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Mentalidad de pobre o sufrir con cada gasto: “Cuando se supone que estoy disfrutando, no termino de hacerlo”

Hay personas que, a menudo por la escasez vivida en la infancia, mantienen una relación con el dinero basada en el miedo, sintiendo que la más mínima compra pone en riesgo su estabilidad. Planificar, presupuestar y permitir espacios para el disfrute sin culpa pueden ayudar a disipar ese sentimiento

Hay personas para quienes comer fuera o comprarse ropa implica una voz interna que cuestiona la legitimidad de ese gasto.Twenty47studio (Getty Images)

Hace unos meses, Andrea, de 35 años, caminaba por una tienda de ropa cuando vio una chaqueta que le gustaba. Era de buena calidad, era de su talla y encajaba con su estilo, pero antes de tocarla pensó: “¿Realmente la necesito?”. Probablemente sí que la necesitaba. No obstante, la dejó, respiró hondo y se fue. Esta sencilla escena refleja un fenómeno que muchas personas como ella viven cada día: una especie de ansiedad crónica respecto al dinero, de sensación de vacío frente a los gastos, incluso aunque su situación financiera no sea precaria. Andrea se refiere a lo que le pasa como “mentalidad de pobre”, a pesar de que el nombre no le encanta. Hay quien habla de cicatriz de la escasez o simplemente de inseguridad económica. En definitiva, se trata de nunca conseguir sentirse seguro respecto a la propia economía.

Andrea necesita un rato y varios intentos para acertar a definir lo que le pasa. “Vale, podría decirse que económicamente no me va mal”, comienza. “Pero es como que todo el rato pienso que más me vale no desaprender esta mentalidad de pobre porque asumo que el estar cómoda económicamente es una cosa transitoria. Que yo realmente a donde pertenezco es a la clase baja y siempre voy a pertenecer a ella. En cualquier momento voy a volver a ser pobre”, afirma. “De hecho, veo más posible vivir debajo de un puente que comprarme un piso de tres habitaciones”, confiesa, con una mezcla de humor y sinceridad que desvela cuán arraigado está ese miedo en ella.

Este tipo de experiencias no son anecdóticas, sino que revelan una relación compleja con el dinero que comparten miles de personas. No se trata solo de prudencia, ni de ahorro responsable. Es una sensación persistente que amenaza y puede condicionar decisiones y emociones.

Javier, de 37 años, también vive con una sensación constante de alerta. A pesar de tener un sueldo que considera “objetivamente bueno”, él sigue sintiéndose como si cualquier gasto pudiera desestabilizar su vida. “Yo gano bien, tengo un sueldo por encima de la media, pero creo que el hecho de haber crecido en un entorno en el que el dinero no sobraba me hace temer que en cualquier momento todo esto pueda venirse abajo”, comenta. Incluso para cosas pequeñas, como comer fuera o comprarse ropa, aparece una voz interna que cuestiona la legitimidad de ese gasto. “Cuando se supone que estoy disfrutando, no termino de disfrutar”, lamenta. Javier confiesa que no se siente “una persona a la que le va bien”, sino alguien que está de paso por una situación cómoda. Y más todavía en el mundo actual, que, según él, ”parece que va abocado al desastre”.

Para Sylvie Pérez, psicóloga y profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, lo que experimentan personas como Andrea y Javier no es una simple elección o un rasgo de personalidad. Es un aprendizaje que se instala muy temprano en el cerebro de algunas personas y que no es fácil de eliminar. “Cuando en la infancia se vive desde la escasez, la falta de dinero genera una especie de trauma”, explica. “Eso es porque la relación de la infancia con el dinero no es desde un concepto abstracto, sino desde una emoción muy concreta. La escasez económica se traduce para un niño en la comida, en que los adultos están tensos, en tener que renunciar a cosas, en que cuando se piden cosas se genera un conflicto... Al final, es una emoción que se siente en el cuerpo, y que se traduce en inestabilidad e inseguridad constantes”, resume.

Ese aprendizaje profundo no desaparece de la noche a la mañana cuando cambia la situación económica, según la experta. En lugar de eso, se convierte en una respuesta automática que sigue marcando decisiones décadas después. “Si gasto, pongo en riesgo la estabilidad. Así, se establece una relación con el dinero basada en el miedo”, advierte Pérez.

Ahorro responsable vs mentalidad de escasez

Un punto curioso de todo esto es que ese miedo, desde fuera, puede ser alabado como sensatez. “Los demás lo que ven es que quienes sufren este problema son personas prudentes, conscientes”, dice la psicóloga. Pero por dentro no hay calma, sino una hipervigilancia constante. “Alguien que ahorra desde el cuidado y la protección suele disfrutar del gasto sin culpa, sabe adaptarse a las circunstancias y tiene flexibilidad”, explica. “En cambio, en la mentalidad de escasez, el ahorro nace del miedo. Es rígido, invariable, y no relaja la ansiedad ante el gasto. Esto es lo que hace que se esté en esta alerta constante”, indica Pérez.

Esta emergencia tiene efectos cotidianos: evita planear vacaciones, impide comprar ropa que se necesita o disfrutar de una comida con amigos sin analizarlo previamente. La consecuencia es una vida con restricciones impuestas por una voz interna que no ha evolucionado al ritmo de la realidad económica individual. El límite entre ser prudente y estar condicionado por la escasez está en si el ahorro protege o limita. Cuando limita, cuando cada gasto se vive con angustia, es probable que no se trate de sensatez, sino de miedo.

Para controlar este sentimiento, el primer paso no debería ser forzarse a gastar, sino reconocer de dónde viene esta conducta. “Sobre todo, no hay que convertirlo en una enfermedad”, explica Pérez. “Tampoco ridiculizarlo por parte de las personas que convivan con quien lo sufre”, recalca.

Opciones como planificar, presupuestar y permitir espacios para el disfrute sin culpa pueden ayudar a flexibilizar nuestra relación con el dinero. Para Pérez, no se trata de cambiar de un día para otro, sino de trabajar la sensación de seguridad que se tiene internamente, más allá del contexto económico. “Se trataría de ‘actualizar el miedo’, preguntarnos si lo que vivimos en el pasado tiene algo que ver con lo que estamos viviendo ahora y si tiene sentido o no mantener esa forma de actuar. Intentar racionalizarlo nos ayudará a ir flexibilizando nuestra actitud”, asegura.

“A veces, escucho a mis compañeros de trabajo hablar de cuánto se han gastado en algún capricho o en un viaje con total tranquilidad y no los juzgo, pero no puedo evitar sentirme muy lejano a ellos”, confiesa Javier. “Pero claro, ellos crecieron en entornos mucho más seguros económicamente que yo”, se excusa: “Sus padres les compraron todo lo que quisieron, estudiaron en universidades privadas y, en general, tuvieron una vida mucho más sencilla que la mía. Es cansado vivir así. Siempre en guardia. Como si nunca terminaras de llegar a un lugar donde puedas relajarte de verdad”.

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