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Columna

Cofradía de pedófilos

En la lista de depravados de Epstein hay de todo y Europa se definirá por la respuesta que dé al escándalo

En 2016, cuando un joven de 28 años irrumpió con un rifle de asalto en una pizzería de Washington en donde los bajos fondos de internet habían situado el centro de una fraternidad de pedófilos capitaneados por Hillary Clinton, yo aún creía que las mentes que producían esos delirios solo podían brotar en Estados Unidos. Hace diez años pensaba que el influjo que ejercía el imperio sobre nosotros, cultural en gran medida, no nos empujaba como sociedad a reproducir comportamientos patológicos. Aquella creencia delirante, bautizada como QAnon, creyó ver en Trump al David bíblico designado desde el más allá para limpiar de inmundicia este mundo. Lo alzaron como el líder del Gran Despertar, y Trump, proclive a alimentar con cualquier idea pestilente su propio pedo, se dejó abrazar por la conspiranoia y auguró que los papeles de Epstein serían la prueba definitiva que señalaría a toda una cofradía de pedófilos demócratas. Los papeles de Epstein protegieron, paradójicamente, al hombre amoral del que ya conocíamos comportamientos abusivos en todos los campos. Pero este cuentagotas de revelaciones enfurece al presidente: aunque lo desvelado aún no justifica imputación alguna para ese plantel de individuos repugnantes, Trump brilla con demasiada frecuencia en sus páginas; aunque jamás lleguemos al fondo del caso más sórdido de depravación protagonizado por figuras poderosas de la política internacional, la realeza, la academia y la cultura, todo nombre que asoma se convierte a nuestros ojos en partícipe o cómplice de esta fiesta inmunda.

Ya es mucho lo que nos señala el pequeño porcentaje de revelaciones. El poderoso se siente atraído por sus iguales; el poderoso cree que su comportamiento, por dañino que sea, es legítimo por cuanto el poder lo sitúa más allá de la legalidad; los derechos de mujeres y de menores, más aún si son pobres, no entran en su consideración ni le provocan culpa o piedad; asume, sin asomo de empatía, la idea de que hay personas que nacieron para su uso y disfrute, no contempla que ese abuso las desgracie de por vida. Hay ya algún idiota en España, siempre hay idiotas de avanzadilla, poniendo en duda la veracidad del caso. Es una interrogación que siembra otras, al tiempo. Está a un paso de decir que esto es una confabulación de las feministas para que los hombres muerdan el polvo de una puta vez, o para que esa ultraderecha que marcha a galope se descabalgue. Pero no hay caso, porque en la lista de los depravados hay de todo: filántropos que enmascaran lo sucio con buenas obras; líderes demócratas, como Clinton, a los que se les vio el plumero desde la casilla de salida; mujeres, como Hillary, que llevan toda la vida disculpando los pecadillos del cónyuge; hay privilegiados, como el ex príncipe Andrés, que ya desde el líquido amniótico han nadado en la abundancia; ministros de cultura de un país que han defendido el abuso como un aspecto de la vida íntima, véase Strauss-Khan; hay damas atraídas por ricos depravados; hay gente de la cultura que busca influencia o donaciones, referentes morales de la izquierda que sirven de consejeros, empresarios que por codicia estrechan la mano del pervertido. Hay un dinero putrefacto que les une a todos y un salvoconducto para entrar en la real sociedad de marranos. Europa se definirá también con la respuesta que dé a esta infección de carácter internacional. Como decía esta semana Reed Brody, el abogado de derechos humanos, comienzan a vislumbrarse los efectos de la resistencia del pueblo ante la crueldad. Europa empieza a torcer el gesto ante Trump, incluso una extrema derecha consolidada como la francesa. Aquí, en España, vamos tarde: Díaz Ayuso prepara una intervención en Mar-a-Lago con la ilusión de una chiquilla. No entiende, o sí, que se une a la parada de los monstruos, un espectáculo grotesco que acabará mal no sin antes destrozar lo que encuentren a su paso.

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