El sueño roto de migrar a Estados Unidos y la odisea del regreso: “Estuve cuatro meses preso. Solo así conocí Nueva York”
La persecución de Trump genera un flujo masivo de retorno hacia América Latina impulsado por el temor a las redadas masivas

Laime Arold, haitiano de 26 años, compra barras energéticas en una pequeña tienda a la orilla de la carretera Panamericana, en el sur de Chiapas, en México. José Adán, hondureño, reza en voz alta en un parque de Tapachula: le pide a Dios que lo libre de los secuestradores y de la policía en el camino. Gerardo Aguilar, venezolano, viaja a 90 kilómetros por hora, acostado sobre dos asientos en un autobús con rumbo a Guatemala, mientras habla por teléfono con la mujer que dejó en Caracas.
Los tres tienen algo en común: están en México y son migrantes. Ninguno de los tres va hacia el norte. Van hacia el sur. No buscan cruzar el río Bravo, sino alejarse de él. Son migrantes que huyen de la tierra que un día soñaron y que luego los expulsó.
En el último año, el primero del segundo mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump miles de migrantes (al menos 14.000 hasta septiembre) han emprendido un camino a la inversa, empujados por las políticas de terror y la persecución de los agentes migratorios. Entre octubre de 2025 y enero de 2026, este periódico conversó con migrantes que realizaban esa travesía al revés. La migración hacia el sur no es un fenómeno inédito, pero sí uno que se ha hecho más notorio bajo el Gobierno xenófobo de Trump.
Venezuela, Haití y Honduras, tres de los países que más migrantes han expulsado hacia el norte de América en la última década, vuelven a aparecer en este mapa, ahora al revés. Según datos oficiales, cerca de 2,5 millones de venezolanos, haitianos y hondureños han llegado a Estados Unidos en los últimos diez años. Y ahora muchos de ellos están regresando.
Gerardo tiene 37 años y salió de Caracas en noviembre de 2022. Lo hizo empujado por el salario miserable que ganaba en una empresa petrolera. Para vivir en Estados Unidos tuvo que pasar un calvario: dejarlo todo y a todos en su país, cruzar la selva del Darién arriesgando su vida, ser secuestrado dos veces en México y trabajar sin documentos con el temor de que cada día allá podía ser el último.
Durante los últimos dos años vivió en Austin, Texas, donde trabajó en la construcción. Con lo que ganaba cambió su vida, pagó sus deudas, se compró un carro, ropa de marca y hasta algunas joyas. Mandaba dinero a su familia y con el tiempo se hizo la idea de vivir allá. Hasta que una redada en junio de 2025 lo convirtió en cifra.
“Agarraron como a setenta. Todos de la misma obra”, dice. “Estuve cuatro meses preso. Solo así conocí Nueva York. Lástima que lo conocí preso, no pude salir”.

Desde la llegada de Donald Trump, las autoridades migratorias estadounidenses han lanzado una embestida a la caza de migrantes indocumentados no solo en la frontera, sino en operativos en comunidades, espacios públicos y lugares de trabajo.
Datos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) muestran que las autoridades realizaron un promedio de 746 arrestos diarios en 2025. Las redadas causaron tanto temor en la mano de obra migrante que, para fin de año, los sectores agrícola, de construcción y comida rápida reportaron una importante disminución en su personal porque los migrantes no se presentaban a trabajar. El 82% de las empresas en California reportaron millones de dólares en pérdidas por los arrestos y el 44% de ellas asegura que perdió más de la mitad de sus ingresos, según un informe del condado de Los Ángeles publicado en septiembre.
Tras cuatro meses en prisión, Gerardo llegó deportado a Piedras Negras, en el estado mexicano de Coahuila, fronterizo con Texas. Ahí, en un albergue, conoció a otros venezolanos: Anderson, Gianna y la hija de ambos, de ocho años; también a Yanira y Óscar, con su hijo adolescente. Luego de dos meses, emprendieron su camino hacia el sur y se asentaron en la colonia Vallejo, en la periferia de la Ciudad de México. Hasta que el 3 de enero de 2026, la caída de unas bombas en Caracas les hizo creer que era buen momento de regresar a casa.
La captura del expresidente Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha provocado que muchos venezolanos vean ahora una nueva esperanza. “No creo que eso cambie de la noche a la mañana, pero ahora al menos puede cambiar”, dice Yanira, mientras abraza a su hijo en el autobús con rumbo hacia Guatemala.
Estos siete venezolanos aseguran que fueron secuestrados por agentes de Migración mexicanos cuando cruzaban por Oaxaca. Ahí les quitaron los pocos pesos que traían hasta que, tres días después, los dejaron libres.
La ruta al revés
A mediados de enero de 2026, los siete venezolanos llegaron a la estación de autobuses Cristóbal Colón, en el corazón de la Ciudad de Guatemala. Ahí esperaron durante más de una semana hasta retomar su ruta, ahora rumbo a Panamá. Ya no se verán obligados a pasar por la peligrosa selva del Darién, como cuando venían. En Bajo Chiquito, Panamá, tomarán una lancha por 250 dólares cada uno que los llevará a Necoclí, en Colombia. “El sueño americano se nos rompió, mi hermano. Ahora vamos a probar suerte de nuevo en Venezuela”, dice Gerardo.
Un día a principios de enero de 2026, en una banca del parque Bicentenario en el corazón de Tapachula, Chiapas, José Adán se juega la suerte. Está sentado frente a otros tres migrantes: dos son hondureños y uno salvadoreño. Juegan una partida de cartas y han apostado lo que para ellos es una fortuna: doscientos pesos mexicanos, unos diez dólares. Es su último día en esta ciudad donde ha permanecido durante los últimos tres meses esperando reunir setecientos pesos para irse en autobús hasta Guatemala. Sabe que perder los diez dólares podría retenerlo al menos una semana más.
José Adán está aquí. Explica por qué lo deportaron y tuvo que dejar en Los Ángeles a su esposa y a sus dos hijas de 8 y 9 años. “Allá yo trabajaba bien. Ganaba bien. Vivía con mi familia. Pero ahora no voy a regresar [a Estados Unidos]. Nadie está regresando”, dice.
Este será su segundo intento. En el último que hizo hace un mes y medio lo secuestraron en la frontera hacia el sur. En el río Suchiate que separa a México de Guatemala, los balseros han encontrado un nuevo negocio, cuenta José Adán: al llegar a la orilla, les ofrecen hospedaje y seguridad. Pero en realidad, aquella oferta se convierte en un secuestro exprés.
Es miércoles 1 de octubre de 2025 y Laime Arold camina bajo el sol rumbo al norte de México. Pero no intenta llegar a Estados Unidos. Hace tres semanas se auto deportó. Se entregó a las autoridades migratorias, quienes lo llevaron hasta Piedras Negras. Ahí pensaba buscarse la vida, pero a las autoridades mexicanas les pareció que no estaba lo suficientemente al sur, así que lo enviaron 4.000 kilómetros más atrás y lo enviaron a Tapachula, en la frontera con Guatemala.

Laime ahora camina hacia el norte porque pretende llegar a Ciudad de México.
En Austin, recuerda el haitiano de 26 años, trabajó como cocinero, un oficio que aprendió hace casi una década cuando vivió en Chile, a donde huyó luego de dejar Puerto Príncipe, la capital de Haití. Ahí también aprendió a hablar español.
—En Haití había mucho miedo. Las pandillas no dejaban vivir. No se podía dormir. Teníamos que escondernos. En Estados Unidos ahora es parecido. No hay pandillas, pero te persiguen, te acosan —dice mientras avanza sobre la calzada.
Los esfuerzos del Gobierno estadounidense para deshacerse de los migrantes indocumentados han llegado al punto de ofrecer recompensas para quienes lo hagan. En enero de 2026, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) anunció que todo migrante que se autodeportara recibiría 2.600 dólares en recompensa y afirmó que para esa fecha unos dos millones ya lo habían hecho.
Laime no recibió esa recompensa porque se autodeportó antes. “Tenía que ver la televisión y las redes sociales para ver si no había operativos de ICE. A varios de mis compañeros se los llevaron. Hay mucho odio y particularmente contra los haitianos”, dice.
En septiembre de 2024, cuando aún era candidato, el discurso de odio de Trump contra los haitianos llegó a ser tan brutal que llegó a decir que “se están comiendo a los perros, se están comiendo a los gatos, se están comiendo las mascotas de la gente que vive allí”.
—No se puede vivir con miedo. Yo no quiero vivir más con miedo. Por eso voy a buscar una nueva vida aquí, donde hay odio, pero es mucho menos —dice Laime.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.








































