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En colaboración conOEI
Opinión

Nicaragua: la crisis interminable

Desde la reciente captura de Nicolás Maduro, la copresidenta Rosario Murillo ha bajado el tono de su discurso antimperialista

Rosario Murillo

Daniel Ortega logró retornar al poder en Nicaragua vía elecciones en 2007. Convenció con pactos y promesas de que ya no era el mismo guerrillero al que temían sus adversarios de los años 80, promotores del apoyo de Estados Unidos al cruento enfrentamiento armado anti-sandinista, la llamada “Guerra de la Contra”.

Durante los 17 años que le tomó volver a gobernar, Ortega pasó de hostigar a la nueva presidenta, Violeta Chamorro, con asonadas y huelgas, en una política confrontativa de “gobernar desde abajo”, a irse despojando de sus actitudes de gallo de pelea. Se presentó como candidato electoral en 1996 y 2001, cada vez más conciliador. Pidió perdón por los “errores” de la revolución sandinista, se vistió de blanco, descartó las gruesas gafas y la ropa rocambolesca. En apariencia moderno y moderado, se mostró dispuesto a aceptar las leyes de mercado, la división de poderes del Estado y la libertad de prensa. No sólo hizo las paces con la Iglesia, sino que él y su esposa fueron vistos en los medios comulgando y asistiendo a misa como hijos pródigos. Tras veintitantos años de vida en común, hicieron que el arzobispo de Managua, Miguel Obando, quien fuera su némesis, los casara en la Catedral rodeados por sus ocho hijos. Esta “conversión” religiosa devino en la prohibición absoluta del aborto terapéutico, aceptado legalmente en el país desde el siglo XIX y abolido en la Asamblea Nacional, con los votos del Frente Sandinista, en 2006. El discurso de la pareja se llenó de una mezcla de religiosidad católica y lenguaje esotérico. Desde entonces, Murillo se ha instituido como sacerdotisa de su religión personal.

Ortega cedió a su mujer la dirección de su tercera campaña electoral. Ella cambió el clásico rojinegro guerrillero por magenta, azul y amarillo sicodélicos. Con melodías de los Beatles y palabras que prometían amor, trabajo y paz, Murillo invocó los alegres e idealistas años 60 para vestir al lobo de cordero. Lo logró. Ortega reconquistó el poder en 2007.

Hasta la rebelión ciudadana de 2018, Ortega y Murillo -ella ya convertida en vicepresidenta y vocera cotidiana del régimen- construyeron una pseudodemocracia neo-sandinista cada vez más vacía de contenido, caracterizada por los ataques selectivos a medios de comunicación, la dominación del Estado por el partido y el fin de la división de poderes. Desarrollaron además una útil relación transaccional con el sector privado: les daban ventajas a cambio de que no intervinieran en política. Para 2018, Ortega y Murillo tenían la sartén por el mango. Lo que no tenían ya, tras las elecciones fraudulentas y las maniobras con que alcanzaron un poder absoluto, era el apoyo popular.

La gente evitaba calificar a la dictadura, pero la sentía. Hasta ese momento, sin embargo, la represión era selectiva. Se concentraba en el campo, donde los campesinos se oponían a la concesión de sus tierras para un Canal Interoceánico disparatado que los Ortega-Murillo habían negociado con un empresario chino desconocido. A la pareja, que se ufanaba de sus logros, el estallido social de abril de 2018 los tomó de sorpresa y los descolocó sin remedio. El detonante fueron pequeñas manifestaciones de protesta en varias ciudades por una ley del Seguro Social que pretendía que los jubilados pagaran un 5% de impuestos del monto de sus pensiones. Con Ortega fuera del país, Rosario Murillo ordenó arremeter “con todo” contra los manifestantes. Motorizados armados con hierros, y apoyados por violentos grupos de choque con camisetas que prometían amor y paz, atacaron con saña a quienes protestaban. Las brutales palizas contra estudiantes y jubilados, que testigos filmaron con sus móviles, se hicieron virales. Varios estudiantes refugiados en Universidades y en la Catedral de Managua fueron blanco de francotiradores. Ante los primeros muertos (entre ellos un jovencito de quince años que llevaba agua a los chicos que ocuparon la catedral. y a quien se le negó ayuda en el hospital) la gente se alzó en las principales ciudades del país. Por meses hubo enfrentamientos de pobladores desarmados contra un ejército de paramilitares armados que eran transportados en patrullas policiales. El grito popular era claro: “Que se vayan”, refiriéndose a la pareja presidencial. La represión fue bestial. Más de 356 personas fueron asesinadas. Se llenaron las cárceles y miles de personas huyeron a Costa Rica. Con sangre y fuego Ortega y Murillo sofocaron las protestas.

La dictadura se sacó de la manga el relato de que se trataba de un golpe de Estado instigado por Estados Unidos. Desde entonces, esa ha sido la justificación para reprimir y atrincherarse en el poder. Vengativos y paranoicos, Ortega y Murillo han desmantelado el incipiente Estado de Derecho e instalado en Nicaragua una férrea tiranía. Las máscaras con que la pareja regresó a gobernar cayeron. De cara a las elecciones de 2021, apresaron a toda la dirigencia de la oposición. Mientras alababan a Dios y la Virgen, la emprendieron contra la Iglesia Católica; cerraron los medios independientes, confiscaron el periódico más antiguo del país y atacaron con impuestos y acusaciones falsas al sector privado que apoyó las protestas. Ante la continuidad de demandas de la oposición y la comunidad internacional, en 2023 liberaron a dirigentes e intelectuales presos -más de doscientos- que enviaron a Estados Unidos. Luego, aquellos desterrados y una lista de 94 personas más fueron acusados de traición, desnacionalizados y sus bienes confiscados. Los destierros se convirtieron en política nacional: se decide arbitrariamente quién entra o sale del país. Paradójicamente, las remesas que envían los que se han marchado -el 10% de la población- sostienen la economía.

En 2025, como muestra de la concentración de poder en Rosario Murillo, se reformó la Constitución. Ella es ahora copresidente y aspira a un traspaso de mando cuando Ortega, cada día más deteriorado y senil, deje de existir. Para defenderse de posibles adversarios con autoridad, Murillo ha hecho una limpieza de funcionarios sandinistas leales a Ortega y ha creado una fuerza paramilitar que, a todas luces, le serviría para blindarse contra el propio Ejército.

Aislado de Europa, Estados Unidos e instituciones internacionales, el régimen se ha acercado a naciones como China, Irán o Corea del Norte, y ha mantenido sus vínculos con Cuba y Venezuela.

La reciente captura de Maduro ha puesto nerviosa a la dictadura, que se siente en jaque. Rosario Murillo ha bajado el tono de su discurso antimperialista desde entonces, y en un gesto conciliador ha liberado a 24 presos políticos, aunque los ha sustituido por 60 personas detenidas que celebraron en redes el fin de Maduro.

Por su parte, la concesiones mineras y comerciales con China puede que irriten a Trump y compañía, pero Nicaragua carece de recursos que inciten a Estados Unidos a una operación de extracción de tiranos, como la de Venezuela.

Por mucho que Murillo intente sustituir a Ortega, es impredecible si al desaparecer él se resquebraje el mandato por delegación que ella ha manejado. Su actuación inclemente, sus recelos y su régimen de terror no le garantizan a nadie permanencia o seguridad, por lo que puede suceder que esa sea la semilla de su autodestrucción. Tampoco está claro si alguno de sus hijos obtendrá el consenso para instalar una nueva dinastía. Tanto por eso como por los alcances reales de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (la Donroe de Trump) y la debilidad de una oposición dividida, el futuro de Nicaragua permanece en una crisis interminable.

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