fueron pintadas. En 2022, por ejemplo, un grupo de investigadores colombianos e ingleses publicaron un estudio en la revista Philosophical Transactions of the Royal Society sugiriendo que en los paneles se pueden ver representaciones de megafauna de la Edad de Hielo, incluyendo a perezosos gigantes. El arte, por ende, pudo ser dibujado en un momento cercano a hace unos 12.600 años, justo de cuando datan los pigmentos de objetos y rastros que fueron excavados en La Lindosa.
Otras teorías han sido más reservadas. Desde 2016, estudiosos del pensamiento indígena amazónico y arte rupestre de la Universidad Nacional de Colombia, apuntan a que algunas de las imágenes son mucho más recientes, incluso de la época colonial. Argumentan que lo que se ve en los paneles de La Lindosa es el contacto entre los conquistadores europeos y los indígenas amazónicos, incluyendo caballos y perros de guerra.

Esa falta de certeza no le molesta a Cifuentes. En cambio, la apropia. “Pregúntense qué ven ustedes primero”, dice antes de responder cualquier duda que se le hace. Él parece tener estudiada cada figura. Por lo menos, las de los paneles que ellos vigilan y que están abiertos al turismo, ya que se calcula que hay hasta 70.000 figuras distribuidas en más de 50 muros de piedra, extendiéndose hasta el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete, en lo más denso de la Amazonia. El guía señala sus favoritas, pero se guarda sus propias sospechas sobre quién, cuándo o cómo pudieron pintarlas.
Turismo a la baja
Los visitantes que se acercan a La Lindosa han bajado en los últimos años. Vargas menciona algunas cifras: en 2022 llegaron a un pico, con casi 7.000 turistas al año. Desde entonces, el número se ha venido desplomando hasta llegar a 4.500 en 2024. A pesar de que para 2025 el dato no está consolidado, la asociación cree que “va a ser peor”. Ellos logran esquivar el conflicto, pero igual los golpea lateralmente. “El tema de la violencia a nivel país sí ha generado una serie de incertidumbres, la gente obviamente siente temor de venir a los territorios”, afirma.
Para turistas nacionales o extranjeros, el precio que cobran por ingresar es de 27.000 pesos colombianos (siete dólares), mientras que para los ciudadanos del Guaviare baja a 20.000 (cinco dólares). Por cada guía, que recibe máximo a diez personas a la vez, hay que pagar 107.000 pesos (28 dólares). Se organizan por turnos y parte de las personas que hacen parte de la asociación ofrecen servicio de gastronomía. “El turismo es una alternativa de vida que tenemos en el territorio: algo que debemos cuidar y pues que obviamente debemos apropiarnos de lo que tenemos”, agrega Vargas.

A través de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico (CDA), la autoridad ambiental que cobija el territorio, ya se creó un plan de manejo ambiental para La Lindosa, el instrumento que da pautas sobre cómo debe ser el turismo y el uso del sitio para no afectarlo. Sin embargo, explica Felipe Esponda, director de la CDA, este fue devuelto desde el Ministerio de Ambiente al ser radicado, ya que dentro de la zona hay tres comunidades indígenas, lo que implica que se necesita hacer una consulta previa en la que “ya se está trabajando”.
Eso no significa que Fantasías de Cerro Azul no sea un bálsamo para La Lindosa y sus rupestres pinturas. Desde que se conformaron como asociación, la gente va de a tandas, no toca las pinturas y le pone dimensión a todo lo que lo rodea. Su historia, su ecosistema, nuestros antepasados.
Cifuentes pasa junto a un bototo (Cochlospermum orinocense), un árbol que, para la cultura llanera, es capaz de curar enfermedades enigmáticas de los bebés si se le ata una prenda del niño alrededor del tronco. Le dice: “buenas compadre”. Lo llama así no solo porque es la tradición para que esa sanación se cumpla, sino porque tiene un pacto con ese mismo bototo: el de que en su vida jamás puede volver a tumbar un árbol.
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