Bogotá pone a prueba las mejoras de su acueducto ante un nuevo fenómeno de ‘El Niño’
Dos años después de fuertes racionamientos, la capital refuerza su capacidad ante la sequía prevista para la segunda mitad del año


A dos años de una crisis hídrica que llevó a la capital colombiana a racionar el agua en toda la ciudad, Bogotá vuelve a mirar al cielo. La llegada a mitad de año de un fenómeno de El Niño de probable alta intensidad ha llevado a las autoridades a prepararse para evitar, a toda costa, cortes como los que se extendieron hasta 2025. La Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, encargada de garantizar el suministro a la capital y 11 municipios vecinos, da un parte de tranquilidad: “Estamos mucho mejor preparados que en 2024”, dice un vocero oficial, “el racionamiento no es una opción”.
Las alertas llegan desde el océano Pacífico. El monitoreo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) muestra un calentamiento acelerado de las aguas en la región Niño 3.4, ubicada en el Pacífico ecuatorial central, donde se mide la temperatura superficial del mar como uno de los principales indicadores para anticipar la aparición del fenómeno. Este indicador es clave porque permite estimar su intensidad, explica Juan Guillermo Saldarriaga, docente del departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad de Los Andes.
La Organización Meteorológica Mundial estima en un 40% la probabilidad de formación de El Niño entre mayo y julio, mientras la NOAA la eleva al 61%, con persistencia hasta finales de año. La intensidad solo es determinable cuando el fenómeno está en curso, aunque existe un 25% de probabilidad de que se convierta en uno muy fuerte, explica Saldarriaga. En Colombia, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) habla de un 90% de probabilidad de que El Niño se consolide en septiembre.
Germán Poveda, profesor del Departamento de Geociencias y Medio Ambiente, de la Universidad Nacional, Sede Medellín, describe una “convergencia de factores sin precedentes”: el rápido debilitamiento de La Niña, el desplazamiento de aguas cálidas desde el Pacífico occidental y cambios en los vientos que favorecen la acumulación de calor en el océano. Las condiciones actuales, añade, son similares a las que precedieron a los eventos de El Niño de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016”.
En ese contexto, Bogotá aparece como uno de los puntos críticos en Colombia. La Corporación Autónoma Regional (CAR) de Cundinamarca pidió activar planes de contingencia al advertir que la cuenca del río Bogotá sería una de las más vulnerables del país. “Sería irresponsable ignorar lo que se viene”, manifestó el director de la institución ambiental del entorno de la ciudad, Alfredo Ballesteros.
La preparación es fundamental, pues la crisis de 2024 dejó al descubierto la fragilidad del sistema. Ese año, explica Diego Montero, gerente del Sistema Maestro de la EAAB, las proyecciones hidrológicas no se cumplieron: se registró el periodo más seco desde que se construyó el sistema de embalses de Chingaza, el más importante para la ciudad, en la década de 1960. A la falta de lluvias se sumó la alta contaminación del río Bogotá, que obligó a usar agua limpia de Chingaza para diluir su líquido y poder tratarla, reduciendo aún más las reservas; y que la planta de Tibitoc, que trata las aguas de ese río, no operaba a plena capacidad por estar en obra.
La ciudad depende en un 70% de Chingaza, un complejo de embalses que capta agua en la cuenca de la Orinoquía y se ubica en el macizo montañoso del oriente de la ciudad; el 26% proviene del llamado agregado norte, donde está Tibitoc; el 4% restante viene del sistema sur, donde se originó el acueducto moderno de Bogotá. En 2024, explica Montero, Chingaza solo tenía 46 millones de metros cúbicos de agua, suficientes para apenas 28 días, si se usara para suplir el 100% de los 1,6 millones de metros cúbicos diarios de consumo. Hoy, en cambio, cuenta con 120 millones y se encuentra en el 42,6% de su capacidad, por encima del 38,9% usual para esta época. Además, el sistema norte ronda el 55% y el sur, el 56%. Ese margen, sumado a mejoras operativas, da más capacidad de respuesta ante un eventual déficit de lluvias.
Así, aunque Montero reconoce la incertidumbre climática, insiste en que “tendría que ocurrir algo absolutamente catastrófico a nivel mundial” para volver a un escenario como el del 2024. Incluso, dice, si dejara de llover mañana “por muchos meses seguidos” y se incrementara el consumo, la ciudad cuenta con la capacidad instalada para responder. “Para nosotros, el racionamiento no es una opción”, enfatiza.
Aun así, la EAAB adelanta medidas preventivas. Entre ellas, aumentar el uso de la planta de Tibitoc, que hoy puede cubrir hasta un 45% de la demanda de la ciudad, para reducir la presión sobre Chingaza y preservar sus reservas. Ello es respuesta a la estrategia de seguridad hídrica que organizó la empresa pública y que tiene siete pilares: modelación de escenarios, exploración de aguas subterráneas, reúso de agua tratada, reducción de pérdidas, protocolos de sequía, gobernanza y conservación de cuencas. “Podemos tomar muchas más medidas antes de llegar a una crisis”.
Aun así, la resiliencia sigue siendo un desafío y el riesgo no depende únicamente del clima. Alrededor del 34% del agua se pierde por conexiones ilegales y fugas, un desperdicio crítico en las sequías, cuando entra menos agua a los embalses de la que se consume y las reservas comienzan a caer. Por eso, además de las medidas técnicas, el comportamiento ciudadano sigue siendo clave. Aunque el consumo se ha mantenido estable tras el racionamiento, los expertos insisten en reforzar las campañas de ahorro.
A pesar de las señales, los expertos llaman a evitar el alarmismo. Poveda advierte que calificar este evento como el “peor del siglo” es prematuro. Lo que sí es claro es que el contexto ha cambiado. “Incluso un evento moderado, en el planeta más caliente de la historia, puede producir impactos equivalentes a los de eventos extremos del pasado”, señala.







































