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Columna

Derecho de fuga: la secesión invisible de la élite

Los más ricos del planeta ya no comparten nuestro mundo, aunque sigan viviendo en él

Hay una secesión en marcha que no aparece en ningún mapa. No es territorial, sino existencial. Los hombres más ricos del planeta —Jeff Bezos, Elon Musk, Peter Thiel— ya no comparten del todo nuestro mundo, aunque sigan viviendo en él. No es solo desigualdad económica, sino algo más profundo: la posibilidad de situarse fuera de las reglas comunes y la exposición pública. El fenómeno está documentado. Una buena parte de los multimillonarios de Silicon Valley, por ejemplo, cuenta con planes de escape ante escenarios de colapso como pandemias, crisis climáticas, revueltas sociales o guerras. Nueva Zelanda condensa esa fantasía de evasión por su lejanía, estabilidad y condiciones materiales para sobrevivir al colapso. Peter Thiel es el caso más conocido. Obtuvo la ciudadanía neozelandesa en 2011 de forma controvertida y adquirió propiedades allí para eso. No es una excentricidad individual, sino una lógica compartida de ciudadanías de repuesto, refugios para el colapso, geografías de salida. Derecho de fuga.

La secesión no solo adopta la forma del búnker; también se expresa en islas privadas, en la fantasía de conquistar Groenlandia, en plataformas digitales donde las reglas se escriben desde arriba. Durante años, esa misma élite gravitó en torno a un personaje, Jeffrey Epstein, que ofrecía algo que ni el dinero garantiza. Conviene decirlo con claridad: Epstein no fue un simple proveedor de delitos sexuales. Eso era el producto. Lo que realmente ofrecía era la experiencia de la impunidad. Su isla no fue solo un escenario de crímenes, sino el prototipo de un mundo paralelo y sin ley para quien podía pagarlo. Los archivos muestran correos, invitaciones, visitas. La pregunta habitual es quién hizo qué, pero hay otra más reveladora: ¿por qué un depredador condenado siguió siendo un nodo de conexión entre algunas de las élites más poderosas del planeta? La respuesta no está solo en el chantaje individual, sino en algo colectivo: la fraternidad del secreto. Quien entraba quedaba ligado a los demás por la transgresión compartida.

La democracia sucede en el espacio público, donde aparecemos ante otros y nuestras acciones tienen testigos, donde lo que hacemos puede ser visto, juzgado y respondido. Lo que necesita oscuridad para sobrevivir es su contrario: conspiración, crimen, tiranía. El poder de la red de Epstein solo podía existir en las sombras porque la luz pública lo habría deshecho. El búnker de Thiel, el control de Musk sobre la conversación pública, la evasión fiscal de Bezos y la isla de Epstein no son lo mismo, pero tienen una lógica común: la convicción de que la riqueza extrema otorga el derecho a sustraerse del marco común. No los conecta una conspiración unificada, sino un imaginario de fuga con formas distintas y gravedad desigual. Y ese es el problema político de fondo. ¿Puede haber democracia si una clase tiene la capacidad material de situarse fuera de ella? La respuesta es no. La democracia implica que todos estamos sometidos a las mismas reglas. Si alguien puede comprar su salida del fisco, de la ley, de toda consecuencia, ¿qué queda del pacto? Su forma vaciada. Las instituciones siguen en pie, pero el poder real se desplaza. No es un colapso súbito, sino un desmontaje gradual. Cada semana hay una señal más: un medio cierra su redacción de investigación, una plataforma elimina la verificación de hechos, un multimillonario adquiere su ciudadanía de repuesto. La democracia no está siendo derrocada, sino vaciada, y cuando solo quede el cascarón dirán que nunca funcionó.

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