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Los bancos ganan menos cuando suben las tasas de interés

Los datos refutan la crítica del ministro de Hacienda contra el Banco de la República, pero abren el debate sobre si enfriar el crédito es el remedio correcto para una inflación que viene de la oferta

Edificio del Banco de la República, en Bogotá.Mariana Greif Etchebehere (Bloomberg)

El Banco de la República de Colombia atraviesa el momento más incómodo de sus 35 años como banco central independiente del Ejecutivo. El ministro de Hacienda, Germán Ávila, abandonó el pasado martes la reunión de decisión de política monetaria y rompió relaciones con el Emisor con el argumento de que la mayoría de la junta sube las tasas para engordar las ganancias del sector financiero, sembrando dudas sobre su independencia. La tesis se ha colado en las conversaciones cotidianas de los colombianos gracias a que la idea suena intuitiva: a mayores tasas, mayores ganancias para los bancos. El argumento, sin embargo, flaquea frente a la evidencia reciente.

Felipe Espitia Murcia, estratega macro para América Latina en mercados de renta fija en Corficolombiana, hizo el ejercicio. Tomó los dos indicadores por excelencia de la rentabilidad bancaria —el ROA, que mide la ganancia por cada peso de activo, y el ROE, que mide el retorno sobre el capital— y los cruzó con la tasa de intervención definida por el Banco en la última década. La correlación entre las dos variables resultó negativa: cuando la tasa sube, los bancos ganan menos. El ciclo más agresivo de la historia lo confirma. Entre 2022 y 2024, la tasa subió del 1,75% al 13,25%. En ese mismo período, el ROA del sistema financiero colombiano cayó de 2,52% a 0,47%, y el ROE se desplomó de 17,12% a 3,2%.

Hernando Zuleta, decano de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, explica la mecánica. Primero, cuando sube la tasa, los deudores existentes tienen más dificultades para pagar: “La cartera vencida crece en períodos de restricción del crédito, y así la calidad de la cartera cae (lo que implica más retrasos en los pagos). Eso deteriora el balance de cualquier banco”. Segundo, menos gente está dispuesta a pedir créditos: “Los bancos viven de otorgar préstamos. Con menor demanda de financiación, la actividad cae”. Tercero, el mercado interbancario es el primer afectado por las tasas altas, pues le “encarece la liquidez a los bancos, lo que va contra su rentabilidad”. Otro fenómeno también pone en entredicho el argumento del Gobierno: los bancos recuperaron utilidades en 2025, año al que le antecedió un período de relajamiento monetario.

Así, el debate no pasa por el argumento más fácil de entender. Pero hay otro flanco más complejo. Jorge Iván González es de los pocos economistas que puede hablar del Banco desde dentro y fuera del Ejecutivo. Doctor en Economía de la Universidad Católica de Lovaina, exdecano de Economía de la Universidad Nacional y exdirector del Departamento Nacional de Planeación en los primeros meses del Gobierno Petro, lo explica.

El economista no defiende a ningún bando. La salida del ministro le parece “absurda e irresponsable”, pero abre la posibilidad de un desacuerdo sustentado: “El Banco siempre ha tenido la percepción de que el principal instrumento de lucha contra la inflación es la tasa de interés. Eso es discutible, y más en un momento como este, donde la presión de los precios viene de fuera: de la energía, del agro, del transporte”, dice a EL PAÍS. Así, cuestiona que una herramienta diseñada para enfriar la demanda pueda contener un alza de precios que viene de una oferta más cara, no de una demanda creciente. Agrega que usarla suma el riesgo de “asfixiar la economía, que viene de una recuperación”.

González señala que Colombia no tiene ferrocarriles y que un viaje por los 136 kilómetros entre Bogotá y la colonial Honda demora ocho horas. Explica que son ejemplos de los problemas inflacionarios que ninguna tasa de interés puede resolver (“y de los que el Banco de la República no habla”). Agrega una advertencia heterodoxa: “Si los costos financieros aumentan, las empresas tienen la tentación de subir los precios para compensarlos”, en una clásica aporía de lo que fue primero: si el huevo o la gallina. Para González, el debate está abierto, y esa debe ser la naturaleza de la conversación: “Me tienen que demostrar, y nadie lo ha hecho, que el principal instrumento de lucha contra la inflación es el aumento de la tasa”.

Óscar Rodríguez Salazar va más allá. Profesor emérito de la Universidad Nacional, doctor en Economía en París y autor de un libro sobre los orígenes del Banco de la República publicado en 2024, lleva décadas estudiando la historia política del Emisor. Su conclusión es embarazosa: “No existe ninguna neutralidad política del Banco ni de la moneda. Lo que hay es una gran militancia política”, dice en conversación con este diario. Su argumento comienza en 1923, cuando se fundó el Banco. Los primeros gerentes eran hombres del Partido Conservador; la Junta estaba dominada por representantes de la banca privada. Rodríguez traza una línea desde esa fundación hasta la Constitución de 1991, en la que -dice- el Gobierno de César Gaviria impulsó la independencia del Banco como parte del nuevo modelo económico. Y añade que desde entonces el Banco ha tenido una escuela dominanrte: “La junta directiva es controlada por aquellas fuerzas” que han gobernado el país históricamente.

Rodríguez aporta algo nuevo en el vínculo concreto entre alza de tasas y beneficio financiero, a través de los fondos privados de pensiones. “Una tasa de interés como la que ha tomado el Banco dispara el costo de la deuda pública, y así se beneficia el gran capital”, dice sobre quienes le prestan dinero al Estado. Su cálculo: en 2016, los fondos privados de pensiones recibieron 1,2 billones de pesos por operaciones de intervención de tasa, dado que son los principales tenedores de deuda pública colombiana.

Zuleta recuerda que el Gobierno Petro ya se financiaba casi al 13% antes de que iniciaran las alzas. El mecanismo financiero que lo explica es el déficit fiscal, cada vez más abultado, y que cuando crece, el Estado emite deuda para cubrirlo. Esa deuda acumulada le manda una señal al mercado: si el país debe demasiado en relación a lo que produce, su capacidad de pago se debilita. “La capacidad de pago de un país es fundamentalmente el recaudo tributario. Si la deuda pública sobre el PIB es muy alta, lo que puede recaudar el gobierno para pagarla disminuye”, dice Zuleta.

Ese extra de riesgo se paga en intereses. El Banco Central puede intentar contrarrestar eso aumentando la oferta de dinero —pero el precio es más inflación— o resistir y dejar que las tasas suban para enfriar la economía. “El cóctel que tenemos es alta deuda pública, alto déficit fiscal, riesgo, tasas altas. Pero además un gobierno que está gastando mucho”, concluye. Las tasas altas son en buena parte consecuencia del déficit que el propio Ejecutivo ha acumulado.

Rodríguez también cuestiona el origen de las expectativas de inflación que justificaron las alzas de enero y marzo. “¿Quién genera las expectativas? El Banco, junto con aquellos centros de pensamiento que están en contra del incremento del salario mínimo. Son autogeneradas”, dice. El argumento no es menor: ambas subidas de tasa se justificaron en que las expectativas se dispararon; no por la inflación observada. Aquí cabe una lógica que Zuleta explica: la inflación tiene inercia propia, y conocemos su velocidad con un mes de retraso. Por eso el Banco actúa antes de ver fuego.

Al final la respuesta dista de ser limpia. Queda una tensión que recuerda González: “Respetar la independencia del Banco no es lo mismo que estar de acuerdo con su diagnóstico y remedio. Independientemente de eso, es una institucionalidad que hay que mantener. Uno no puede discutir por qué subió 100 puntos, pero sí buscar la forma, con persuasión y argumentos”.

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