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LECTURAS INTERNACIONALES
Columna

Hegemonismo depredador, monarquía absoluta e ilustración oscura

Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás

La cosa ya tiene nombre. O mejor, tratándose de un ente tentacular, varios nombres distintos para un mismo peligro, cierto y creciente. Tres al menos: hegemonismo depredador, monarquismo absoluto e ilustración oscura. Todos inquietantes, como Trump y el trumpismo, el caudillo y su movimiento. Son libres y probablemente imprecisas las asociaciones con otros fenómenos surgidos en otras circunstancias históricas aunque de características similares, como el fascismo, el hitlerismo y los totalitarismos en general. De ahí que importen las definiciones ajustadas a nuestra época para entender su carácter y estimular la imaginación cívica y política de quienes quieran enfrentarse con ella.

Un año ha bastado para caracterizarlo como un hegemonismo depredador, es decir, un imperialismo sin más límites para controlar territorios u obtener rentas neocoloniales que los que encuentre su inmenso poder coercitivo, ya sea por las armas o los aranceles. Es relevante la opinión de Stephen Walt, catedrático de Harvard y uno de los más influyentes especialistas en relaciones internacionales, representante de la corriente realista, que es quien ha descrito el trumpismo como tal tipo de imperialismo, sin lealtad ni deferencia alguna hacia sus aliados, a los que exige concesiones y beneficios asimétricos, en una relación de vasallaje que no se permite con sus adversarios.

Las interdependencias en el orden internacional, y especialmente con los aliados europeos, han resultado una mina de oro para Trump, que ha podido extorsionar a placer a cuantos se habían acostumbrado a la benevolencia del imperio y no supieron organizarse a tiempo para enfrentarse al acoso imperial. Su esquema de dominación encaja con el concepto de neomonarquismo (neoroyalism), acuñado por los politólogos Stacie E. Goddard y Abraham Newman. Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás, a un modelo anterior a los Tratados de Westfalia (1648), de donde surgieron las soberanías territoriales, la igualdad jurídica entre los Estados, el principio de no injerencia política ni religiosa, la diplomacia moderna y el equilibrio de poder para evitar que uno de los soberanos se imponga sobre los otros.

Como estructura política, es una monarquía absoluta dedicada a la acumulación por el saqueo y la exacción, a imitación de los imperios antiguos, en los que el emperador era dueño de vidas y haciendas. La acumulación de poder personal, la desaparición de los contrapesos y controles, el control de la justicia y el legislativo, la politización de la policía y el ejército, el sometimiento de las universidades, la abogacía y las empresas, y la persecución de la disidencia bastan para definir al gobierno de tendencias despóticas que se ha instalado en la Casa Blanca. Solo queda en la reserva democrática el resultado de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre próximo, si Trump obtiene un resultado adverso y el Congreso de mayoría demócrata frena su asalto autocrático.

El trumpismo mezcla concepciones arcaicas, definidas muy propiamente como neorreaccionarias, con una modernidad tecnológica radical, de donde surgen las bases ideológicas de su legitimación. Concibe la fuerza como el único fundamento del derecho. Los valores universales, la igualdad, la democracia y los derechos humanos carecen de significado. Son inevitables e incluso deseables el conflicto, la jerarquía y la acumulación de riqueza. Hay que gestionar el imperio como una empresa multinacional, con un monarca al frente. Las antiguas administraciones profesionales deben ser sustituidas por clanes familiares, amigos y socios, cohesionados por los intereses compartidos. Finalmente, ningún freno moral o político debe oponerse a los cambios y a la aceleración que produce la tecnología.

También estas ideas tienen un nombre. Es la Ilustración Oscura, promovida por Nick Land y Curtis Yarvin, las mentes fundadoras del neorreaccionarismo, una corriente surgida en el mundo digital, inspiradora del trumpismo y eficaz ideología para los multimillonarios tecnológicos en su pugna contra cualquier control legal, el desbordamiento del poder de los gobiernos, la elusión de toda fiscalidad e incluso las distopías tecnológicas que permiten imaginar una fusión hombre-máquina y conducirles a una forma de una humanidad superior capaz de habitar Marte, en una hiperracista secesión respecto a la humanidad común.

A la vista está que la Ilustración Oscura es lo contrario de la Ilustración surgida en Europa en el siglo XVIII. Pretende que la humanidad entera, sometida a los imperios neorreaccionarios, regrese a la minoría de edad de quien no se atreve a pensar por sí mismo, para someterse sumisamente al poder feudal de las grandes tecnológicas. No es Ilustración y es ciertamente oscura, incluso negra, como las camisas del fascio y las runas y cruces gamadas del nazismo. Tan negra como los ídolos demolidos por la Ilustración. Una vez convertidos los ciudadanos en consumidores tecnológicos, desprotegidos por las leyes, el Estado de derecho, las instituciones multilaterales y, en nuestro caso, la Unión Europea, se trata de transformarlos en siervos tecnológicos precisamente en nombre de la libertad.

‘Neorrealismo: el nuevo orden mundial de Donald J. Trump’

Stacie E. Goddard y Abraham Newman, ‘Le Grand Continent’, 2 de febrero.

‘The Predatory Hegemon. How Trump wields American power’

Stephen M. Walt, ‘Foreign Affairs’, 3 de febrero.

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