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Carlos M. Rodríguez Arechavaleta: “No creo que haya un momento previo más difícil para la élite cubana”

En el año 67 de la Revolución, con una crisis sistémica, la posible pérdida de la ayuda de Venezuela y las amenazas de Trump, este especialista en transición política se pregunta si es el escenario propicio para un cambio en Cuba

El investigador Carlos Arechavaleta en la Universidad Iberoamericana, en Ciudad de México, el 19 de enero de 2026.

El pasado 2 de enero, un día después del aniversario 67 del Triunfo de la Revolución cubana, el actual gobernante, Miguel Díaz-Canel, que ni siquiera había nacido cuando Fidel Castro entró con los barbudos a La Habana, miró atrás en el tiempo, al país que han sido en casi siete décadas, y dijo: “Si algo hemos aprendido de nuestra hermosa historia es que, con unidad y objetivos claros, se vencen todos los imposibles. Lo hemos demostrado en estos 67 años de creativa resistencia”. Se refería, es de suponer, a las tantas veces que el Gobierno le pidió al pueblo que se inmolara, que aguantara un poco más, que comiera moringa en vez de carne, o bebiera sirope en vez de leche, olvidando así todas las promesas de su socialismo.

El mandatario le hablaba a un pueblo que ya lo ha vivido casi todo: el abandono institucional, la estafa ideológica, la pérdida de las ilusiones, el hambre, la represión política o la emigración como escape. Al día siguiente de que Díaz-Canel celebrara el aniversario de la embestida revolucionaria que cambió el continente, se anunció la captura de Nicolás Maduro, la persona que era para Venezuela lo mismo que él para Cuba: dos figuras que se agenciaron Hugo Chávez y Castro para garantizar, aún después de sus muertes, la supervivencia del totalitarismo en la región.

Aunque la captura de Maduro y la consecuente pérdida de la ayuda de combustible supone una soga al cuello para Cuba, la embestida contra Venezuela llega en un contexto particular en la isla, más allá de Venezuela en sí. “No creo que haya un momento previo más difícil para la élite cívico-militar que gobierna Cuba”, asegura Carlos M. Rodríguez Arechavaleta, doctor en Ciencias Políticas, especializado en historia institucional republicana en Cuba, transición política y democratización.

Fidel Castro murió hace diez años; su hermano, Raúl, con 94 años, está en los márgenes de la vida. Se va extinguiendo la generación histórica y el apellido, y queda poco de los llamados logros de la Revolución: un sistema educativo y de salud colapsados, los salarios atrapados entre las múltiples monedas, apagones de hasta más de veinte horas, en un territorio con evidentes fricciones al interior de la cúpula castrista. La pregunta es si, en este escenario, podría haber una transición en un país cuyo Gobierno ha visto desaparecer otros regímenes autocráticos, y que ha podido salir a flote de todas las crisis. Arechavaleta insiste en que, a pesar de este panorama “crítico”, “hay que reconocer la larga capacidad de resiliencia del liderazgo histórico, por lo que no podemos establecer una relación determinista entre el difícil contexto y la transición política en la isla”.

Pregunta. A pesar de la crisis sistémica de décadas, ¿por qué no ha habido un cambio o implosión en la élite política cubana?

Respuesta. El régimen cubano ha tenido una larga capacidad de readaptación a las cambiantes y adversas condiciones. Cierta literatura le ha llamado la ‘excepcionalidad’ del caso cubano, y se refieren a factores como la autenticidad del proceso revolucionario, el magnetismo del liderazgo carismático y su capacidad de conectar con las ‘masas’, el efecto de unidad ante la constante amenaza imperialista yanqui, o la percepción de justicia social de las primeras décadas. Yo agregaría la condición de insularidad, que permite cierto aislamiento y circularidad sobre el espacio nacional, lo que sin dudas favorece la vigilancia y el control del mismo. Hay un elemento importante al que no siempre se le presta la atención que merece, y ha sido la capacidad de readaptación del régimen, flexibilizando sus propias normas sin renunciar al control económico y político. Ha sido un régimen autocrático exitoso que ha logrado mantener la cohesión interna de la élite, la lealtad de las fuerzas militares, el desarrollo de estrategias de manipulación y control ideológico, e incluso, la criminalización y represión con fines disuasivos, así como un estricto control de la información pública.

P. ¿Cómo se visualiza una transición en Cuba?

R. La transición implica un cambio importante en los cálculos sobre las condiciones de estabilidad y ruptura, así como las certezas de los proyectos sobre un futuro posible. No es obra de un solo actor, necesariamente implica una expresión diferenciada de opciones en disputa, y lo óptimo sería que desemboque en un proceso de negociación entre actores con capacidad de incidir en el cambio. La fragmentación al interior de la élite ha sido una condición importante para las transiciones clásicas, como la española. Es necesario que un sector en la propia élite modifique sus preferencias respecto a la utilidad del cambio político. Es necesario además una sociedad civil proactiva, organizada, que se exprese como una amenaza al status quo y construya proyectos alternativos de cambio futuro. Otro factor importante a tener en cuenta es que el costo de la represión como último recurso de estos regímenes autocráticos puede aumentar solo si se presentan fracturas internas y apoyos leales disminuidos y la capacidad de coordinación y movilización popular es alta.

P. ¿Cuáles serían entonces los escenarios del cambio para Cuba?

R. Todo es bastante incierto. Entre los posibles escenarios está lo que llamo Continuidad Autoritaria Reforzada, donde las élites políticas y militares mantienen su capacidad de cohesión y control, utilizando la represión selectiva y el efecto disuasivo de las severas sanciones penales. Un segundo escenario podría incluir Reformas Parciales Negociadas, solo si aparecen fisuras intra-élite que permitan la emergencia de sectores reformistas con capacidad para negociar con sectores de oposición moderada interna y de la diáspora. Un tercero podría conducir a la Transición Democrática, solo si hubiese un profundo quiebre de la cohesión intra-élite y se lograra una alianza entre reformistas y la oposición que impulsara reformas democráticas sustantivas. En este escenario, la sociedad civil debe ganar espacios organizativos y de acción colectiva. Visualizo un cuarto escenario de Ruptura Autoritaria y Crisis Social, donde la fractura interna y la protesta social desarticulada provocan enfrentamientos violentos y desorden generalizado, lo que intensifica la represión, la violencia y la confrontación abierta. Finalmente, no podemos descartar un escenario de Colapso Total y Reconfiguración Radical de pérdida total del control estatal y la emergencia de múltiples actores con agendas divergentes, crisis humanitaria agravada y fragmentación territorial. Aunque no es descartable ninguna de las opciones, en estas condiciones veo más cercana la posibilidad de un escenario de Reformas Parciales Negociadas.

P. En este contexto, ¿cuánto influye en Cuba la desestabilización del chavismo con la captura de Maduro?

R. Aunque no visualizo fracturas intra-élite ni contamos con una oposición robusta, el final de la conexión con Venezuela ha sido un duro golpe para Cuba y su capacidad de incidencia en la región. Por otro lado, como sabemos, Cuba tiene un significado especial para el actual secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, lo que podría agilizar gestiones para una eventual negociación que fuera más allá de la agenda bilateral de seguridad regional, migración, control de drogas... La desventaja del régimen podría abrir un abanico de oportunidades para incluir en la agenda de negociación temas tan importantes como los derechos humanos, la libertad incondicional de los más de mil presos políticos, , la liberalización económica, un marco jurídico que reconozca los derechos de propiedad, la libertad de inversión para los cubanos residentes en el exterior, la ampliación de derechos civiles y políticos. Este proceso de liberalización económica y cívica podría modificar el escenario gradualmente hacia mayores demandas de liberalización política. Poner sobre la mesa una agenda maximalista orientada, en primera instancia, a elecciones políticas podría inhibir la capacidad de actores duros dentro de la élite cívico-militar cubana. Considero que la transición, cuando no están dadas las condiciones óptimas, debe asumir una lógica progresiva que modifique las condiciones a favor del cambio político democratizador.

P. ¿Qué lugar ocuparía la diáspora cubana en un proceso de transición?

R. Sin la diáspora cubana no sería posible una transición política en Cuba. Dada la magnitud del desastre interno, considero imprescindible la importancia del capital humano, tecnológico, financiero y cultural de la diáspora cubana en el exterior. Por supuesto, sus intereses y preferencias sobre el futuro político cubano no son coincidentes, pero no veo opciones de desarrollo económico para la isla sin una fuerte inversión en infraestructura, tecnología y una apertura comercial. Antes de pensar en capitales foráneos, deberíamos priorizar la inversión de capitales de origen cubano sin estigmas peyorativos.

P. Se acerca la inminente muerte de Raúl Castro. ¿Qué podría significar su ausencia en el país?

R. La avanzada edad de los líderes históricos, específicamente Raúl Castro, va a poner sobre la mesa el complejo proceso de sucesión generacional intra-élite, lo que pondrá en tensión la capacidad de cohesión y lealtad a la continuidad del proceso histórico. La estructura cívico-militar y las alianzas con las diversas estructuras del estado (Buró Político, PCC, Consejo de Estado), así como los diversos equilibrios de poderes entre figuras y mecanismos seguramente entrarán en un proceso de reacomodo con resultados inciertos.

P. Cuando se retire Díaz-Canel, que supuestamente debe ser en 2028, ¿se vislumbra otro nombre para ocupar su liderazgo? ¿Cree que el sobrino-nieto de los Castro, Oscar Pérez Oliva Fraga, pudiera ser una figura en ascenso?

R. Podría ser, pero no podemos pasar por alto que es un personaje construido desde el poder autoritario. Desde mi punto de vista, el ascenso de Fraga, familiar directo de la familia Castro y funcionario formado en el Ministerio de Comercio Exterior, acentúa la nefasta deriva patrimonialista del régimen cubano. Una de las imágenes más grotescas que recuerdo es la foto de Raúl Castro levantando el brazo del candidato Díaz-Canel, el cual “había pasado todas las pruebas de confianza ideológica de la nueva generación de cuadros”, y declamando su futuro político, incluyendo su retiro. Mientras el código electoral en Cuba se fundamente en candidaturas selectivas a partir de un control ideológico partidista, y su nominación sea inducida cupularmente, sin opciones que contrastar, sin acceso libre a información, el voto será un performance de ratificación, no un libre ejercicio electivo.

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