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Los sótanos del frente de combate donde Ucrania se especializa en la guerra electrónica

Obligado por la invasión rusa, Kiev se ha situado a la vanguardia del uso y derribo de drones como los empleados ahora por Irán para responder a los ataques de EE UU e Israel

Andrey Kibenok abre el portamaletas que contiene el sistema antidrones instalado sobre su furgoneta en el este de Ucrania.Luis de Vega

Andrey Kibenok, de 38 años, no tenía ni idea de tecnología cuando, hace 11 años, empezó a servir en el ejército de Ucrania. Hoy, el conflicto ha dado un vuelco y dirige un pequeño taller de fabricación de sistemas antidrones en el frente oriental en la región de Donetsk. A raíz de la gran invasión desatada en febrero de 2022, empezó a interesarse por el armamento que pronto ganaría protagonismo: los drones. Primero, en torno a 2023, los desmontaba y analizaba pieza a pieza. Después, al año siguiente, le picó la curiosidad por cómo podrían ser derribados. Y en eso está.

Kibenok representa uno de los miles de eslabones de la cadena improvisada de fabricantes casi caseros de armas que, a la vez que la industria de defensa con la última tecnología, hacen frente al invasor. En 2015 se labró un nombre como soldado por su conocimiento del terreno y las autoridades de Moscú, afirma, llegaron a ofrecer 25.000 dólares por su cabeza. Hoy, los problemas de salud le impiden combatir en primera línea, pero eso no ha impedido que se haya adaptado a las nuevas necesidades militares de su país.

En la nueva carrera armamentística, los drones –baratos y efectivos– ganan espacio ante la artillería, los misiles o los aviones de combate. Eso ha colocado a Kiev en una posición privilegiada. Su experiencia se ha puesto de manifiesto en cuanto Irán ha empezado a defenderse de los ataques de Estados Unidos e Israel con los mismos aparatos suicidas con los que Moscú lleva castigando a Ucrania cuatro años. Toda una paradoja después de que el presidente Donald Trump cerrara el año pasado el grifo del armamento estadounidense que llegaba a Ucrania. Pese a todo, el presidente Volodímir Zelenski ha anunciado que a lo largo de esta semana llegarán a la zona los primeros especialistas ucranios con conocimientos técnicos para colaborar frente a la contraofensiva de Teherán.

Cada día son lanzados cientos de aviones no tripulados, desde los grandes Shahed, de 3,5 metros, a pequeños drones de uso civil convertidos en arma de ataque. La propia Unión Europea sabe que su plan defensivo frente al Kremlin depende en gran medida del conocimiento adquirido por Kiev. Hasta Estados Unidos ha solicitado ayuda a Ucrania, al igual que otros países de Oriente Medio, y se ha interesado por sus interceptores de drones.

En esta exrepública soviética han surgido empresas como Wild Hornets, nacida en 2023, que fabrica drones de reconocimiento y kamikazes así como interceptores. Uno de sus productos estrella es el dron Sting, capaz de derribar los Shahed. También la compañía SkyFall, fabricante del conocido dron bombardero Vampire, ha desarrollado un arma que funciona de interceptor, el modelo P1-Sun, y que podría empezar ya a exportar. Pero es en muchos garajes y sótanos desperdigados cerca de la línea del frente donde a diario también miles de militares estudian, diseñan, fabrican y ponen en práctica drones y sistemas para derribarlos, como hacen Kibenok y sus compañeros de la Brigada 28.

¿Cómo se da ese salto tecnológico? “Google”, sentencia Kibenok, refiriéndose al origen de las soluciones de andar por casa y bajo coste entre las que se mueve. Traslada al reportero hasta su laboratorio en una furgoneta equipada con uno de sus sistemas antidrones por la carretera que lleva de Kramatorsk a Sloviansk, en Donetsk. A menudo, el camino transcurre entre túneles levantados con redes para evitar el impacto de los aviones no tripulados con los que, de manera sistemática, atacan los rusos, a unos 15 kilómetros de distancia. Este rudimentario sistema de defensa contrasta con lo que, minutos después, muestra el militar.

El taller, en el que trabajan media docena de hombres, ocupa varias estancias en el sótano de un chalé en plena zona asediada por Rusia. Varios de ellos agachan la cabeza alumbrados por flexos en torno a cables, microchips y herramientas de precisión. Junto a ellos, Kibenok muestra un portamaletas de la marca Thule de los que se colocan sobre los coches para aumentar la capacidad de transporte del vehículo. Al abrirlo, se aprecian una serie de antenas —“las más pequeñas, para las altas frecuencias; las mayores, para las bajas frecuencias”, explica— que conforman un sistema de intercepción de drones.

En otra de las habitaciones se escucha un ronroneo repetitivo. Se trata de una docena de impresoras 3D fabricando piezas de plástico que después, ensambladas, conformarán el armazón del sistema antidrones. El origen son diferentes bovinas de cable de plástico que, tras unas siete horas, acaba convertido en una de esas piezas. “Esta tiene ya 7.000 horas de trabajo a sus espaldas”, explica Kibenok señalando una de las máquinas.

Los comienzos fueron complicados, reconoce el responsable del taller. Pero, en estos dos años, han avanzado en los modelos que los últimos son capaces de actuar sin causar interferencias y bloquear el wifi o los móviles que se encuentran alrededor o, incluso, las propias conexiones de los tanques u otros vehículos militares.

La base de la financiación de las instalaciones corresponde al propio Kibenok, inversor en criptomonedas, junto a algunas donaciones de fuera. Asegura que con el salario de unas 50.000 grivnas (en torno a 1.000 euros) que reciben no sería posible. “Solo esta casa supone 75.000 grivnas (unos 1.500 euros) al mes de alquiler”, comenta.

Hace pocos días les ha llegado una donación de 13.000 euros de una iniciativa católica alemana que ya en enero les había enviado 9.000 euros. El más caro de los sistemas que diseñan cuesta 450.000 grivnas (unos 9.000 euros). Un empresario del sector alimentario de la región de Vinitsia les ha comprado recientemente cinco unidades antidrones para entregar al ejército. Kibenok calcula que de este taller salen sistemas de defensa destinados a una treintena de brigadas. También algunas gasolineras de la zona del Donbás, uno de los principales escenarios de la contienda, están ya dotadas con ellos.

Sirven, reconoce, para derribar la inmensa mayoría de los drones tipo FPV (First Personal View, es decir, dotados de una cámara frontal), pero no para los de mayor envergadura como los Shahed de origen iraní y cientos de kilómetros de alcance que, desde hace meses, Rusia también fabrica. En todo caso, los 57.000 aparatos tipo Shahed lanzados hacia ucrania por Moscú, según estimaciones de Zelenski, han llevado a Kiev a dotarse también de especialistas en la interceptación de ese armamento que hoy mantiene en vilo especialmente a los países del Golfo.

Vaha, un ingeniero de 45 años de la Brigada 93, estima que en torno al 10% de los drones con que ataca Rusia son aparatos guiados por un cable de fibra óptica de decenas de kilómetros, por lo que no necesitan frecuencia para volar. Se trata también de un nuevo armamento en el que ambos bandos investigan y mejoran cada día. Frente a ellos, resuelve este militar, “no queda más que disparar”.

En todo caso, y pese al anuncio presidencial, los militares consultados sobre el terreno, en la zona de Kramatorsk y Sloviansk, las dos mayores ciudades del Donbás que quedan bajo dominio de Ucrania, son reacios a que Kiev envíe un destacado número de efectivos y de equipos pues eso reduciría su capacidad de defensa frente a los rusos. Así lo entiende Vaha, rodeado de otros compañeros en las desvencijadas instalaciones de un garaje donde muestran algunos de sus avances en la intercepción de drones. Comenta que Kiev solo debería ofrecer en estos momentos consejo porque “tenemos otras prioridades aquí. Es imposible enviar a gente, aunque también se podrían venir a formar aquí”.

Centro de pantallas

A unos kilómetros, en otra vivienda habilitada como cuartel, se ubica el mando del batallón de la Brigada 93 especializado en la lucha antidrones, formada por unos cien efectivos. Media docena de personas vigilan varias pantallas en las que aparecen las imágenes de drones drusos cuya frecuencia ha sido interceptada con ayuda de compañeros diseminados con antenas en las posiciones más próximas a los rusos.

Un descomunal soldado apodado Grizzly (oso), de 40 años, explica el funcionamiento de las instalaciones mientras la pantalla muestra en directo un dron ruso sobrevolando en plena noche la localidad de Druzkivka, de las más asediadas. De repente, saltan las alarmas. Una de esas posiciones de sus compañeros acaba de ser alcanzada por los rusos con uno de sus aparatos no tripulados.

No hay víctimas, pero el vicecomandante, Roman, de 34 años, ordena de inmediato extremar las precauciones a los soldaos sobre el terreno y le recomienda que pongan a cubierto bajo tierra todos los equipos para evitar que sean destruidos ante un posible nuevo ataque. Pese a los minutos de tensión, reconocen que esta es la realidad cotidiana por la presencia de cientos de aparatos enemigos en la zona.

Poco después llega el comandante. Vladislav, un psicólogo de 27 años alistado desde 2021 y apodado Martin, es otro que ha acabado absorbido por la carrera tecnológica a la que se han visto obligados los ucranios. “El principal problema es hacer frente al alto número de drones que llegan desde el lado ruso contra militares y contra civiles”, subraya sentado en un escritorio.

En sus manos, el sistema de navegación rescatado de un Shahed que no llegó a estallar y que van a reutilizar en drones experimentales. Durante algunos minutos lo desmonta con el destornillador para mostrar que el corazón de ese sistema es una pequeña computadora fabricada en Estados Unidos. En todo caso, Vladislav no cree que Washington sea cómplice de Moscú pues se trata de componentes fabricados y comercializados a nivel civil y sin la intervención estatal. Este joven está convencido de que, en el futuo, “Ucrania seguirá en el punto de vista de Rusia”, por eso tiene claro que nunca más volver a la Psicología.

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