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Ser jubilado en una Cuba exhausta: “No se puede decir a la gente que vamos a vivir de lo que producimos. ¿Qué rayos producimos?”

La generación que sufrió los rigores del llamado Periodo Especial se enfrenta a una vejez de miseria e incertidumbre

“Lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”. Es una de esas frases populares que los cubanos llevan toda la vida escuchando de sus abuelos, ante situaciones difíciles de la vida cotidiana. Este viernes, Ana Julia T. (68 años) no pudo evitar soltarla, sentada frente al televisor de su casa, mientras las autoridades informaban de algunas de las medidas de contingencia relacionadas con el consumo eléctrico, el transporte, el trabajo y la educación, para sobrellevar la actual escasez de combustible que sufre la isla, fruto del bloqueo energético impuesto por la Administración de Donald Trump.

Ella pertenece a una generación que ha vivido, desde los inicios del proceso político, bajo el Gobierno de los Castro. Como el escritor Leonardo Padura refleja en su más reciente novela, Morir en la arena, son personas que se sacrificaron, hicieron todo lo que sus líderes demandaron y a la edad de jubilarse, mientras la utopía se desvanecía, se dieron cuenta de que no tenían nada. Ni siquiera dinero suficiente para comprar insumos básicos.

Havana, Cuba

Por eso, gente como Ana Julia T. se ha visto obligada a “inventarlas en el aire” para poder seguir adelante, aunque sin esperanzas ni de una mejoría del país ni de un cambio. Eso se refleja en el tono resignado de su voz. “Yo me he echado la película completa. A mí no hay quien me haga un cuento a estas alturas”, dice, incrédula con la capacidad de las autoridades para dar certidumbres a la población en medio del mar de peligros que acechan a una sociedad fracturada, frustrada y en crisis acumulativa.

La situación de esta mujer casi septuagenaria, que solventó el llamado Periodo Especial de los años noventa gracias a que trabajaba en uno de los restaurantes más famosos de La Habana —en tiempos en que el turismo propiciaba mejores condiciones de vida—, puede ser hoy la de casi cualquier jubilado que, en el mejor de los casos, puede valerse por sí mismo para no tener que recurrir a la mendicidad y no pasar hambre. Tras su retiro, esta mujer se vio obligada a seguir trabajando, cerca de casa, para complementar con dos menguados salarios estatales su pensión de casi 4.000 pesos cubanos (CUP; unos 8 dólares).

Havana, Cuba

Vive sola en un apartamento del Cerro habanero. No tuvo hijos ni tiene un familiar o amigo en el exterior que pueda ayudar con alguna remesa ocasional. Asegura que ha logrado organizar sus finanzas para sobrevivir “sin pasar hambre”. Añadió hace poco a sus ganancias el alquiler de una de las habitaciones de su casa a universitarios de otras provincias que vienen a estudiar a la capital. En total, puede llegar a percibir unos 19.000 CUP (casi 39 dólares) al mes. Pero llegar a fin de mes requiere un ejercicio de ingeniería minucioso.

Su vida se limita al entorno del barrio, del trabajo a la casa y viceversa. Ahora lo único que le preocupa es que la agudización de los problemas del transporte le impida ir a ver a su madre nonagenaria, que vive en un municipio distante. Reza por que ninguna de las dos sufra una enfermedad que requiera algún tipo de ingreso en hospitales o la compra de medicamentos, escasos en las farmacias estatales y a precios desorbitados en el mercado informal.

En una sociedad como la cubana, cuyo principal reto demográfico es el envejecimiento de la población —los que tienen 60 años o más ya superan el 25% del total de la población, por debajo de los 10 millones—, muchos ancianos se sienten la última carta de la baraja, ante momentos de crisis aguda y la incompetencia de la acción estatal. Cuando Ana Julia piensa en su futuro, se encoge de hombres. Solo alcanza a decir: “Para que la vida mejore, tenemos que cambiar tantas cosas internamente”.

La odisea de los medicamentos

Para muchas familias en Cuba, desde hace varios años, asegurarse de lo mínimo para tener una vida digna es una tarea de titanes. En un contexto donde el Estado se ha ido replegando de la vida del barrio ―donde son negocios privados o mipymes los que aseguran lo básico, a precios desorbitados— y las políticas sociales son ineficaces o inexistentes, un familiar en el exterior, capaz de mandar una remesa, marca una gran diferencia. Por ello, los adultos mayores que viven solos, o familias enteras que no tienen una mano amiga a la que acudir, se ven en una situación de extrema vulnerabilidad ante el alto coste de la vida en la isla. Sucede así, por ejemplo, con la necesidad de encontrar medicamentos ante cualquier problema de salud. Es una auténtica odisea.

Vendedor de cerdo en Cuba

Mientras algunas familias con posibilidades para ello han recurrido al mercado informal e invertido alrededor de 200 dólares —o recibido envíos externos— para hacerse con medicamentos para un año, ante la actual contingencia, a otras no les queda más remedio que acudir a las farmacias estatales para “cazar” las medicinas que haya disponibles.

Desde hace algún tiempo, para sortear el caos generado por las colas para comprar en las farmacias, opera una organización, según el consultorio médico al que pertenezca una familia. Cada día del mes se permite comprar a las familias asociadas a un determinado consultorio. “El día que te toca, vas y compras. Durante el mes se van rotando las posiciones”, asegura Doris G. (72 años), que vive en Centro Habana, donde hay 14 consultorios.

“Si tocó el número 14, ese mes comprarás en última posición y, generalmente, no hay nada para comprar. Tendrás que esperar al siguiente mes, a ver si te toca entre los primeros puestos”, explica la mujer. Se consuela diciendo que “al menos de esta forma se está garantizando que los pocos medicamentos que se ofertan lleguen de una manera más equitativa a las familias”.

Frente a su enmarañada cotidianidad, Doris, una antigua cartógrafa que vivió el Periodo Especial como un momento “duro” en su vida, dice no entender la estrategia de las autoridades cubanas en este momento. “No se puede pedir a la gente que resista con creatividad, ni que vamos a comer lo que podamos producir. ¿Qué rayos estamos produciendo?”, se pregunta.

Persona llena su tanque de gasolina en Cuba

Asegura que su día a día se dirime intentando seguir el ritmo a un contexto en constante ebullición. “A la bodega voy cuando corren la voz de que vino algo. Las sucursales de bancos por la zona han ido cerrando en los últimos años y hay que hacer esas gestiones cada vez más lejos; a la farmacia solo voy una vez al mes, cuando me toca”. Y todo parece indicar que algunas gestiones se van a enredar más, a partir de que las autoridades cubanas anunciaron que la atención al público, por ejemplo, de las entidades bancarias, se limitará de lunes a jueves.

Mientras el tiempo pasa, quien puede se va preparando para los peores escenarios, entre apagones y escasez de todo tipo, incluso desde el exterior de la isla. Alfredo, un joven cubano residente en Madrid que por seguridad rechaza dar su apellido, agarró un pasaje a Cuba para “chequear la situación” de sus padres en un poblado del municipio de Colón, en la provincia de Matanzas. A ellos les lleva una maleta repleta de víveres y medicamentos a los que el matrimonio, que vive de lo que siembra en su pequeña finca, no puede acceder con facilidad. “Mi padre es diabético, hipertenso y tiene que tomarse un cóctel de pastillas cada mañana, de las cuales le falta casi siempre la mitad de lo que debería consumir”, asegura el joven vía WhatsApp, mientras prepara el equipaje.

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